Adaptar Boston al cambio climático, una obra que Cartagena necesita pasar del diseño a la realidad

01 de diciembre de 2019 03:04 PM
Adaptar Boston al cambio climático, una obra que Cartagena necesita pasar del diseño a la realidad
Cristalizar el proyecto de Boston como el primer barrio de Cartagena adaptado al cambio climático será beneficioso.

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Cristalizar el proyecto de Boston como el primer barrio de Cartagena adaptado al cambio climático será beneficioso no solo para los 9.821 habitantes de este territorio pobre de la zona oriental, sino para todos los cartageneros porque con ello se inicia el camino que ya transitan otras ciudades del mundo, que a golpes de la naturaleza han entendido la relevancia histórica de la resiliencia climática.

El Proyecto Boston tiene el poder de equipar a Cartagena contra los desafíos del calentamiento global sin pasar por la amarga experiencia vivida por urbes como Nueva Orleans, tras el paso del huracán Katrina en 2005, y de Nueva York, azotada por el huracán Sandy en 2012.

Colombia, por su ubicación en el Atlántico sur y el clima tropical húmedo de sus costas, se ha mantenido hasta ahora fuera del radar de los huracanes, pero no está exenta de otros impactos agresivos del cambio climático como el aumento del nivel del mar, los vendavales, las lluvias torrenciales que dejan nefastas inundaciones, y de ello buena parte de los barrios cartageneros pueden dar fe, y los exasperantes calores provocados por el aumento de la temperatura.

Ante ese panorama que amenaza con empeorar es mejor pasar de la gestión de los desastres a la gestión del riesgo ante eventos extremos.

Panorama desafiante

Como las demás ciudades costeras en el planeta, el pronóstico para Cartagena de Indias, en relación con los efectos del cambio climático, es negativo. Se estima que para el 2040, si no se actúa asertivamente desde ya, la Heroica habrá perdido porciones considerables de tierra a orillas de sus líneas costeras, lo que se traduce no solo en millonarias pérdidas en infraestructura y comercio, sino en un detrimento de la calidad de vida sin distingo de condiciones socioeconómicas, pero sin duda sus habitantes más pobres son los más vulnerables a esa proyección.

Cartagena tiene el plus de ser la primera ciudad de Colombia en crear su carta de navegación para ser compatible con las intimidaciones del cambio climático. El Plan 4C es una hoja de ruta que, tras largas mesas de diálogo entre distintos sectores, clarificó las acciones que debe ejecutar la ciudad para ser competitiva y compatible en esta nueva era geológica denominada por los científicos como Antropoceno, caracterizada por disturbios ecológicos motivados por las intervenciones del hombre.

Es una era donde la prioridad del hombre no es defenderse de la naturaleza sino comprender sus cambios y convivir inteligente y armónicamente con ellos, escribió la arquitecta española Miriam García, ganadora de la XII Bienal Española de Arquitectura y Urbanismo en 2014, en su tesis ‘Hacia la metamorfosis sintética de las costas. Diseñando paisajes resilientes’.

Y es precisamente en este innovador concepto que se enmarca el proyecto de Boston como primer barrio de Cartagena adaptado al cambio climático. Para pasar de la escritura del Plan 4C a la realidad, el diseño de esta obra -propuesto por la firma bogotana de arquitectos Daniel Bermúdez- alude a un entendimiento entre la ciénaga de la Virgen y la comunidad, asumiendo a los tres canales de drenaje pluvial que atraviesan el barrio como afluentes fundamentales de este cuerpo de agua.

“Barrios Adaptados al Cambio Climático es una estrategia del Plan 4C concebida para que los barrios más vulnerables a los eventos climáticos extremos pasen a ser espacios donde la comunidad lidere su propio proceso de adaptación y contribuya a la recuperación del ecosistema que lo rodea”, expresa el secretario de Planeación del Distrito, Iván Castro.

En el caso puntual de Boston, se propone un diseño de impacto positivo para descontaminar la ciénaga de la Virgen y los canales pluviales, y se propicie una convivencia provechosa entre los habitantes y el entorno natural.

Seleccionar Boston como proyecto piloto de barrio adaptado al cambio climático en Cartagena de Indias no fue al azar. En 37,23 hectáreas, en las que se levanta este barrio extremadamente pobre, con casas de madera, zinc y plástico, y otras en block y eternit, sin ningún lujo, confluyen todos los factores socioambientales que le significan a la ciudad un reto mayúsculo en resiliencia climática.

“Boston nació como un barrio de invasión hace aproximadamente 50 años, a orillas de la Ciénaga de la Virgen, uno de los cuerpos de agua prioritarios para la ordenación y manejo sostenible de Cartagena. Fue construido desorganizadamente degradando el ecosistema, mediante la tala de manglares y rellenando con basuras y escombros el playón de la ciénaga, una zona inundable por naturaleza, y aún se mantiene así”, relata Adriana Ramírez, doctora en Recursos Naturales y directora del programa de Biología de la Universidad de Cartagena.

Debido a esta situación, Boston es altamente vulnerable a las inundaciones, sus residentes sufren en cada temporada de lluvias los desbordamientos de los canales pluviales, que todo el año viven atestados de basuras que arrojan los mismos vecinos y las que arrastran las escorrentías que transitan por allí tras recorrer la ciudad de occidente a oriente antes de descargar un lodazal infeccioso en la ciénaga de la Virgen, que tristemente recibe desde los años 40, según Cardique, el 60% de las aguas servidas de la ciudad, superando esto la capacidad de regeneración del cuerpo de agua.

Lo más complicado es que el origen y la historia de Boston se replica en cinco barrios (San Francisco, La María, La Candelaria, La Esperanza y El Líbano) y once sectores del barrio Olaya Herrera, construidos también al borde de la ciénaga de La Virgen. Uno de los objetivos del proyecto de Boston es hacerlo extensivo en un mediano y largo plazo a estos asentamientos y otros a orillas de otros caños y lagos que conforman el sistema hídrico de Cartagena.

Lo que propone el diseño

La propuesta para adaptar a Boston es un diseño elegido, entre diez proponentes, en el Concurso Nacional a una Ronda de Anteproyecto Urbanístico y Arquitectónico para este fin, realizado en 2016, y que debido a la inestabilidad política que ha afectado a Cartagena en el último período administrativo, minado por el descalabro de dos alcaldes elegidos en las urnas y el nombramiento recurrente de alcaldes encargados, ha quedado en pausa, pero no en el olvido. Recientemente, los residentes de este barrio, quienes participaron activamente en la elaboración de la propuesta, precisaron estar esperanzados en que sea retomado por la nueva administración que asumirá las riendas de Cartagena en enero de 2020. Edwin Gómez, presidente de la Junta de Acción Comunal del barrio, explica que están elaborando una acción popular para solicitar que el diseño pase a la etapa de formulación de proyectos y se comience a buscar financiadores.

“El proyecto sigue vigente y los habitantes de Boston están urgidos de que se haga realidad. Su participación en la propuesta los hizo conscientes de la importancia de prepararse para el cambio climático. Además, realizar esta propuesta dignificaría la vida de los habitantes de ese barrio”, manifiesta Francisco Castillo, biólogo marino, magister en Gestión Ambiental con énfasis en Zonas Costeras y asesor de la Alcaldía para temas relacionados con el cambio climático; miembro del equipo de trabajo del Plan 4C.

El diseño plantea -para sortear las altas temperaturas, el aumento del nivel del mar y el arrecio de lluvias torrenciales- un tecnificado sistema de drenajes, la resiembra de una amplia zona de mangle en la línea de costa de la ciénaga de la Virgen y recuperar un espacio público multifuncional a orilla de los canales pluviales, con siembra de hortalizas y árboles.

Para mitigar la temperatura en las casas, así como para amortiguar los desbordamientos, se propone que en los espacios públicos, de carácter inundable, a orilla de los canales pluviales se determinen dos espacios lineales que sirvan como contenedores de agua en momentos de crisis. Uno se utilizaría para una huerta comunitaria y otro para sembrar un jardín de lluvia. En el primero, el diseño propone cultivar especies ampliamente usadas en el Caribe, como el ají dulce, el tomate, habichuela, cilantro, cebolla en rama, melón, ahuyama y lechuga; y en el jardín de lluvia se siembren árboles de gran tamaño y follaje que brinden disponibilidad temporal de frutos y regulación climática. Se recomienda el mango, el mamón, la chirimoya, el guayacán de bola, el olivo, el clemón y el mangle zaragoza. Se plantea también que estas zonas sirvan de área de descanso, con sombra y mobiliarios, escenarios deportivos, ciclorutas y plazoletas para eventos.

Para manejar las aguas lluvias y el aumento del nivel del mar, la propuesta incluye un sistema subterráneo de celdas almacenadoras que filtrarían el exceso de agua de las vías. La recuperación del borde de la ciénaga de la Virgen se plantea mediante la resiembra del manglar y la resignificación de este para la comunidad. El diseño incluye el mantenimiento de los canales y caños en los manglares, y de senderos que permitan recorrer el lugar como una alternativa turística; al tiempo que propone la productividad del cuerpo de agua mediante proyectos de acuicultura y la creación de espacios públicos que sirvan de integración para los residentes.

“El diseño que propusimos incluye unas recomendaciones a algunos artículos del POT existente, como la articulación con el Plan Maestro de Drenaje Pluvial y el anhelado sistema de transporte acuático. Esto lo vuelve absolutamente compatible con la realidad normativa actual, revelando posibilidades. Sugerimos un espacio público multifuncional que permite mejorar la calidad de vida de los habitantes de Boston, protegiéndolos de las inundaciones y disminuyendo la temperatura ambiente”, expresa Diego Bermúdez, representante de la firma de arquitectura, diseñadora del proyecto.

Una mirada antecesora

La propuesta encuentra su inspiración en proyectos similares desarrollados en las ciudades de Nueva Orleans y Nueva York. Tras dos eventos catastróficos, en los que los huracanes Katrina y Sandy, respectivamente, devastaron estas dos urbes, dejando cientos de muertos y pérdidas multimillonarias, Estados Unidos, de la mano de Holanda, país líder en la gestión de los riesgos de litorales, emprendió una fase de reflexión que escaló en una nueva forma de concebir la gestión del riesgo de desastres: la protección frente al cambio climático no puede solo contemplar defenderse de las dinámicas marinas, sino de vincular procesos que las acepten y adapten las ciudades a ellas, con el acompañamiento activo de la ciudadanía.

En la restauración del delta del Misisipi, Nueva Orleans promovió la transformación de los espacios verdes para procesar las aguas pluviales, sembró a lo largo de los canales jardines de lluvias que se alimentan con las escorrentías de calles cercanas. Todas las acciones emprendidas para generar nuevos humedales se soportaron en procesos naturales que cambiaron la malla urbana, redujeron el riesgo de las inundaciones y propiciaron un mejor entorno para vivir.

Siete años después, tras el paso de Sandy en Nueva York, que dejó a Manhattan casi una semana sin fluido eléctrico y sin red de comunicaciones, los estadounidenses entendieron que no se trataba de un hecho aislado sino de un fenómeno recurrente que requería de que la región se preparase frente a los efectos del cambio climático, teniendo en cuenta una interconexión innegable en todos los sectores: el ecológico, el económico, el cultural y el social. En julio de 2013, EE.UU. lanzó un concurso de diseño denominado Rebuild by Desing que cambió el enfoque de este país sobre la respuesta a los desastres hidrometeorológicos. Una vez más los 150 participantes -después de tres meses de interactuar directamente con las comunidades afectadas por el ciclón- concluyeron que no basta con crear diques y otros sistemas de protección sino que hay que incorporar medidas flexibles a los cambios espontáneos de los ecosistemas.

Realizar el proyecto Boston sitúa a Cartagena a la vanguardia de esta mirada de las potencias ante los inminentes efectos del calentamiento global.

En los últimos 30 años, la ciudad ha transformado su línea de costa con infraestructuras que han crecido sin tener en cuenta la naturaleza, y hoy con el aumento del nivel del mar esas construcciones no dejan espacios a humedales que amortigüen las inundaciones, lo que eleva los riesgos debido a la densidad poblacional en esas áreas.

“La playa cambia durante el año, durante décadas y durante centurias, ellas se mueven dependiendo de la cantidad de sedimentos que le provee el océano. Si yo le pongo una barrera en la parte trasera, que es lo que ocurre cuando se construyen edificios o carreteras, estoy limitando ese ecosistema que me protegía antes. Esas intervenciones también afectan el ecosistema de los manglares, que nos ha protegido por mucho tiempo. Cartagena ha transformado esos ecosistemas de playa y de manglar durante siglos; ya es tiempo de tomar consciencia de la importancia de restaurarlos y protegerlos”, comenta Paula Sierra, coordinadora de investigación e información para gestión marina y costera del Instituto de Investigaciones Marinas y Costeras (Invemar).

Para el 2040 se prevé que la temperatura promedio de Cartagena llegue a 29ºC, alterando los ecosistemas y duplicando los casos de enfermedades trasmitidas por vectores; que el nivel del mar suba 20 centímetros, generando una pérdida paulatina de grandes áreas de terreno y del patrimonio ecológico; y que se incremente en un 30% el período de lluvias extremas, es decir que las precipitaciones ocurrirían los doce meses del año. Cambiar esa realidad implica empezar a decidir y a priorizar los proyectos que la ciudad necesita para seguir siendo un hogar seguro para todos los que vivimos en ella.

*Alianza entre ActionLAC, plataforma coordinada por Fundación Avina, y LatinClima, esta última con apoyo de la Cooperación Española (AECID) por medio de su programa ARAUCLIMA, con el fin de incentivar la producción de historias periodísticas sobre acción climática en América Latina.

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