Facetas


Alcides Figueroa Reales, un gestor de utopías reales

En su mochila de peregrino incesante, trae un poemario que acaba de publicar y un mapa de proyectos que se anticipan a los 500 años de Cartagena de Indias.

Alcides Figueroa Reales acaba de regresar a Cartagena, luego de un largo e intenso viaje, casi la misma travesía que emprendió el general Bolívar, pero esta vez, para seguirle las huellas y el pulso a las conciencias nativas y artísticas del continente. En su mochila de peregrino incesante, trae un poemario que acaba de publicar y un mapa de proyectos que se anticipan a los 500 años de Cartagena de Indias. Alcides es un artista integral, curador, gestor de múltiples iniciativas en la ciudad. Se ha encontrado con los dos fantasmas reales y encarnados de nuestro tiempo: la peste y un conflicto social en la región y la nación. Al asomarse a la calle recién llegado a Cartagena, fue recibido con golpes en su rostro y en su cuerpo, simplemente por sumarse al río de voces que reclaman por sus derechos.

A descampado realizaste un intenso y deslumbrante peregrinaje por América Latina. ¿Qué es ese viaje que no cesa?

-Llegué adonde no fue Bolívar y volví adonde Artigas no acudió jamás. Tengo ciudadanía provisional de la República Oriental del Uruguay, natural de Extranja con pasaporte colombiano. Aprendí que ningún ser humano es ilegal en el planeta Tierra... hasta cuando intenté traspasar inútilmente la frontera de Panamá camino a Solentiname, pues presentí despedir al poeta Ernesto Cardenal, quien murió cuatro meses después. No completé el continente americano.

¿Cómo te aproximas al legado de maestros como Obregón, Grau y Cecilia Porras, contando cien años de su natalicio compartido?

-Margarita Yourcenar escribe: “Los siglos de gloria y los milenios de olvido”. La juventud de la franja Primer Mundo (en cualquier país estratificado) traza horizonte de vida para 100 años, nada extraordinario, sobre todo en Silicon Valley pulsan nanotecnología y biocibernética, juguetes de alto poder manipulador, entre otros. Apps de timoneles conductistas.

El año 20 del siglo pasado trajo consigo el portento casual de este trío de artistas (pares entre sí, siendo tan distintos) al Caribe que amparó su destino. Rehilete, pintura de Cecilia Porras, desde siempre fue mi timón de los vientos. Alejandro Obregón tempranamente aparece en el radar cuando, a los siete años, acompañado de mi madre y mis dos hermanas mayores de visita en Bogotá, contemplé su pintura Violencia, en 1964. Dos años después esa imagen sería el rostro de Camilo Torres Restrepo muerto, primera plana en la prensa capitalina. La vez primera con Grau fue quizá una mesita de centro entre cubista y constructivista, cuadro suyo colgado en el Palacio de la Inquisición, yo con once o doce años de edad, cuando iba a la Escuela de Bellas Artes y Blasco Caballero era mi maestro de pintura. Son legados dispares. Me tocó en suerte atender en el Museo de Arte Moderno de Cartagena la llamada telefónica de una persona que heredó las obras que Cecilia Porras dejara a Jorge Child, su marido, que luego enviaron a esta institución; atisbo apenas de esa mujer singular. Obregón, amigos ya, compartió mi deseo de instituir una Hemeroteca de Arte y Cultura de las Tres Américas, cuando Internet ni existía. Él ofreció poner su firma junto a la mía para enviar ese proyecto a Casa de las Américas, en La Habana, Cuba, opinando que allí tendríamos eco con motivo de los 500 años de la llegada de Colón. Pero sucedió su muerte el 11 de abril, Sábado de Resurrección de 1992. Cecilia es íntima mía sin haberla conocido en vida. Obregón resulta continental. Grau es insignia cartagenera, aunque nació en ciudad de Panamá. (Le puede interesar: Cecilia Porras llegó hace un siglo)

¿Cómo evoca su relación personal con Obregón y Grau?

-Alejandro, ante una cuita mía, me dijo una tarde: “Andas del timbo al tambo”. Elogio total: sigo siendo ácrata sinárquico. En 1989 Bibiana Vélez, gran amiga, venía de ganar Primer Premio en el XXXII Salón Nacional de Artistas, y para presentarlos le pedí al maestro que nos recibiera en su casa de La Factoría; vino conmigo también el pintor norteamericano John Timothy Hall. Josefina Del Valle y el maestro departieron con nosotros gustosos en esa velada informal. Tiempo después su hermano mayor, Pedro Obregón, y yo coincidimos una mañana en casa del maestro y desayunamos con él torrejas de bollo limpio con cucharadita de caviar negro encima y ron blanco helado: luego partimos a casa de Pedro en Barranquilla, quien exhumó una impensable arqueología obregoniana: dibujos de infancia, estudios, alguna corona de espinas en tinta china, apuntes, escritos, etc. ...cúmulo indecible que situado en La Factoría, más otras obras suyas, daría espacio a un Centro de Recursos Creativos, continental, que lo evoque activo y presente, para otear desde allí Medioevo Equinoccial, o sea: el ciclo de 500 años de los primeros fundos novohispanos que tuvieron lugar en el Caribe, el cual culminará Cartagena de Indias en 2033.

¿Cómo te aproximaste a los nuevos creadores para que aportaran sus obras a la Colección del Museo de Arte Moderno de Cartagena en 1999?

-Gracias a Yolanda Pupo de Mogollón, directora histórica de la Institución, quien ha sido incondicional conmigo y me apoya en cualquier cosa que le señale deseable. En realidad, el listado de artistas estaba en la agenda de teléfonos que Bibiana Vélez tenía de sus colegas -no había celular en esa época-. Ella me facilitó teléfono e improvisamos en su apartamento de Crespo flamante oficina. Cada llamada exitosa obligaba acudir a Bogotá; allá María Belén Sáez de Ibarra me alojó generosamente en el apartamento que ocupaba frente a las Torres del Parque, y muy ágilmente me franqueó el despacho de la recién nombrada ministra de Cultura, “La Cacica”, Consuelo Araújo Noguera. Ella, con presteza, dio visto bueno a todo, y luego disfruté la simpatía de Elvira Cuervo, directora entonces del Museo Nacional de Colombia, institución que facilitó asuntos técnicos de embalaje y transporte. La Colección Siglo XXI contrastaba la colección permanente existente hasta entonces, hecho ignorado en el texto mercenario del libro que publicó Villegas editores sobre el MAMC. Mi deseo, después de más de veinte años, es rehacer mi intuición inicial y darle forma textual a ese omitido contraste, para que sirva de charnela entre lo acontecido en el siglo XX y los desenvolvimientos impredecibles del XXI.

Ya como curador de exposiciones temporales en el Museo Bolivariano de Arte Contemporáneo de Santa Marta, fraguaba (ocasión única y febril) para la Quinta de San Pedro Alejandrino una tremenda colección de arte actual procedente de América Latina entera. Esta previsión hoy constituiría paradigma continental, invaluable testimonio de estos momentos de efervescencia y calor. No fue posible. (Posteriormente el Bolívar de mármol del jardín fue derribado por una rama voladora del Samán que ya estaba allí cuando arribó moribundo el Libertador de carne y hueso en 1830). (Lea además: ‘Cien por ocho’, una exposición que honra a grandes creadores colombianos)

Acabas de imprimir poemario en este 2021. Cuéntanos qué mundos poéticos narras allí.

-Plaquette, más que brevísima: exigua; poemas instantáneos -algunos carecen de ver bo- y textículos salvados de memoria de la dispersión entre un siglo y otro. Depósito impreciso de esta especie de Relámpago-videncia que padezco a ratos. Hadrones en espiral galáctica, escalando al paso de los años mi más elemental autobiografía. Adentro es afuera. A la visconversa.

Ofrendas de Telémo Eurímida, que así titulé, carece del siguiente texticulito, el cual aporto en primicia aquí: Télemo Eurímida compone sones para los fuelles de Cyrill Demian. Acordeonista, entonces, fotógrafo y adivino. Entendido del destino calibra el diafragma. “Es mejor adivinar que ver”, dice plácidamente, pues nada escapa al encuadre. Nada obstruye tampoco. Retrata según obtura, así nos contempla Votivos. Con guiño elegante, un ojo le basta: el de la máquina electrónica. Ciclópeo cantando en su aire.

Cuéntenos, ¿qué proyectos artísticos impulsa en la actualidad?

-Firmamento/Obra Curatorial, proyecto que estoy dando a conocer gracias a esta entrevista, es dinámica pura contra-pandémica y muestra relevante de pervivencia demográfica; supone la participación de un 10% de la población local, o más. Pido construir un mosaico efímero mediante teselas que son selfies -con y sin barbijo-, autorretratos dobles de cada participante (tamaño pasaporte), configurando un big bang que intervenga espacio expositivo adecuado; después esa cantidad de personas vendrá a firmar en la pared su autoría. El documento resultante será nuestra petición a las Naciones Unidas en razón de modificar la Carta Internacional de los Derechos Humanos al introducir la categoría profilaxis luego de toda una deliberación planetaria sobre esta conveniencia universal que nos libere del miedo al COVID-19 y subsiguientes amenazas de maniobras biológicas degradantes de la condición humana. Esta obra es alter viral en cuanto hay que replicarla multilocalmente hasta dar la vuelta al mundo, masa crítica antes jamás pulsada, insuperable protagonismo colectivo. Tan diferente a los memoriales que relacionan víctimas del VIH o de desapariciones violentas o forzadas, bombas neutrónicas, masacres y demás, en que la muerte y la violencia tienen más relieve que la vida y su celebración.

A la actual Administración Distrital he expresado (en carta dirigida al secretario de Interior, David Múnera, quien me conoce de hace 50 años) que el 1 de junio venidero, con motivo de los 488 años de la fundación de Cartagena de Indias, estaré dispuesto a sustentar un Plan de Acción tendiente a preparar el 490 aniversario en 2023, invitando a consolidar la Cátedra Cartagena Libre (pro 500 años), agenda útil para preparar con la población el cierre de este ciclo Caribe que denomino Equinoccio MEDIAval en 2033. Igual me entreno para afrontar cualquier disyuntiva o contingencia, incluyendo la Fratria Grande, o regresar a Extranja naturalmente, pues hago parte de los cinco elementos: aire, tierra, agua, fuego, amor fundante.

Epílogo

Le pregunto a Alcides qué libro relee con la misma pasión de la primera vez y no duda en responderme: “El único libro que contiene todos los que llegan a mis manos: el de la vida que encarnamos. Apasionado a morir por la vida de vivir, bioma habitable, inagotable, danza inconclusa. Un ámbito favorable a la vida como derecho humano, natural, divino”.

Las utopías de Alcides tocan la tierra e interpelan el mundo amenazado en que vivimos. (Vea también: [Video] “Alejandro Obregón, delirio de luz y sombra”, el nuevo libro de Gustavo Tatis)

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