Álvaro Angulo Bossa, cronista de la historia cotidiana

21 de octubre de 2018 10:00 AM

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Las mujeres llevan un ramo de flores que lanzan lentamente al mar del atardecer.

Me pregunto para quién es esa ceremonia discreta y silenciosa, a la hora del crepúsculo en Marbella. Son las hijas del historiador Álvaro Angulo Bossa, fallecido hace tres años, el 30 de agosto de 2015.

Débora y Julia, junto a Myrna Claret, la viuda, idearon en casa, un ritual de agosto, porque la voluntad del historiador y cronista, poco antes de morir, era que le lanzaran sus cenizas en ese mar que lo había hecho tan feliz en la juventud, cuando vivía en El Cabrero. A la iniciativa de las  mujeres se sumaron los hermanos, Álvaro y César, los dos varones de los cuatro hijos de Álvaro Angulo Bossa.

Pero una parte de las cenizas, me cuentan las hijas, “también la fuimos echando en las calles donde vivió y donde tuvo su primera novia, una tal Hortensia”. Entonces yo le miro el rostro a la viuda, y ella con una sabia picardía, me revela que su esposo no tenía secretos.

El Cabrero fue la fuente de ese libro memorable “Añoranzas de El Cabrero”, que empezó siendo una suma de columnas periodísticas que el cronista e historiador reunió y decantó.

A la casa de los abuelos llegaba Gabina Miranda a las cinco de la tarde, cuando Angulo Bossa era un niño. Gabina era descendiente de africanos esclavizados y su oficio era la de componedora de manos y pies descompuestos, oficio extinguido en la ciudad. El niño la evocó años más tarde con polleras con borlas negras y un traje negrito con mangas largas. Nunca usó zapatos. Y su rostro expresivo y con un fulgor negrísimo, se iluminaba cuando llegaba noviembre. Era la primera en salir descalza a bailar la cumbia de Marbella y empinarse un trago de ron ñeque. Angulo la evocaba como un punto negro en el paisaje de arenas blancas. Y con una vela encendida en las noches de cumbiamba.

Fue en ese barrio donde Angulo Bossa vio al maraquero y cantante, Cosme Leal y al timbalero, el Negrito Biroli, que tocaban en la Orquesta del Caribe, que dirigía Lucho Bermúdez. Es muy probable que Gabina fuera inspiradora de aquellas composiciones sobre Marbella, porque las fiestas del 11 de noviembre se hacían allí bajo la luz de la luna.

Desde aquellos días surgió en él su pasión por la música, y comenzó interpretar la tumba, las maracas y el bongó, hasta el final de su vida. Era él quien tocaba las congas en el grupo Oro Caribe. Nacido en Turbaco en 1935, vivió su infancia en El Cabrero, memoria que continuó escribiendo en el libro Crónicas costumbristas. Pero su secreta pasión, además de la docencia universitaria y el ejercicio del derecho, era reconstruir la historia íntima de Cartagena, desde su cotidianidad. Para ello tuvo un amigo cómplice, el historiador y abogado Rafael Ballestas Morales, con quien armaron el rompecabezas de la Cartagena del siglo XIX y siglo XX. Era una criatura con gran sentido del humor, versátil, polifacético y un caballero integral.

Episodio en Marbella
Desde que estudiaba en el Colegio La Esperanza, Angulo Bossa tocaba la timba y la armónica. Una noche de sábado, cerca del hotel Miramar, se encontró con el Maestro Adolfo Pareja Jiménez, que cursaba el año rural en Maríalabaja y tocaba su viejo acordeón piano, y le propuso emprender un peregrinaje musical. Álvaro ‘Curro’ Angulo con su bongó, se fue a Torices con su conjunto. Allí estaban: Guido Benedetti, Armandito Noriega, Benjamín Martínez, Fernando ‘Lilo’ Guerrero y Carlos Faciolince Bossa. En el bar Calibar, los detuvo un agente borracho que les exigió que se fueran con él a Canapote a tocarle a su novia. El agente del desorden sacó su arma para intimidar a los músicos.

Visita a la casa
Ahora estoy en la casa de la familia de Angulo Bossa y lo primero que veo en la sala es la foto enorme del bisabuelo Simón Bossa Pereira.

En otro libro, que el mismo Angulo Bossa hizo para sus familiares, conserva una foto de sus doce años, en 1947, junto a su perro, en la que se ven las columnas de las viejas casas en El Cabrero. La foto nos devuelve al patio cerca al mar, un patio lleno de cangrejos y lirios blancos que el viento, con su vaivén, atrapaba su aroma sutil. En la calle de aquellos días, se jugaba la bolita de caucho, los niños mal jugaban a la honda, pero jamás se les dio por matar pitirres, que eran los pájaros que abundaban en Marbella.

Desde allí se veía la Clínica Vargas, en Torices; el Circo Teatro, en San Diego; el edificio Ganem; y el Castillo de San Felipe, que estaba casi en ruinas.

En otra foto de 1936, Álvaro Angulo Bossa, de un año, está en un coche en la terraza de su casa en la Calle del Coco, en Turbaco. De aquella lejana infancia resonaban en su corazón, canciones como Los ojos tapatíos, que le cantaba en una mecedora, su padre, César, tal vez, una canción que le tarareaba a su esposa Julia, que tenía los ojos negrísimos. Su madre, Julia Bossa Navarro, nacida en Cartagena en 1898, y fallecida de un infarto en 1966, nació en la Calle de la Moneda. Le gustaba tocar el piano. Era una mujer dulce, menuda, cariñosa, con espíritu Caribe.

César Angulo Benedetti, el padre, nació en Barranquilla en 1890, y era químico industrial. Fue administrador de la fábrica de licores del departamento que funcionaba en Turbaco. Murió en un accidente, a sus 50 años, el 19 de febrero de 1940, practicando tiro al blanco en el patio de la fábrica de licores, en un terreno escarpado y rocoso. Resbaló y al caer oprimió el gatilllo y la bala le destrozó la arteria femoral. Angulo Bossa tenía 4 años.

La alcoba de Myrna Claret es un altar para el ser con que ella celebró medio siglo de matrimonio, en 2013. Hay recortes de prensa enmarcados del día del matrimonio de sus padres y fotos de su matrimonio en 1963.
Todos los recuerdos están matizados de música. La música que Álvaro Angulo Bossa escuchó siendo un niño. Su ídolo fue el Negrito Biroli, el timbalero de Lucho Bermúdez. “Allí aprendí que sin ritmo nuestra música no existiría, pues el ritmo es parte de nuestra vida: el ritmo del corazón, del pulso, del caminar de las mujeres bellas de Marbella, el ritmo de las olas del mar y el de los pájaros al cantar”.

Epílogo
Me sorprende ver entre las fotos guardadas por su hijo César, a Álvaro Angulo junto al músico cubano Miguelito Valdés, tocando congas en Cartagena. ¡Qué personalidad! Músico aficionado, historiador, profesor de Derecho durante 36 años en la Universidad de Cartagena y en la Universidad Libre de Cartagena, miembro de la Academia de Historia de Cartagena, Profesor Emérito de Derecho Constitucional, Bachiller del Colegio La Esperanza y egresado de la Facultad de Derecho de la Universidad de Cartagena. Autor de Aspectos sociales y políticos de Cartagena (2003), Crónicas y añoranzas de Cartagena (2003), ensayos sobre Derecho Constitucional, Novelistas y Cronistas de Cartagena (2006), entre otros.

Las mujeres lloran ahora en la sala, en un contrapunto de felicidad y nostalgia por el ser que partió hace tres años.

En el mar flotan las flores lanzadas por sus hijos.

Algo de música y del ímpetu de su corazón se sacude con los vientos de agosto.

Los hijos dicen que su padre era un ser festivo y jocoso, enamorado de la vida.

Myrna Claret oye el bolero “Y tú”, cantado por él, y lo goza con lágrimas.

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