Andrés Ospino, la vida te abraza

20 de julio de 2013 12:01 AM

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Quien diga que para estudiar y ganarse la vida arreglando celulares necesita tener dos brazos, no conoce la historia de Andrés Ospino.
Hace 14 años, Andrés trabajaba en un negocio de comida rápida en Bocagrande. Una noche, luego de una extenuante jornada laboral, se dirigió a su casa, en el sector Villa Corelca, del barrio Nelson Mandela; y, motivado por un impulso, tomó una decisión que todavía le está costando.
Había una gotera en su casa (aún hoy las hay) que lo tenía hastiado. De modo que, tarde en la noche, se subió en el techo de su vivienda para cambiar varias laminas.
“Quería desclavar un palo, y no pude hacerlo con el martillo y opté por una barra, de esas para excavar, para hacerle mayor presión. Cuando levanté la barra, como las redes pasan tan bajitas, toqué una de 13.800 volteos”, cuenta.
Cayó del techo y la misma barra metálica con la que pretendía hacer más presión lo impactó fuertemente en la cabeza. Así duró inconsciente por mucho tiempo.   
El voltaje fue tan alto que, según cuenta, le quemó los tejidos y parte del hueso. Recuerda ese 4 de marzo como si fuera ayer. Sin embargo, lo peor estaba por suceder.
Con el transcurrir de los días, los médicos le explicaron que sus brazos habían perdido la movilidad y que ya comenzaban a coger un olor desagradable, por ello tenían que amputarle ambos miembros.
“El 20 de marzo, el mismo día que cumplo años, me amputaron los brazos. Qué regalo”, expresa con una sonrisa que no logro entender.
Luego de que salió del hospital, el personal médico quedó tan preocupado con su caso que mandaron a su casa una psiquiatra y luego una psicóloga para que lo orientara.
“Yo era consciente que había perdido los brazos y que, hablando con ellas, no iba a recuperarlos. Ellas no fueron más. Hay que admitir que uno es discapacitado y que si me pongo a llorar sobre la leche derramada, ¿para qué me sirve, cierto? Hay que seguir adelante”.
Y así fue, Andrés no se ha varado nunca. Siempre está haciendo algo: ha vendido queso, cerdo, minutos y hasta ropa que ha comprado en Barranquilla.
Han pasado 14 años después de lo sucedido y actúa como si nada. Es un tipo muy simpático y  con una energía super chévere.
Luego de que la Universidad Nacional Abierta y a Distancia(UNAD), mandara un comunicado de prensa sobre la vida de Andrés y lo bien que le ha ido estudiando con ellos en el ciclo tres, me interesé en buscarlo.
Por fortuna, había un número de contacto. Andrés contestó casi al instante y con tanta energía que por un momento pensé que me había equivocado de persona.
Le dije que me interesaba su historia y que me gustaría entrevistarlo. Me contestó enseguida que sí. Así que en cuanto colgué, me dirigí a su vivienda.
Andrés me advirtió que había llovido por allá. Nunca entendí porqué le daba tanta importancia a eso, hasta que llegué al lugar.
Era casi imposible la entrada. No vi una sola calle pavimentada. Todo era barro y más barro y callejones estrechos en los que no parecía haber salida.
Nos recibió con una sonrisa amplia y de forma muy calurosa. Caminamos hasta su casa y observé varias goteras (debe ser duro para él seguir viéndolas desde lo que pasó).
Su casa hace las veces de taller. Lo primero que encuentras es una mesa llena de celulares por arreglar, una lampara, piezas sueltas y herramientas de trabajo.
Y es que Andrés incursionó en el mundo de la telefonía móvil poco tiempo después de salir del hospital. Una amiga le dijo que tenía celulares con minutos a la venta y quería una persona de confianza que le manejara el negocio.
Fue así como se puso en una esquina a vender minutos. En una ocasión se le dañó un celular de baja gama (conocido como 1.100), lo abrió y lo arregló. Ahí empezó la magia.
Le quedó gustando la idea y, con apoyo de un amigo que arreglaba celulares, fue aprendiendo lo suficiente como para independizarse.   
“A veces no puedo arreglarlos, porque las piezas hay que quitarlas y eso se quita es con un blower, con calor; y entonces con frecuencia me pasa que puedo saber cuál es el daño, qué es lo que hay que hacer, pero entonces tengo que buscar el apoyo de alguien”, expresa.
Más sobre Andrés Ospino
Andrés nació en Bosconia (Cesar). Tiene 12 hermanos que no viven en Cartagena. Ha tenido varias parejas, pero en este momento se encuentra,  “solterito y a la orden”, dice.
Lo que más le da temor en la vida es llegar a la vejez solo y sin una estabilidad económica, que le permita valerse por sí mismo siendo una persona en condición de discapacidad.
Le gustaría estudiar Psicología, pero trata de no pensar en el futuro y vive el día a día agarrado de la mano de Dios y creyendo que, incluso, la discapacidad debe tener un propósito en su vida.
No se queja de nada superficial y comprendió que la vida va más allá de tener una discapacidad.
“Hay que seguir adelante, mujer, porque igual, pues, tener una discapacidad es un problema; sufrir por la discapacidad, es otro problema, ahí van dos; y para qué tener dos, si se puede tener un solo problema, que es nada más el problema de la discapacidad”, concluye con una sonrisa incomprensible.

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