Anécdotas de viajeros agobiados

22 de septiembre de 2019 12:00 AM

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Una misión en
Ciudad de Panamá
“Mi primer viaje internacional fue a Panamá como misionera, a través de mi iglesia y en general fueron anécdotas muy bonitas, pero recuerdo una en especial: A Ciudad de Panamá llegamos cuatro misioneros con un presupuesto previamente establecido, que nos alcanzaba para comer, para nuestros pasajes y para hospedarnos en un hotel económico mientras durara la misión. El primer día no pudimos encontrar ningún hotel económico que estuviera desocupado, caminamos por horas pero no hallamos ninguno, así que al caer la noche tuvimos que hospedarnos en un hotel más caro de lo que pensábamos. Íbamos en taxi a todos lados porque tampoco sabíamos tomar cómo tomar el bus para transportarnos, así que teníamos la preocupación del dinero siempre latente. En uno de esos viajes en taxi, un conductor muy amable nos empezó a meter conversación, así que le contamos lo que nos estaba pasando. Sin pensarlo dos veces, ese conductor se ofreció a darnos hospedaje gratis en su casa, y nos enseñó a tomar las rutas de algunos buses. Nos contó que su madre durante toda su vida había pertenecido a una iglesia cristiana pero que él ya no asistía. Estábamos demasiado agradecidos, pudimos culminar nuestra misión con la ayuda que Dios nos envió a través de ese amable taxista panameño”.
Mildred (32 años): “Mi primer viaje internacional fue a Panamá como misionera, a través de mi iglesia y en general fueron anécdotas muy bonitas, pero recuerdo una en especial: A Ciudad de Panamá llegamos cuatro misioneros, con un presupuesto previamente establecido, que nos alcanzaba para comer, para nuestros pasajes y para hospedarnos en un hotel económico mientras durara la misión. El primer día no pudimos encontrar ningún hotel económico que estuviera desocupado, caminamos por horas pero no hallamos ninguno así que al caer la noche tuvimos que hospedarnos en un hotel más caro de lo que pensábamos. Íbamos en taxi a todos lados porque tampoco sabíamos tomar cómo tomar el bus para transportarnos así que teníamos la preocupación del dinero siempre latente. En uno de esos viajes en taxi, un conductor muy amable nos empezó a meter conversación, así que le contamos lo que nos estaba pasando. Sin pensarlo dos veces ese conductor se ofreció a darnos hospedaje gratis en su casa, y nos enseñó a tomar las rutas de algunos buses. Nos contó que su madre durante toda su vida había pertenecido a una iglesia cristiana pero que él ya no asistía. Estábamos demasiado agradecidos, pudimos culminar nuestra misión con la ayuda que Dios nos envió a través de ese amable taxista panameño”.
En el silencio de
la playa en Miami
“Antes de llegar por primera vez a una de las playas de Miami, ya yo me imaginaba la música así, chévere, con Dj’s, me pintaba el ambiente más cool del mundo. Cuando pisé la arena, apareció ante mis ojos el lugar más silencioso de la Tierra. Resulta que restringen el volumen y multan a los que hagan ruido. La gente andaba leyendo (yo creí que eso era mentira lo de leer en la playa) y además tenían audífonos, o sea: ¡audífonos en la playa!”.
Cindy (25 años): “Antes de llegar por primera vez a una de las playas de Miami, ya yo me imaginaba la música así chévere con Dj’s, me pintaba el ambiente más cool del mundo. Cuando piso la arena aparece ante mis ojos el lugar más silencioso de la Tierra. Resulta que restringen el volumen y multan a los que hagan ruido. La gente andaba leyendo, (yo creí que eso era mentira lo de leer en la playa) y además tenían audífonos, osea ¡audífonos en la playa!”.
“No era lo que el esposo pensaba”

“En San José de Costa Rica no había, en la época en la que fui, ni nomenclaturas, ni celulares. Asistí a un evento internacional y me hospedé en la casa de unos amigos cubanos. Al salir del evento, una muchacha, fanática, me invitó a su casa, donde me presentaría a su esposo. En su carro, ella misma me regresaría al lugar donde me había recogido. De parada en parada, antes de llegar al destino final, la mujer se emborrachó, sin embargo, llegamos sin contratiempos a su hogar. Pero se hacía más y más tarde y el esposo nada que llegaba, al punto que pensé que su marido no existía, así que le dije que debía irme porque seguramente mis amigos estarían preocupados. Ella insistía en que el hombre estaba a punto de llegar, que era taxista. Esperé tanto, que el sueño me venció, hasta que apareció el marido: bajito, con chaqueta. Al verme me le presenté pero él se dio cuenta de que la mujer estaba borracha, y que había vomitado. Entonces empezó a insultarla y a tratarla muy mal. Yo de inmediato imaginé los titulares ‘Periodista colombiano, asesinado en Costa Rica’. Salí corriendo de esa casa y el sujeto poco después me encontró. ¡Me salió a buscar! Yo, con la voz entrecortada, le decía que no era lo que él se estaba imaginando. Hizo que subiera a su carro, porque me llevaría, pero me bajé después, por desconfianza. Caminé largo rato antes de encontrar a unos policías y con la suerte de que uno de ellos reconoció a mis académicos amigos cubanos, porque yo no tenía idea de dónde vivían, ni a dónde llamarlos”.

Gustavo (52 años): “En San José de Costa Rica no había, en la época en la que fui, ni nomenclaturas, ni celulares. Asistí a un evento internacional, y me hospedé en la casa de unos amigos cubanos. Al salir del evento, una muchacha, fanática, me invitó a su casa, donde me presentaría a su esposo. En su carro, ella misma me regresaría al lugar donde me había recogido. De parada en parada, antes de llegar al destino final, la mujer se emborrachó, sin embargo llegamos sin contratiempos a su hogar. Pero se hacía más y más tarde y el esposo nada que llegaba, al punto que pensé que su marido no existía, así que le dije que debía irme porque seguramente mis amigos estarían preocupados. Ella insistía en que el hombre estaba a punto de llegar, que era taxista. Esperé tanto, que el sueño me venció, hasta que apareció el marido: bajito, con chaqueta. Al verme me le presenté pero él se dio cuenta de que la mujer estaba borracha, y que había vomitado. Entonces empezó a insultarla y a tratarla muy mal. Yo de inmediato imaginé los titulares “periodista colombiano, asesinado en Costa Rica”. Salí corriendo de esa casa y el sujeto poco después me encontró ¡Me salió a buscar! Yo con la voz entrecortada le decía que no era lo que él se estaba imaginando. Hizo que subiera a su carro, porque me llevaría, pero me bajé después, por desconfianza. Caminé largo rato antes de encontrar a unos policías, y con la suerte de que uno de ellos reconoció a mis académicos amigos cubanos, porque yo no tenía idea de dónde vivían, ni a dónde llamarlos”.

Entre el amor y
el odio en Cuba

“En Cuba enamoran a Raimundo y to’el mundo”, dice Laura. “Y más si son extranjeros. A kilómetros saben que uno es de allá. Una vez un chico atravesó toda la calle solo para decirme que yo era muy bonita, a lo que yo respondí que estaba casada (aunque no es verdad). Me dijo que no importaba, que él quería era conmigo, no con mi esposo.

“Allá mismo también, una vez cogí una de esas guaguas, que son los buses urbanos de La Habana, y una señora que creía que yo era como norteamericana – yo no dije durante el viaje una sola palabra- se pasó todo el viaje insultándome. La cosa era que esas guaguas son más horribles que un bus de Socorro/Bosque/Manga en hora pico. Olía a sudor, a ropa húmeda, menos a algo bueno. Todos íbamos demasiado pero demasiado apretados. Y yo iba de pie frente a esta señora que iba sentada y decía que “los que viven en Estados Unidos se creen mucho” y no sé qué más barbaridades, solo porque yo estaba según ella invadiendo su espacio. ¡Fue tan grosera que antes de bajarse, llamó a una muchacha que estaba al lado mío para que ella se sentara y no yo!”.

“La cuestión es
de hambre, señor”

“En México todo lo comen con picante, y yo no estaba acostumbrada a eso, así que pedía todo lo que más o menos conociera de acá. Para almorzar, llegué con mi hermana a un mesón tipo bufet donde uno podía escoger y le dije al que atendía: “Señor, a mí deme arroz, frijoles de esos, carne... Ah, ¿y será que me puede conseguir un platanito? Muy amable, el mesero me dijo que sí y al rato regresó con un plátano verde crudo”.

“Otro día, llegamos a un restaurante donde servían dizque ‘en tiempos’. O sea, primero, los meseros le llevaban a uno el arroz ahí, solo. Después, cuando uno se comía eso, llevaban la tortilla y después los frijoles o lo que fuera. Yo la verdad es que tenía mucha hambre así que llamé al mesero y le dije: “Señor, me hace el favor y a mí me echa todos los tiempos juntos”. El mesero me dijo: “Ah, señorita, usted lo que tiene es mucha hambre”, y se fue a buscar mi comida.

Suzzette (27 años): “Cuando llegué a Cancún no tenía idea de lo picante que podía ser la comida y yo huía de los chiles y esas cosas. Una vez pedimos una hamburguesa y antes de traerla nos pusieron una entrada. “Mira, amor, nos trajeron verduritas picadas”, le dije a mi novio. Metí un cucharazo y empecé a masticar con ganas, pero al segundo sentía que se me incendiaba la boca. Ningún refresco me quitó la sensación. ¡Y me duró todo el día!”

“Casi salimos en
‘Alerta Aeropuerto Perú’”

La primera vez que viajé al exterior fui a Perú y al llegar al Jorge Chávez solo pensaba en los capítulos de ‘Alerta Aeropuerto Perú’, mi novio y yo íbamos muertos de la risa pensando en si por alguna razón apareceríamos en el programa de NatGeo.

De regreso a Colombia, a los de seguridad les pareció extraño que cargáramos con una cajeta -yo realmente no sé por qué me creí María la del Barrio-. En Perú estuvimos en Lima y en Ica, que es a varias horas de la capital, y parece que a mi novio del susto se le olvidó eso cuando la guardia nos preguntó: “¿Y ustedes salieron de Lima?”. Él contestó que no y yo le pregunté en voz alta que ¿cómo que no?, si habíamos ido a Ica. Ella nos miró de manera extraña y nos dejó pasar el control de la cinta del equipaje, pero allí nos esperaba otro guardia con unos guantes azules, de esos señores que yo veía en el programa de televisión. En la caja teníamos líquidos de más de 100 mililitros que no podíamos llevar, pero además nos tocó desempacar hasta los pantys de las otras maletas. Mientras eso pasaba mi novio me decía: ¡Todo por ir pensando en tu ‘Alerta Aeropuerto’!

Ivis (29 años): La primera vez que viajé al exterior fui a Perú, y al llegar al Jorge Chávez solo pensaba en los capítulos de Alerta Aeropuerto Perú. Mi novio y yo íbamos muertos de la risa pensando en si por alguna razón apareceríamos en el programa de NatGeo.

De regreso a Colombia, a los de seguridad les pareció extraño que cargáramos con una cajeta -yo realmente no sé por qué me creí María la del Barrio-. En Perú estuvimos en Lima y en Ica, que es a varias horas de la capital, y parece que a mi novio, del susto se le olvidó eso cuando la guardia nos preguntó: “¿Y ustedes salieron de Lima?”. Él contestó que no y yo le pregunté en voz alta que ¿cómo que no? si habíamos ido a Ica. Ella nos miró de manera extraña y nos dejó pasar el control de la cinta del equipaje, pero allí nos esperaba otro guardia con unos guantes azules, de esos señores que yo veía en el programa de televisión. En la caja teníamos líquidos de más de 100 mililitros que no podíamos llevar, pero además nos tocó desempacar hasta los pantys de las otras maletas. Mientras eso pasaba mi novio me decía: ¡Todo por ir pensando en tu Alerta Aeropuerto!

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