Las viudas de Pichilín: las heroínas que renunciaron a vengarse

13 de octubre de 2019 12:02 PM

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Sí, soy una de ellas. Una de las nueve viudas que dejó la masacre de Pichilín (Morroa-Sucre), quienes armadas con silencio evitamos que nuestros hijos se fueran a la guerrilla para buscar venganza.

Nunca relatamos nuestra pesadilla, pero ya estamos liberando este silencio y el dolor prisionero en nosotras desde esa tarde, aunque el miedo no se irá.

Desde entonces atesoro mi último recuerdo feliz con mi esposo. Él no era cariñoso conmigo e inexplicablemente ese día, después de almorzar, me abrazó y me besó mucho.

Yo, sonrojada y riendo, le dije: ¿tú eres loco, tú cuándo te has puesto en esto?

Esa tarde no volvió a la parcela, quería ir hasta Colosó y llamar a nuestra hija mayor.

Se despidió con otro beso y cuando salía del pueblo llegó donde una hermana, le confesó tener miedo de alejarse de casa.

Ella le dijo: “Manuel, si no quieres es porque no te conviene”. Entonces regresó y se sentó, deseando aún saber si Yarnely vendría para Navidad.

De repente se levantó dispuesto a llamar y mi cuñado al enterarse trató infructuosamente de convencerlo diciéndole: “Mane, vayámonos para la parcela, a Colosó vas mañana”.

Eran las 2:30 de la tarde de ese 4 de diciembre de 1996 cuando salió a llamar a la niña, ella trabajaba como doméstica en Barranquilla. Yarnely le confirmó que vendría para el 24 y él regresó feliz en su burro. Al entrar al pueblo lo alcanzó una caravana con cincuenta esquizofrénicos armados.

Venía contento a traerme la buena noticia y de repente esa alegría se convirtió en terror: varios de ellos se bajaron, tildándolo de auxiliador de las Farc (Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia).

Entre tanto, los once carros guiados por los apasionados al odio y la sinrazón, siguieron; entraron sin prisa al pueblo por su polvorienta calle.

La caravana, una gran serpiente con ojos sedientos de sangre, se ensañó contra campesinos que construían la casa de uno de ellos. De repente se vieron rodeados de paramilitares y a lo lejos se escucharon tres disparos.

El terror se apoderó de Pichilín y los labriegos que hacían de albañiles quedaron congelados.

Un hombre alto y fornido bajó de una camioneta cargando un fusil, se desencapuchó ordenando saquear, quemar casas, encerrarnos con nuestros hijos en el puesto de Salud y a los cultivadores tirarse al suelo bocabajo.

Golpeados en sus espaldas con machetes, se orinaron en sus pantalones y quedaron sin fuerzas para obedecer la orden de levantarse.

Mientras tanto, otro encapuchado miró a los ojos de Fabio Rivera y ordenó sacarlo de la lapidaria fila, no obstante, allí iba su hermano Federman.

Los raptados fueron montados como animales a los carros de servicio público hurtados minutos antes en un retén ilegal cerca al puesto militar, el cual ese día se ausentó.

Los “paras” se alejaron, levantando un polvorín que se mezcló con el humo y las lágrimas de sus prisioneros.

Corrimos y el macabro desfile pasó delante de nosotras, inclusive de Enalba Sequea, quien regresaba al pueblo.

Allí iban su marido Emiro con su hijo mayor, Eberto, presidente de la Acción Comunal. A su hijo no lo vio, más si a su marido, él le decía llorando: “Adiós mija, ahí te dejo a mis otros hijos”.

Hacía cuatro días que Enalba se había ganado un chance con el 3243 y su esposo quería una nevera, por eso había ido a Vijagual para comprar una de segunda.

Pero en la casa donde vendían la nevera vio dos ataúdes, de inmediato le entró escalofrío, pensó en sus hijos y regresó espantada.

La caravana se llevó a siete campesinos, antes de salir del pueblo arrojó muerto a Jorge Torres y luego fue a Colosó donde sacó dos más de una fiesta de grado.

En medio de la confusión, alguien gritó: !Nélida, mataron a Manuel!. Yo corrí hasta donde me lo dejaron con aquellos tres balazos.

Me lo golpearon y le amarraron las manos con nylon color azul. Intenté desamarrarlo, no sé para qué... ya estaba muerto.

Lo abracé y le dije: “nuestros hijos no serán menos de lo que siempre anhelaste, no te sientas mal por no haber sido cariñoso conmigo, yo sé que me amabas”.

La jauría raptó también a dos conductores, Germán Ramos fue uno de ellos. A él lo pusieron al frente con su carro para entrar sin despertar sospechas y valientemente aprovechó eso para salvar campesinos diciéndoles con muecas que se escondieran.

En la vía entre Toluviejo y Palmito los raptados fueron arrojados en grupos de dos y tres con proyectiles en la cabeza.

Una hora después, le llegó a Pichilín su más oscura noche, llorábamos cada vez que se nos desgarraba el alma.

Al día siguiente, nuestro alegre y próspero pueblo, que esperaba al cantante Miguel Durán para celebrar su aniversario, quedó desolado.

Algunos no huimos, nos escondimos y salíamos solo a cultivar, pero hasta el cielo calló, pues pasaron dos años sin llover y no cosechamos nada.

Yo fui la única de las viudas que se quedó, luego la guerrilla mató a mis hermanos Bernardo, Náfer y Roberto.

A otro hermano lo encarcelaron dos años con sus tres hijos, los sindicaron de guerrilleros y luego los encontraron inocentes, por eso los dejaron libres... y arruinados.

En medio de la guerra seguí sembrando yuca y maíz para no dejar morir de hambre a mis nueve hijos. A los más pequeños me los pedían, muchos creían que buscaría marido y los abandonaría.

Yo respondía: ¿abandonarlos por marido? ¡No señor! Y nunca se me acostaron sin comer.

Cuando alguien hablaba de lo ocurrido ese miércoles, le abríamos los ojos para hacerlo callar, necesitábamos custodiar ese silencio, que fue nuestra única salvación.

Así pasaron dos décadas, manteniendo a nuestros hijos sin recordar ese terrorífico día y con su deseo de venganza durmiendo, mientras nos levantábamos de entre las cenizas.

Mi hijo mayor, Miguel, cuando cumplió 16 subió al monte en busca de la guerrilla para que lo reclutaran y así vengar la muerte de su papá. Gracias a Dios mis súplicas llegaron al cielo y él regresó.

Nunca nos cruzamos de brazos, pues teníamos que adueñarnos de nuestro futuro, no dejarlo en manos del Estado.

Tampoco recibimos tratamiento psicológico, no fue necesario, pues para levantarnos “solo” teníamos que ser fuertes y tener esperanzas. Y estaban allí, en nuestros 59 huérfanos.

Casi todos se dedicaron al campo y al mototaxismo. Hoy siembran valores en sus propios hijos, así como en ellos lo hicieron nuestros maridos, asesinados en una disputa que no era nuestra.

Enalba, lavando y planchando ropa ajena en Sincelejo, educó a sus 12 hijos. Ya el menor tiene 24 años.

Olga Salgado huyó con sus 8 hijos a Corozal, allá trabajó 16 años como doméstica, luego enfermó y regresó, pero los sacó adelante.

También resistieron Nidia, Ana Elvira, Diana, Fidelina, Eduviges y Omaira Ortiz, quien se desplazó a Morroa con sus 11 hijos.

Hoy los ahorros que hizo su marido para comprar una casa en Sincelejo no están, en vez de eso tiene 10 nietos y dos bisnietos que borran su tristeza, mientras hace de ellos constructores de paz.

Antes, cuando nos reencontrábamos cada 4 de diciembre nuestro dolor se reverdecía, ahora en cambio narramos lo sufrido porque hemos descubierto que cuando lo hacemos esa pena va pasando y queda solo la ausencia.

Entonces empezamos a sacar ese dolor para transformarlo en fortaleza, así como lo hicimos con la indiferencia, la impotencia, el olvido, el abandono y el estigma guerrillero. Somos como heroínas porque en medio de todo resistimos y sobrevivimos por la paz, logramos formar a los ciudadanos de bien que hoy son nuestros hijos.

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