Facetas

La vigilia peregrina del ‘Tuchín’

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ANDRÉS PINZÓN SINUCO
26 MAY 2013 - 12:01 AM

El trasnocho lo lleva a cuestas como una condición insalvable. 
 A los 24 años, John Benítez Flórez, conoce cada recoveco del Centro Histórico, pero antes de partir, cada tarde, desde su casa en Olaya Herrera, tiene como cábala llamar a la señora Edilsa Flórez, su mamá que todavía reside en Tuchín, corregimiento que hace parte del municipio y resguardo indígena de San Andrés de Sotavento (Córdoba).
“Vaya con Dios mijo”, le responde, con dulzura automática, la madre de ocho hijos, descendencia de la cual él es el penúltimo. Y no es para menos porque sólo volverá a su casa pasadas las 4 de la mañana, hora en la que los últimos bares y discotecas de la ciudad amurallada echan a sus borrachos y demás habitantes ávidos de zumo de noche y madrugada.
Su jornada se inicia cada día a las 3 p.m., salvo el martes (único día de descanso). Toma un bus ‘pringacara’ y destartalado por el uso y el abuso, y ya con la bendición en el bolsillo del alma, siente cómo el sudor se acumula en su bozo incipiente durante el recorrido, que dura entre 30 y 35 minutos, hasta la India Catalina.
Con sus brazos lampiños abraza la caja de madera rectangular en la que desplaza cigarrillos, habanos, encendedores, chicles, dulces, café tinto, agua de canela o toronjil, y maní. Su éxito comercial depende del vicio de los otros, del empeoramiento elegido de la salud respiratoria de los visitantes y cartageneros, pero eso lo tiene sin cuidado.
Benítez, cuyos ascendientes de la etnia Zenú son los responsables de la fabricación original de los primeros sombreros vueltiaos (símbolo nacional), es un joven delgado y amable, calza una chancletas grises que se están descosiendo y, sobre todo, ejemplifica a los provincianos en sus ojos sin malicia y algo desorientados.
No mide más de un metro sesenta, por lo que lo envuelve una atmósfera infantil de la que no puede desapegarse fácilmente, pero a la que le sacó provecho –recuerda- en 2004. Ese año fue el más fructífero en términos económicos. A menudo, turistas nacionales y extranjeros, quizá conmovidos al ver a un niño bajito (de 15 años) deambulando con la caja de madera, le regalaron su ‘aguinaldo’ que en algunas ocasiones significó billetes de hasta 100 dólares.
Pero no siempre la vulnerabilidad de su imagen jugó a su favor. Como llegó a los 11 años a Cartagena motivado, indirectamente, por su padre (también analfabeta como él), era frecuentemente abordado por habitantes de la calle que en más de cinco ocasiones lo intimidaron rapándole algunos de sus artículos que sumados -afortunadamente- no hacían más de 20 mil pesos.
“El día más malo me hago como $ 20, y sólo para la comida…; El día más bueno hasta 100 mil pesos en temporada”, revela con la candidez de quien todo espera porque nada es suyo.
Un pequeño porcentaje de lo que logra acumular al final de la semana lo gira a su madre, pues advierte sentirse en deuda con ella dado que él es el único de los hermanos que aún permanece soltero.
Parte del dinero restante lo utiliza para abastecerse de nuevos productos que compra en el Centro Comercial Getsemaní, y para pagarle a su cuñado el acalorado cuarto en el que duerme de día este hombrecillo al que la mayoría llama ‘chino’ o ‘tuchín’. Otros pesos los disfruta con su novia Liliana, una morena altiva y simpática con la que suda a chorros en su habitación desde hace seis meses. A veces Liliana es la que lo invita a comer cualquier cosa en los centros comerciales de la Avenida Pedro de Heredia.
Y sin embargo, John Benítez no pretende quedarse toda su vida en Cartagena haciendo lo mismo día tras día. Tiene proyectado hacer este oficio, que lo obliga a trasnochar a la deriva de una ciudad acostumbrada a vender placer y belleza, por los siguientes 4 o 6 años, después de eso planea regresarse a su Tuchín natal y llevar una vida sencilla plantando ñame, yuca y arroz.
Entre tanto, seguirá cumpliendo su recorrido por las plazas Santo Domingo, San Diego, La Aduana, Bolívar y en los bajos de los baluartes más concurridos. Su recorrido no sigue ningún patrón fijo, siempre es caótico y azaroso, como si fuera otro signo de la suerte.

Tradición cultural
‘Tuchín’ en honor al cacique Tuchizunga quien fue uno de los grandes defensores de los indígenas que poblaron específicamente esta localidad. La población contaba con ciertas actividades comerciales consistentes en el intercambio de productos alimenticios y artesanales entre familias, se movilizaban a otras localidades como Chimá, Lorica, Sincelejo, San Andrés y Chinú, vendiendo sus productos y comprando los que tenían a su alcance.
Sus costumbres fueron heredadas de los ancestros Zenúes. Celebran las fiestas tradicionales como la Semana Santa, San Simón, Todos Los Santos y Fandangos: en donde se agrupan numerosas familias para compartir bebidas tradicionales entre ellas: el ron ñeque, chicha de masato, entre otros.

100 mil pesos corresponden al valor máximo ganado por noche de los tuchines. ANDRÉS PINZÓN SINUCO - EL UNIVERSAL

Los tuchines son una raza de hermanos desarraigados a fuerza de violencia y desplazamiento. Venden, para no morirse de hambre, tintos desde 100 pesos.

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