Facetas

Al volante de su rutina

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ANDRÉS PINZÓN SINUCO
14 MAY 2013 - 12:01 AM

El sudor de su cuello y un chorro de luz imprudente que se mete, a pesar de la gruesa cortina parda de mugre de su pequeña habitación, lo despiertan tres horas antes de su horario acostumbrado.
Sobre su cama de sábanas azules y mientras observa el ventilador de techo girando lentamente, Juan Diego Ariza piensa que su rutina, desde que trabaja en las noches (hace 11 años) como conductor de taxi, se repite cíclicamente sin la menor variación.
Todos los días, salvo los miércoles, Ariza sale a trabajar en su ‘zapatico’ amarillo desde las 4 de la tarde y con el afán de reunir los 78 mil pesos que le corresponde como cuota diaria al dueño del vehículo, un empresario de maneras vulgares que tiene que sostener a su mujer, exmujer y hasta a los gatos de ambas.
Juan Diego se levanta de su cama e inicia su rutina de aseo personal sin mirarse al espejo.
Piensa que hoy empezará haciendo primero de ‘colectivo’ (servicio con múltiples pasajeros en un mismo recorrido) y cuando se ponga el sol rondará los bares y discotecas de las zonas rosas del Centro Histórico y Bocagrande, así como algunas de las casas de amor apresurado de la Avenida Crisanto Luque y sus alrededores.
“Se pone uno a buscar sólo carreras y se le va la plata de la gasolina”, se dice a sí mismo.
Hoy es domingo, por tanto los pasajeros serán más ‘pelaos’ que los adultos que habitan las calles los días de semana. Su experiencia le dice que de lunes a viernes pululan especialmente los oficinistas que como enjambres de labriegos van a cumplir con sus jornadas. Él los ve desde su ‘zapatico’ caminando de un lado a otro con el fastidio del bochorno en sus caras, otros van distraídos y felices pensando, quizás, en las convenciones o en el futuro.
Como es muy creyente en la Divina Providencia, ya montado en el taxi, invoca a la Santísima Trinidad santiguándose y mirando fijamente el escapulario que cuelga ondulante en el espejo retrovisor del interior del auto. Compró el objeto de su devoción en una tienda de antigüedades y después de una larga temporada en la que, según él, era estafado por una de las empresas de taxis que trabajan utilizando el radio teléfono.
Acelera su marcha y el tablero del kilometraje empieza a sumar los números que incluso lo atormentan en sus sueños. Pero no puede evitar recordar el día en que fue echado de su trabajo por el dueño del vehículo que manejó durante los primeros 3 años al frente del volante de su oficio.
Fue precisamente para la misma época en que trabajaba con radio teléfono, cuando tenía que pagar una mensualidad de 80 mil pesos al propietario tanto de la empresa como de 9 autos.
Recuerda que lo que más le indignaba era la frecuencia casi diaria con la que debía dejar de buscar carreras para transportar gratis a los familiares del dueño.
“¡Me tocaba también transportar al administrador del edificio de Bocagrande donde vivía!”, comenta en voz alta y para nadie. Incluso tuvo que ayudar a hacer el trasteo de la tía del sujeto en cuestión, y el solo pensamiento le produce rabia inmediata, porque además siempre se ha considerado a sí mismo más que un taxista, un conductor.
La noche ha llegado tan de repente que sólo la advierte cuando los habitantes de la calle empiezan a irse de los semáforos.
Como no tiene pasajeros decide apagar el acondicionador de aire y bajar las ventanas, condición además muy conveniente desde que el dueño decidió cambiar de gasolina a gas su vehículo. Sin embargo, antes tenía que tanquear una vez cada dos días, ahora el sistema le exige que sea tres veces diarias.
La brisa marina inunda el carro y aunque siempre ha rechazado hacerle carreras a borrachos detiene su taxi en la Calle del Arsenal y recoge a Arley de Jesús García, cuyo tufillo a ceniza y ron confirma la sospecha de Juan Diego.
Los fines de semana realiza el mismo recorrido, cuidándose de no recoger ebrios pues, a su juicio, estos siempre ‘bravean’ el pago de la carrera aludiendo, por lo común, a un valor más bajo del acordado. Su destreza también le dicta que no lleve a algunos pasajeros de mal aspecto que requieren transporte a barrios sórdidos, sobre todo desde que fue atracado en La Candelaria.
Esa noche el azar y su inexperiencia de provinciano recién llegado de Agustín Codazzi (Cesar), le depararon a una pareja de jóvenes que lo condujeron hasta una calle concurrida aunque oscura. El joven, que bien pudiera haber tenido la edad de su hijo, sacó un revólver calibre 38 con el que punzó sus costillas. Le ordenó con un insulto que no detuviera el taxi y que le diera todo el dinero que llevara encima. A Juan Diego lo asombró su propia calma, al tiempo que les dijo que sólo había conseguido hacer 40 mil pesos, los cuales sacó del cenicero (no volvió a guardar el dinero en aquel compartimiento) también con paciencia. La joven acompañante se los rapó de su mano derecha.
Acto seguido y después de lanzar otro improperio, el muchacho le pidió que no se hiciera matar y que los llevará finalmente a un callejón que prefirió no volver a recordar. Se bajaron advirtiendo que se marchara lentamente. Juan Diego Ariza, dueño de una templanza inverosímil, ni siquiera se ofuscó (ni siquiera cuando narra el suceso), más bien decidió que aquel hecho no arruinaría su día y decidió volver a empezar haciendo ‘colectivo’.
Regresa impávido del recuerdo. Al frente, la luz verde del semáforo lo hace pisar el acelerador casi que por inercia. A las 6 de la mañana llega a su casa en el barrio Alameda, cansado de un dolor que persiste en su espalda pese a todo masaje y pastilla analgésica.

Juan Diego Ariza, de 51 años, revela su trajín diario.

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