Álvaro Diego Gómez: el espíritu del tiempo

28 de abril de 2019 12:00 AM

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Álvaro Diego Gómez Campuzano entró al Convento de Santo Domingo, erigido pocos años después de fundada Cartagena de Indias, y sintió que navegaba como pez en el tiempo bajo esa luz dorada del atardecer.

Tuvo el pálpito de que aquella atmósfera intemporal sería la materia prima de una obra que evocara al más antiguo de los conventos de la ciudad. Empezó esta serie hace más de diez años, buscando el ámbito más propicio y sagrado del silencio: ‘Memoria in situ’, que ahora se exhibe en la sala de exposiciones del Centro de Formación de la Cooperación Española.

Las pinturas e instalaciones de Álvaro Diego Gómez Campuzano son el fruto de una investigación sobre materiales insospechados e inexplorados. Sus pinturas son cultivos ferrosos sobre texturas sintéticas.

Su obra magistral, ‘Claustro de Santo Domingo’ (2019), de 243 por 122 centímetros, está creada sobre materiales sintéticos, con lacas que detienen los procesos de deterioro de la obra, permiten la permanencia y durabilidad, aíslan el aire y procuran fijar los pigmentos. Parece lienzo, pero no lo es. La pintura recrea la estructura del Claustro, con su espacialidad, su atmósfera y su luz, entre terracotas, naranjas y dorados; y el esplendor de la luz que se derrama desde sus ventanales y la pátina de los muros que semejan espíritus errantes entre la piedra; multitudes de criaturas que susurran a través de más de cuatro siglos. De todos modos, la síntesis misteriosa de la vida está recreada en esa obra y en un ámbito que fue convento, cuartel y cementerio.

Las primeras huellas

“Empecé pintando sobre piedras, con clorofila, seguí con telas de algodón, plásticos, veía que los vinilos repelían el material, no se adherían, experimenté con otros materiales de construcción, impermeabilizantes industriales, algunas resinas se craquelaban, era como estar en un proceso alquímico. En los materiales acuosos vi el crecimiento de la oxidación, y los matices de la biotecnología.

“Desde que participé en el noveno Salón Atenas de Arte Moderno, en los años 80, mi obra era una propuesta de tejidos, buscando espacios múltiples abiertos. En ‘Reflejos’, logré una de las primeras instalaciones en Colombia, en 1983, sobre espacios arquitectónicos y en módulos giratorios, evocando culturas mesoamericanas, en la simbiosis entre pasado y presente. Siempre me interesó la herencia preincaica, la cultura de los incas, mayas, muiscas, el estudio de los quipus, la escritura contable preincaica. Esos nudos relataban historias, y el color es una representación por descifrar. Entre los mayas me interesó el sistema binario de los puntos y las líneas, el cero y el infinito, esa sabiduría de cuatro mil años atrás se entrelaza con nuestro presente con las tarjetas perforadas y los microchip. También me interesé por los muiscas y sus sistemas contables. Llegaron a contar hasta el número 20, con los diez dedos de sus manos y las diez de sus pies. Pero no solo esos sistemas, también lo gestual y corporal, lo que trasciende más allá del documento. Estudio también la cultura egipcia. Mi obra está obsesionada con el tiempo. Tiene estructuras orgánicas. El óxido es la sangre del metal. Esos mismos materiales van creando texturas y lenguajes en la obra. Las tonalidades del óxido, el contrapunto entre negro y amarillo. La naturaleza es protagónica. Su acción en el proceso de creación es clave.

Navíos y altares

En esta obra sobre Santo Domingo está implícito también el paisaje: los tres niveles de la fachada, los barrotes de las ventanas, los matices de luz al atardecer, el color dorado del claustro. Uno siente la presencia de los espíritus en un lugar monumental como este claustro, que ha tenido varios usos: de convento a cuartel y de cuartel a cementerio, mantiene su espacio sagrado en el tiempo”.

Junto a esta obra, está la serie de ‘Navíos’, forjada en acero inoxidable en formatos de 162 x 120x 56 centímetros. Los materiales sintéticos, metálicos e industriales, convertidos en obras de arte perdurable, han sido elaborados a lo largo de más de diez años. El artista teje, emulando la filigrana de los orfebres prehispánicos, y construye con las cotas de malla con la que se hacían las armaduras medievales, obras de gran belleza artística. La sabiduría de los celtas del medioevo se entrelaza con la sabiduría mesoamericana, y resuena en las manos del artista colombiano. Las obras tienen un encanto aéreo, de profunda y encantada levedad. Algunas obras pendulan y giran en su transparencia.

La exposición contempla pectorales, campanarios y una mesa ceremonial ‘La mesa está servida’, en cota de acero inoxidable, con una figura en el centro que simula ser una mujer o metáfora de la fecundidad y de pachamama. Lo sublime e inalcanzable está cifrado en el ‘Templo’, cuya arquitectura evoca a la Ciudad Perdida. Todo está resuelto en tejidos de acero como el trazado de una arquitectura milenaria de culturas ancestrales de Occidente y Oriente. El arte de Gómez interpela el tiempo, pero sus obras atrapan el espíritu de lo intemporal.

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