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Crónica: El tendero se cansó de fiar

Un maestro de la democracia barrial, eso es un tendero. Es el ser que tiene una sonrisa de gentileza para todo el mundo y una discreción para sobrellevar los temperamentos diversos de una vecindad.

GUSTAVO TATIS GUERRA

11 de octubre de 2020 12:00 AM

Los tenderos son un retrato de la esperanza olvidada en la trastienda. He pensado mucho en ellos en estos días complicados de la pandemia, en la que todos hemos intentado sobrevivir como caracoles arrastrados por la corriente, llevando consigo, como en la canción, una casa en el aire. La escena es dramática, hasta el punto que alguien estalla en una carcajada frente al murmullo de nubes de Dios. Unos, aferrados al mástil de su barco que empezó a naufragar en marzo, desesperados salvando el último pez atrapado en la atarraya. Y otros solo intentando mantenerse vivos ante la tempestad, sin darle motivos a la muerte de que venga por ellos temprano, con su as bajo la manga, mucho antes de que nos cepillemos los dientes, y nos quitemos la pijama del amanecer.

El tendero es la versión reposada de Job sentado en un taburete. En algún momento su paciencia sacerdotal pudo llevarlo a ser un misionero de una causa perdida, pero los ángeles lo eligieron para vender al menudeado un puñado de esperanzas convertidas en lechuga, repollo, zanahorias, tomates, arroz, café, aceite, aguacate, limones, fríjoles, atunes, leche y panes. No es que el tendero tenga aquel viejo letrero que antes era visible en todas las tiendas: Hoy no fío. Mañana, sí, que, en verdad, era la otra versión del cuento del Gallo Capón, pero en las tiendas. Él no necesita escuchar al que llega para saber qué es lo que quiere o si tiene cara de venir a fiar, porque en la pandemia hay millares de hombres y mujeres que olvidaron quién es el tipo risueño que aparece en los billetes de cincuenta y qué hombre es el que aparece en los billetes de veinte, porque tienen tanto tiempo de no ver esos billetes que se les ha desdibujado la cara y el reverso.

El tendero tiene un cuaderno que ha perdido el color de la tapa de tanto usarlo y donde escribe en letras rojas los nombres de los que fían y deletrea como un escolar el abecedario de la pobreza que lo ha confinado a una inusual solidaridad en tiempos de peste. Pero él también ha olvidado algunos viejos ceremoniales de los tenderos de barrios que solían dar ñapas a quienes compraban muy a menudo. La ñapa era una dádiva, un gesto generoso que fue desterrado de las tiendas. El que compraba guineo pedía ñapa y la ñapa era otro guineo madurito o atigrado que se había ablandado en el calor de la tienda. Había ñapa de pan, verduras o panela. El tendero arrinconaba o apartaba para esas ñapas, las papas, los guineos, los panes y los dulces. Había un frasco de dulces achicharrado del calor y esa era la ñapa del que compraba dulces. Pero la panela se aguaba debajo de sus hojas y esa era la ñapa del comprador de panelas. Los vendajes eran otro regalo adicional y diferente a lo que se compraba. Al que iba a comprar leche, le daban de vendaje un pan adicional. Nunca el vendaje era del mismo artículo.

El tendero es un emperador y un ejecutivo que administra la pobreza y la riqueza. En la escasez, tiene un ingenio para sobreponerse, y convertir escasez en abundancia. Lo peor que puede pasarle a un tendero es que la gente vaya por algo y no lo encuentre: velas para las oscuranas que vivimos durante Electricaribe, fósforos, cigarrillos para los últimos fumadores del barrio, panela, leche, arroz, lenteja, espaguetis, azúcar pintada de morena, galletas, panes, etc.

Cuando era niño todo lo pesaban en una balanza que sostenía un recipiente de totumo. El tendero medía todo con su ojo y descreía del peso. Si vendía carne, la gente pedía una ñapa de carne. Si vendía suero la gente pedía ñapa de suero. El suero estaba en un recipiente enorme. Si vendía queso, la gente pedía una ñapa de queso. El bulto de arroz estaba abierto y los niños nos comíamos ese arroz crudo blanco al que no habían piloneado. Había que quitarle la cascarilla. Tanto la ñapa y el vendaje fueron desterrados de la tienda y el tendero vio en los supermercados -o en las misceláneas- unos competidores monstruosos y muchas veces se sintió como burro amarrado peleando contra tigre. Pero luego comprendió que su clientela legítima era la vecindad y supo, al cabo de un buen tiempo, que toda buena fortuna se forja con una suma de pobrezas.

El tendero del barrio

He visto envejecer a amigos tenderos en Las Gaviotas, cuando vivía en la quinta etapa de este barrio cartagenero recién fundado y he visto morir a muchos de ellos. A los tenderos de Getsemaní, Torices, Pie de La Popa, Lo Amador, Pie del Cerro, Manga y también a los de San Diego y el Centro. Los pocos que aún sobreviven en este octubre que llega con señales de lluvia y vientos acostados. Los tenderos son una reserva popular que está amenazada a escala global. Pienso en las famosas chichas de maíz que Toño Flórez siempre llamó jugos de maíz y que ha preparado a lo largo de más de sesenta años de vida en su casa de Manga. Pienso en ese famoso punto que es El Trébol en Manga, que ha resistido el paso del siglo XX al siglo XXI. Las famosas orchatas que alguien vendía en el Centro: leche con ajonjolí, que son un manjar y un alimento que debiera renacer en este tiempo. Las legendarias avenas con canela y los inolvidables bolis de leche con Kola Román. Si dejamos perder eso, no es solo una nostalgia de saberes y saberes que se van, sino la memoria viva de Cartagena que se nos va para siempre en una tradición tan nuestra como la carimañola, el quibbe y la empanada con huevo.

Pegoña y ñanguita

Con el paso del tiempo se borraron las palabras pegoña y ñanguita, que resonaban en el habla popular de las tiendas. Una buena sorpresa en una tienda es encontrar un doble plátano o doble guineo que se paga. Los tenderos llaman la pegoña a ese milagro de la naturaleza, cuando una fruta nace gemela o un fruto ha crecido de manera excepcional. Pero la palabra pegoña también pasó a los seres humanos, cuando existía complicidad entre dos personas. Es casi lo mismo a manguala: están amangualados, encompinchados. El comprador que viene del monte dice: “Véndeme esa pegoña de plátano”. La pegoña tiene el mismo valor que el resto de plátanos que no tuvieron de nacer juntos.

Ahora ñanguita es un pedacito de algo. Una ñanguita de queso, una ñanguita o torrejita de mandarina o naranja.

Epílogo

El tendero es un maestro de la democracia barrial. Tiene una sonrisa de gentileza para todo el mundo y una discreción para sobrellevar los temperamentos diversos de una vecindad. Sabe poner cara de palo cuando el impertinente que puso el dedo en la papaya blandita le dejó un hueco pintado y viene otra vez con cara de yo no fui a tocar las nuevas papayas. Tiene cara para todas las circunstancias. Incluso, sabe antes de que pisen en su tienda, quién viene con intenciones dulces y sutiles de hacer un nuevo fiado. No hay un renglón para un nuevo fiado en su cuaderno de tendero disciplinado y madrugador.