Facetas


Algo huele mal en Cartagena

JOHANA CORRALES

18 de enero de 2015 12:00 AM

Cartagena apesta.

Sí, suena mal, pero huele peor.

Y nada tiene que ver con el estrato: el hedor que ronda a la ciudad no come de clases sociales.

No sé si le ha pasado que va en su vehículo, en el colectivo o en el servicio de transporte que use, y pasa por la Supertienda Olímpica del barrio Pie de la Popa, justo antes de IAFIC, y percibe un olor que parece que alguno se hubiese ventoseado.

Si va en el colectivo_como en mi caso_ es inevitable que se mire con los demás pasajeros, como preguntándose: ¿quién fue?

Si continúa hasta el Centro Histórico y se baja en el sector de la India Catalina y camina hacia la Avenida Rafael Núñez, como buscando el barrio El Cabrero, se encontrará con que el panorama es peor. Hice la prueba: me bajé y fue imposible no decir: 'Foooooooooo', y taparme la nariz.

Un señor, de camisa blanca y pantalón de lino, se me acerca y me dice: “Ay, niña, esto es bravo”. Asiento con la cabeza, y sigo tapándome ya no sólo la nariz, sino la boca, y casi el rostro completo. En todo el frente, observo un primer plano de un tipo orinando en ese cuerpo de agua. Me lo quedo mirando fijamente y ni se inmuta. Se ve cómodo haciendo su necesidad al aire libre.

Sigo caminando y, a medida que me acerco al paradero de buses, el olor aumenta. Es insoportable. Por toda esa senda hay varios puestos de comida informales: ¿quién podría comer con ese hedor?, me pregunto. Pero vaya, muchos lo hacen. Veo cómo una joven se saborea un patacón con un pedazo de queso costeño.

El olor a poza séptica se combina con el que exhalan los deditos de queso, la arepa asada y, sobre todo, el chorizo que tanto me ha ofrecido un coqueto vendedor ambulante.

Sigo mi recorrido y esta vez la ruta escogida es la de la Avenida Venezuela, camino y camino, y siento cualquier cantidad de olores que se mezclan y producen uno indecible.

Al final de esa avenida, debajo del palito de caucho, hiede a orines. Lo más curioso es que hay cerca de 10 lustrabotas relajados, como si nada, cogiendo fresco y esperando a los clientes. Es como si no tuvieran olfato, o quizá, se acostumbraron al olor. Ya no lo sienten, no les molesta, lo soportan, hacen parte de ellos. No sé.

Sigo hacia la Torre del Reloj donde huele a alcantarilla destapada. Ese olor se junta con otro de cigarrillo. A esos olores, súmele el de los famosos patacones de Mañe.

Salto hasta Getsemaní, al llamado Callejón Angosto, por El Pedregal, allí huele, además de orines, a marihuana y a algo más que no logro descifrar. Me voy rápido de ese lugar. No se ve nada seguro, y hay un par de pelados que me están pidiendo el PIN, o algo así.

A las 6:50 de la tarde del jueves consigo tomar un colectivo de los que viajan por toda la Avenida Pedro de Heredia. Como es hora pico, el conductor decide cambiar de ruta y coge la Avenida del Lago, creyendo que así no caerá en el inevitable trancón. No lleva acondicionador de aire, de modo que tiene las ventanas abajo. Cuando vamos por la parte trasera del Mercado de Bazurto, aparece ese olor a pescado, poza, carne, sarna, excremento, y no sé qué más. Los pasajeros van como si nada. Por ratos, que no duran 10 segundos, intento aguantar la respiración. Esa avenida es el clímax de los malos olores de la ciudad.

¿Por qué Cartagena hiede?
El ambientalista Rafael Vergara, cree que son varios los motivos: primero, la incultura en el manejo de los residuos. Las personas sacan la basura a horas que no son y en lugares inadecuados.

La segunda, es consecuencia de la saturación del sistema de alcantarillado: “Si la tubería instalada en el Centro Histórico tiene un diámetro X, y en las épocas de turismo la población que hace uso del sistema se multiplica, obviamente, aumenta la producción de aguas residuales y el sistema de alcantarillado se rebosa”.

Algo parecido, dice Vergara, sucede en Bocagrande, donde si bien se modificó el sistema de alcantarillado para las nuevas construcciones, no se ha puesto un límite.

En el caso concreto del Anillo Vial, todo el crecimiento urbanístico de la zona lo está soportando el alcantarillado de Crespo, porque las aguas residuales tienen que pasar por este barrio. No hay un servicio directo que vaya hacia el emisario submarino, y la estación de bombeo queda en el sector de Villa Estrella.

Agrega que, por fortuna, si en Crespo surge una construcción, el edificio tiene la obligación de hacer el sistema de alcantarillado para conectarse con la red principal. Pero se cuestiona: “¿cuál es el nivel de tolerancia de esa red principal? ¿Cuál es su capacidad de soportar las nuevas edificaciones?”

“Esto para no hablar de los barrios populares que no han terminado de conectarse al alcantarillado y que siguen depositando sus aguas residuales en los caños y canales que son para las aguas pluviales, y no residuales”.

Contrario a Vergara, el líder de Ambiente y Salud del Dadis, Jorge Morelos, no está de acuerdo con la afirmación de que la ciudad huele mal. Comparte que hay olores que pueden ser ofensivos, pero hasta la fecha no se ha comprobado que causen alguna enfermedad.

“Por ejemplo, el cólera no lo produce el agua contaminada, sino el virus. Así mismo pasa con las demás enfermedades. Lo máximo que puede generar un olor ofensivo son nauseas”.

Hace unos años, Cartagena se podía recorrer por los olores. La calle La Sierpe, en Getsemaní, olía a puro menticol y a jabón de glicerina, porque en ese lugar quedaba la empresa de la familia Lemaitre. La calle de la Universidad de Cartagena olía a Kola Román, por allí estaban los laboratorios que fabricaban ese producto, aún están. En el Pie de la Popa, se respiraba un aroma a chicle. Y en el barrio Manga, siempre olía a helados de frutas tropicales, por la Paletería Manga.

Ahora se puede recorrer la ciudad, pero por otro tipo de olores... un tanto menos agradables. La gente se acostumbró a vivir en medio de la hediondez, y es una pena. Cartagena puede ser majestuosa, pero hasta la joya más valiosa pierde su encanto si huele a mierda. 

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