11 de noviembre de 1811: El día que cambió la historia

11 de noviembre de 2018 12:34 AM

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Es lunes y son las 8 y 30 de la mañana en Cartagena. 11 de noviembre de 1811. El pueblo está reunido en la Plaza de San Francisco. Todo está previsto desde el domingo, las armas dispuestas, la gente de la barriada avisada, en la clandestinidad de la madrugada.

Pedro Romero y su ejército de artesanos, Los Lanceros de Getsemaní, revisan las armas y los últimos cañones, guardados en su casa de La Calle Larga, y fundidos en el patio de su taller de El Arsenal.

Julián José de León, uno de los cabecillas, es padrino de una ordenación eclesiástica, dice que es mejor que todo ocurra el lunes y no el domingo. Empezar el lunes, acabando de una vez por todas, con trescientos años de atadura colonial con España, y con doscientos doce años de Inquisición. No es casualidad, dice Julián, sonriendo, que todo va a ocurrir este undécimo día, del undécimo mes y del undécimo año del siglo. No hay tiempo para pensar en casualidades. Pedro dice: tenemos las armas suficientes para vencer al enemigo.

Han diseñado un mapa, entre todos, y han dispuesto atravesar las puertas de la ciudad, tomarse los baluartes estratégicos de Cartagena y contar con artilleros y milicianos patriotas en el Cuartel del Regimiento Fijo. Para esta misión, se eligió a los diputados Ignacio Muñoz y Mauricio Omaña, como voceros de las peticiones, ante la Suprema Junta de Gobierno. Esas peticiones, precisa Antonio del Real Torres, “eran la absoluta independencia de la monarquía española, división del ejercicio del gobierno en los poderes legislativo, ejecutivo y judicial, extinción de la Inquisición y expulsión de los inquisidores”.

El comandante de los Lanceros de Getsemaní, Pedro Romero, altivo y decidido, junto a los artesanos de su milicia, se encamina junto a su yerno, Ignacio Muñoz, desde el convento de San Francisco, al frente del Palacio de la Proclamación.

Con Pedro Romero, herrero y fundidor de campanas y cañones, artífice del taller de La Maestranza, un mulato ilustrado que llegó a tener privilegios y ganarse la confianza del gobierno español, marchan sus hijos Mauricio, José, Tomás y Sebastián.

Su yerno, que está casado con María Teodora Romero, una de sus hijas mulatas, siempre ha dicho que Pedro es de Matanzas, Cuba, pero toda su obra como herrero, líder social y político y estratega militar, la ha forjado en Getsemaní y Cartagena.

Romero es dueño de varias casas, además de su casa en La Calle Larga y su taller en El Arsenal. Anita, su hija, tiene amores clandestinos con el almirante José Prudencio Padilla, que han provocado escándalos en Getsemaní. Pedro Romero solicitó al rey, en una carta del año pasado, en 1810, que se le permitiera a su hijo mayor, Mauricio José Romero Domínguez, estudiar Leyes en Santa Fe de Bogotá. En este año 1811, está prohibido por el gobierno español, que los negros y mulatos estudien en las universidades. Pedro logra ese derecho.

En la carta enviada a Madrid, le dice al rey que es cartagenero y no cubano. La solicitud la hizo seis meses antes de que expulsaran al gobernador Francisco Montes, en el golpe histórico del 14 de junio de 1810, la primera, organizada y acertada sublevación popular de Cartagena, que puso en jaque al poder virreinal. A la expulsión del gobernador español, el primer acto de soberanía regional y nacional, que se anticipó al 20 de julio en Bogotá, siguió una rebelión popular de milicias pardas en Cartagena, el 4 y 5 de febrero de 1811. Hace diez meses.

Ya el empresario ilustrado, José Ignacio de Pombo, había advertido en Bogotá, hace dos años, en 1809, que Cartagena estaba a punto de reventar en una sublevación popular. La ciudad ha soportado demasiado las arbitrariedades del gobierno español.

Desde hace cuatro años escasean los víveres en la ciudad. Y las relaciones entre Cartagena y el poder central de Santa Fe de Bogotá se han pervertido tanto, que no llega un peso para las obras públicas de la ciudad. Hay tanto desempleo en Cartagena, que Pombo propone que se les regale tierra a los desempleados para que se conviertan en campesinos.

Las murallas, baluartes, escolleras, están como las dejó el rey, y la maleza amenaza con devorar a Cartagena, porque todo está paralizado.

No hay un peso porque todo se queda en Santa Fe de Bogotá.

Desde hace dos años, la élite cartagenera acusa de todo esto, a las autoridades santafereñas, y está dispuesta a romper con ellas y con el gobierno español que tiene sometido a Cartagena.

Manuel Trinidad Noriega, oficial de las milicias pardas y líder de la sublevación del 4 y 5 de febrero de 1811, dice que los cartageneros han soportado tanto, hasta el punto que “el furor ha llegado hasta el último desenfreno”. A las 4 de la tarde del 4 de febrero de este año, el pueblo enardecido, con cuatrocientos hombres armados de lanzas, sables, machetes, hachas, capturaron a comerciantes y militares españoles, y más tarde, se dirigieron a la casa del comerciante Francisco Bustamante, su patrón de toda la vida.

Fue un día de revolución con más de tres mil almas patrullando y andando por las calles, dice Manuel Trinidad, y al día siguiente, el 5 de febrero, más de doscientos zambos armados, le exigieron a Manuel Trinidad que entregara al comerciante Juan Incera, yerno de su patrón Bustamante. Manuel Trinidad lo entregó a la junta para salvarle la vida y cuidó de que no destruyeran la casa de su patrón.

“¿Cómo fue posible que, a los poderosos españoles, dueños del comercio y de numerosos esclavos, acostumbrados por siglos a gobernar la ciudad, los hubiesen perseguido por las tapias un montón de negros, mulatos y zambos armados de palos y machetes? -se pregunta el historiador Alfonso Múnera Cavadía.

¿Cuál era este furor que llegaba ahora hasta a su “último desenfreno”? -vuelve a preguntarse Múnera.

Los comerciantes y militares españoles estaban preparando, luego de la sublevación de febrero, apresar a los sublevados, llevarlos presos a Cádiz y restaurar el gobierno del rey, precisa Múnera.

Pedro Romero está ahora en la plaza.

Una bandera cuadrilonga de Cartagena ondea allí.

Un niño, Pablo Olier, sacude la bandera entre los lanceros. Entre los que siguen a Pedro, hay artesanos mulatos y negros de Getsemaní, el barrio más grande de Cartagena. Pedro fue escogido por sus vecinos, y él decidió con su mujer y su familia, disponer de sus bienes para la causa de la Independencia de Cartagena. Otros fueron elegidos para esa misma tarea en los barrios La Catedral y Santo Toribio.

Entraron en pleno sol de la mañana, a la sala de junta del Palacio de la Proclamación, armados de lanzas, fusiles y puñales, y exigieron la Independencia absoluta de Cartagena. Escrita con minuciosa y acertada clarividencia, el Acta de Independencia de Cartagena, firmada hoy 11 de noviembre de 1811, en el Palacio de Gobierno de Cartagena, es una pieza literaria y política de gran profundidad y reclamo de derechos civiles.

Los firmantes dicen que agotaron en trescientos años de soledad y despojos políticos, “una decorosa conciliación” con los españoles, y “no teniendo nada que esperar de la nación española”, y al mirarse a sí mismos, se auto reclaman en el espejo del tiempo: “Nosotros no debimos someternos a tan degradante desigualdad. Reclamamos, representamos nuestros derechos con energía y con vigor, los apoyamos con las razones emanadas de las mismas declaraciones del Congreso Nacional: pedimos nuestra administración interior, fundándolas en la razón, en la justicia, en el ejemplo que dieron otras naciones sabias, concediéndola a sus posesiones distantes, aun en el concepto de colonias que estaba ya desterrado de entre nosotros…”

Afuera en la plaza sonaba el estruendo de unos cañones.

El niño Pablo Olier, tal vez el único niño visible entre los lanceros, sacudía su bandera, con ímpetu, con euforia, como si quisiera desviar el rumbo de la brisa caliente de Cartagena.

Y en medio del olor a pólvora, encontrar alivio en el viento húmedo y salado que venía del mar.

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