34 meses de infierno en La Yaguara

21 de julio de 2019 12:00 AM

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Y la rutina...pues la rutina era esperar. ¿A qué?, a ir al baño en un balde, porque los baños se dañaron, esperar a la única comida del día. Esperar al día de las visitas, esperar a sus abogados, esperar noticias. Solo esperar, esa era la rutina. La estación de Policía en La Yaguara (Caracas -Venezuela) era una especie de limbo. No era una de las horrendas y temidas cárceles de Venezuela como tal, pero sí hizo las veces de “cárcel”. ‘Los 59’ colombianos solo esperaban un milagro del cielo, que alguien los salvara del encierro en La Yaguara. Esperaban libertad. Era tanto el tiempo juntos que Germán Guillermo Espitia Pérez empezó a sentir que todos allí eran sus hermanos.

Soñaba todos los días con que el infierno de La Yaguara acabara y con volver a casa. Soñaba con ese día: el 5 de septiembre de 2016, cuando precisamente regresaba a su hogar y un retén de la División Contra la Delincuencia Organizada de la Policía Nacional Bolivariana se cruzó en su camino. No era sospechoso de nada. En sus manos tenía su cédula, su permiso de residencia. Todo en regla. Eso realmente no importó. Igual así se lo llevaron detenido. “Es una inspección de rutina, en media hora estarás de vuelta a tu casa”, él, inocente, confió en las palabras de los oficiales. En realidad el significado de rutina tendría una connotación más escabrosa, lejana de los 30 minutos y cercana a una pesadilla que aún le atormenta.

Se avecina un calvario

Antes de llegar a La Yaguara, Germán fue llevado a una estación de Policía en Maripérez. Ahí, cayó en cuenta de una cruda verdad: en el colectivo- vehículo de servicio público- donde volvía a casa, hubo otros dos detenidos que al igual que él eran colombianos, como también lo eran muchos otros detenidos con los que se encontró en aquella estación, colombianos que vivían en Venezuela, legal o ilegalmente.

En principio, los 30 minutos de la inspección de rutina se convirtieron en horas. Debía esperar a funcionarios del Servicio Administrativo de Identificación, Migración y Extranjería, Saime, para que verificaran su cédula y papeles. En Venezuela, (y lo he vivido en carne propia), muchas veces, cualquier trámite estatal por sencillo que sea puede extenderse y exasperar hasta al más paciente de los pacientes.

Solo hasta el mediodía siguiente apareció el Saime y contrario a buenas noticias, hubo desesperanza. “Eso es inválido, eso no sirve”, dijeron, desacreditando los documentos de Germán. En medio de una confusión gigantesca, fue aquella otra cosa que escuchó decir a un policía la que le despertó un profundo desespero. “Ustedes son los 92 sala’os que mandó a capturar el presidente Maduro”.

El clima político en Venezuela, en 2016, era tan álgido como ahora. El presidente Nicolás Maduro, que había arremetido deportando a colombianos y destruyendo sus casas en zonas fronterizas en 2015, ahora anunciaba como todo un logro bolivariano la captura de 92 colombianos en diferentes operativos y redadas, a quienes acusaban de ser paramilitares, de ‘conspirar’ contra su gobierno y de un intento de golpe de estado contra el Palacio de Miraflores. Los 30 minutos de inspección de rutina se convertirían ahora en meses.

Una falsa promesa

Mucho antes de ser llevados a La Yaguara, los colombianos detenidos pasaron varios días bajo sol y agua, en una azotea, en Maripérez, los trataban como a como delincuentes. Y vieron una opción de libertad en el horizonte: la deportación. Para muchos era preferible eso a ser apresados en las temidas cárceles caraqueñas. Llegaron incluso a ser traslados hasta San Antonio del Táchira, pero sin explicaciones el trámite se suspendió. Debían esperar, armarse de paciencia y esperar noticias, entonces los apresaron en una estación de policía de Táchira por 10 días y llegó una promesa, más temprano que tarde. “Nos dijeron que todo había sido un error, que a quienes quisieran volver a Caracas les darían cédulas venezolanas, si no tenían, y nos dejarían libres”, es el recuerdo de Germán.

La promesa fue tan cierta como que el procedimiento de rutina duraría 30 minutos. Volverían a Caracas, les darían cédulas nuevas, arreglarían su situación y todo volvería a ser como antes. Pero eso nunca pasó. A su regreso les esperaba La Yaguara y el encierro.

Un galpón de la estación de Policía con camas divididas por cortinas de sábanas, en un piso completo, sería su hogar los próximos meses. Ahí, esperarían hasta que alguien los salvara. Era tanto tiempo juntos que Germán empezó a sentir que todos ahí eran sus hermanos. “El dolor de uno, era el dolor de todos...La alegría, igual”. Se enteró que la mayoría de los detenidos eran de la costa Caribe de Colombia, inclusive de Marialabaja, como él.

Germán había llegado a Caracas a los 17 años para reecontrarse con su mamá y sus hermanos, que habían migrado hacia ese país. Al ser detenido tenía 15 años viviendo en Venezuela. Trabajó primero en el Mercado Central de Caracas, luego como entrenador deportivo en una de las ‘Misiones’ del presidente Chávez, para dos equipos, uno de ellos, patrocinado por un banco.

En aquel galpón conoció a una nueva familia de hermanos colombianos. Entre ellos, a Helen, la única mujer entre los detenidos. Es una joven de Bogotá que creció y se crió en Caracas, a quien detuvieron mientras pasaba unas vacaciones en Isla Margarita, porque no tenía cédula venezolana. Primero le dijeron que debía resolver su estado de indocumentada, luego la acusaron de ser ‘paramilitar’.

Mientras afuera, en una Venezuela caótica llovía la escasez, el hambre y desesperanza de la dictadura- que aún azota al país- adentro de la estación de la Policía en La Yaguara no escampaba. Aunque sí, había momentos de alegría, desde el encierro. Algunos de ellos se convirtieron en padres, y eso era motivo de dicha, igual que cuando cumplían años, cuando llegaba la Navidad, el Año Nuevo. Pero había mucha, mucha tristeza, sobre todo ante humillaciones de los policías: “Ustedes están aquí por orden de Maduro”...“Ustedes no se van de aquí hasta que se vaya Maduro”.

Los baños se dañaron a los pocos meses y debían usar baldes. El derecho solo a una sola comida los dejaba a merced del hambre. Les desesperaban esas buenas noticias que nunca llegaban.

Aquella visita

Un día, Germán recibió una visita que lo dejó tan triste como contento. Con un nudo en su garganta solo dijo: “Gracias”. Germán, con el frío caraqueño calándole hasta los huesos, recibía a los Orioles, un equipo capitalino de béisbol infantil. Ganaron un torneo Distrital y decidieron llevarle aquel trofeo. Aunque detenido, lo merecía tanto o más que ellos. Él solo lloró, lloró y se sintió feliz. De hecho hoy, que me está contando toda esta historia, Germán llora. Se le entrecorta la voz, para de hablar, traga en seco. “Fue muy difícil para mí no haber estado ahí, en ese triunfo, porque había trabajado todo un año para eso, estaba feliz por ellos, pero también muy triste. Lloré mucho”, dice. Él era el entrenador del equipo y ese 5 de septiembre, cuando lo detuvieron, regresaba de uno de esos entrenamientos.

De 92 a 59

Esperar desespera. Mientras algunos se escaparon de la estación en La Yaguara, otros fueron excarcelados por diferentes motivos hasta reducirse a 59 detenidos. En esa espera, en noviembre de 2017, el Tribunal 17 de Control de Garantías de Caracas ordenó liberar a los colombianos de La Yaguara, porque no había motivos por mantenerlos presos. Sin embargo, el Tribunal Supremo de Justicia luego ordenó que debían seguir encerrados.

En 2018, la Comisión contra la Detención Arbitraria de la Organización de las Naciones Unidas emitió un dictamen a favor, pidiendo la libertad. Solo ocho días después, el Gobierno de Venezuela presentó a los detenidos en una audiencia, les imputaron los delitos de terrorismo, asociación para delinquir y falsedad en documentos. “Después de eso el mundo se me fue abajo, duré cinco días sin comer”, recuerda Germán.

‘Los 59’, como empezaron a conocerse mediáticamente los detenidos en La Yaguara, nunca tuvieron un juicio, ni derecho a una audiencia, tampoco nunca fueron condenados por algún delito, nunca fueron enviados a una cárcel. Aun así estuvieron 34 meses presos. Días después de una importante visita a Caracas, por parte de la Alta Comisionada de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos, Michelle Bachelet, quien medió en la situación, finalmente el Gobierno de Venezuela decidió liberarlos, el 29 de junio de 2019, y depórtalos a Colombia. “Pensamos que no era verdad, nos embargó la alegría, pero también el llanto. Efectivamente, éramos libres”, afirma Germán.

***

Hoy Germán, en el estadio de sóftbol de Los Caracoles, en Cartagena, se ilusiona mirando a un equipo de béisbol de niños venezolanos. Busca la forma de integrarse y de ver “¿qué hacer?”.

Su ilusión se opaca un poco. Recuerda que aún no tiene trabajo, que debe volver caminando a su casa en Ceballos y esperar, solo esperar a que algo pase, a que se cumplan las promesas que les hicieron de ayudarles a conseguir empleo y, aunque a ratos suene imposible, encontrar la forma de recuperar el tiempo que él y sus sueños perdieron en la pesadilla de la injusticia. Lo importante es que ya despertó.

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