Adolfo Pacheco, “el hombre del espejo”

15 de septiembre de 2019 12:00 AM
Adolfo Pacheco, “el hombre del espejo”
Clausura del Hay Festival con Adolfo Pacheco, como invitado. //Luis Aparicio - El Universal.

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Por: Hernán Pimienta Vásquez.

¿Qué es la vida? ¿Qué es la muerte? Con estos viejos interrogantes comienza una de las últimas composiciones del juglar sanjacintero Adolfo Pacheco Anillo, titulada ‘El hombre del espejo’.

¿Qué es la vida? ¿Qué es la muerte? Se preguntan. Yo comento

La vida pa’l palenquero es un sufrimiento

La muerte lo pone alegre y toca el pechiche

Y yo como soy cristiano la muerte me pone triste

La vieja me trajo al mundo dicharachero y contento...

Con esta composición, el autor busca defenderse del hombre del espejo.

En su afán por investigar lo desconocido, el hombre siempre está luchando con preguntas como las que Pacheco Anillo hace. Tratando de dar una explicación racional en ese deseo de descifrar enigmas que siempre lo han perturbado y que lo han obligado, muchas veces, a buscar las respuestas en algo más poderoso que él mismo.

En su libro Man, God and Magic (El hombre, Dios y la magia) Ivar Lissner expresa: “Maravilla la perseverancia con que el hombre, durante toda su historia, se ha extendido hacia más allá del hombre mismo. Sus energías nunca se han dirigido tan solo a satisfacer las necesidades de la vida. Siempre ha estado investigando, buscando a tientas más allá, aspirando a lo inalcanzable. Este extraño impulso inherente al ser humano es su espiritualidad”.

En esta canción, Adolfo, quien se autodefine como un católico más, deja vislumbrar algunas dudas que como hombre espiritual lo desvelan.

¿Qué es la gloria? ¿Qué es averno? Cuestiona en otra estrofa de su canción al no saber si al hombre común le espera algún lugar de gozo o de tormento, como recompensa o castigo por sus acciones; después de abandonar esta vida. Un Adolfo Pacheco iluminado por una nueva dimensión espiritual se interroga a sí mismo viendo su imagen reflejada en el espejo, un espejo en el que solamente se refleja el mundo material y en el cual podemos ver las secuelas que el tiempo va dejando en nuestro cuerpo. En ese espejo, a Adolfo le es imposible ver las secuelas que nuestras acciones van dejando en el alma; como sí las veía Dorian Grey en el oculto retrato que le regalara un amigo.

Eternos, a donde lleguemos

La Iglesia católica, influenciada por la filosofía griega, nos habla de un alma que sobrevive cuando nos llega la muerte y que habitará en algunas regiones etéreas dependiendo de cómo nos hayamos comportado aquí en la tierra.

Nos promete que, si nos portamos bien y cumplimos con los mandamientos de la Santa Iglesia, disfrutaremos del paraíso de donde fueron expulsados Adán y Eva. Si, por el contrario, nos portamos muy mal, nos espera un infierno ardiente donde pagaremos con creces por todo el daño que pudiésemos haber ocasionado en vida. Si cometimos pecados que pueden ser perdonados estará el alma en un lugar de purificación: el purgatorio.

En oposición al compositor vallenato, que sitúa las almas de sus amigos parranderos en el mismísimo infierno, Adolfo Pacheco imagina que los suyos están en este lugar de tránsito hacia un cielo, del cual los cree merecedores. Andrés Landero, Antonio Fernández y Ramón Vargas aún escuchan y bailan sus cantos en aquel lugar.

El casi octogenario compositor --que como el Fausto de Goethe, no se siente tan joven como para correr tras goces livianos, ni tan viejo como para que su cuerpo se encuentre ya exhausto-- se ve en el espejo y siente que cada día que pasa lo acerca más a la realidad de la muerte. Pide que después que llegue ese fatídico día, su cuerpo sea cremado totalmente pero que mientras nos acompaña en esta tierra lo queramos porque, dice de sí mismo: “Soy un man de buena fe”.

También nos dice que quiere que nadie le guarde luto y que le toquen los acordeones y las gaitas como señal de despedida. No quiere llanto, quiere música, quiere alegría.

Aunque tal vez no coincida con los palenqueros, quienes consideran que la vida es un sufrimiento, comparte con ellos el deseo de ser despedido con alegría y jolgorio.

Se infiere, por lo que dice en la letra de su canción, que ha leído acerca de otras religiones diferentes a las que profesa. Cuando dice: “Si se mata un terrorista va al paraíso. Si un católico lo hace va pa’l infierno”.

Imposible se me hace no relacionar estos versos con las historias acerca de los Kamikaze (viento divino) japoneses durante la segunda Guerra Mundial o con los extremistas islámicos que se han inmolado por defender ciertos ideales religiosos. Por estas contradicciones aparentes con respecto al suicidio, dice que mucha gente no entiende la religión.

Adolfo Pacheco, consciente de haber cometido algunos pecados, pide al ánima de sus padres difuntos que lo libren de los vicios y que lo cubran con su manto. Se refleja en estos versos a un hombre en busca de redención y perdón; a un hombre de fe.

Casi al final de la canción, Adolfo agradece a quienes lo han acompañado en sus correrías y en su quehacer artístico; pareciera que se estuviera despidiendo. Dios lo mantenga junto a nosotros durante muchos años más, para que siga componiendo y cantando canciones que reflejen el sentir de sus paisanos en esta tierra. En este pueblo, que se siente orgulloso de que el último juglar vivo de Colombia sea un sanjacintero.

***

“La única manera de ganarse un puesto en la historia de la poesía o de la música es presentando un mundo propio, inconfundible. Dos o tres líneas bastan para identificar al buen escritor y diferenciarlo de sus colegas”, dijo sobre Adolfo Pacheco el investigador Ariel Castillo Mier.

El maestro, que nació en San Jacinto, Bolívar, el 8 de agosto de 1940, inmortalizó en sus composiciones las etapas de su vida.

Hoy, sus ansias de componer se van a lo infinito, lo intangible y etéreo. Son su motivo de cavilación.

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