Angelina Cassiani y los pasos de una palenquera que vende frutas en Cartagena

31 de marzo de 2019 12:00 AM

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Angelina Cassiani Cañate ha caminado toda su vida. No precisamente huyendo de la esclavitud que se vivió desde el siglo XVI hasta el XIX, cuando fue abolida en Colombia, y de la que fueron víctimas sus antepasados, sino buscando su sustento. A sus escasos 12 años, ella salió de San Basilio de Palenque, ‘el primer pueblo libre de América’, a ganarse la vida vendiendo frutas en Cartagena.

Pero antes ya lo había hecho, cuando hacía bollos con los “rabos” de yuca que nadie quería en su pueblo y los iba a vender con una amiga a Malagana y Sincerín, teniendo apenas 11 años. O cuando acompañaba a una tía suya que vendía ñame en Turbaco. “Salíamos desde las tres de la madrugada. Ella me hacía un rollito con tela en la cabeza y arriba de eso me ponía un melón... Mi mamá decía que quien no quería estudiar debía trabajar”, comenta.

Ahora, sentada en una banca en el Parque de Bolívar, el mismo sitio donde hace unos días vivió momentos de angustia en un operativo de desalojo de espacio público, Angelina narra su historia. Muchos la conocen porque llegó al Centro Histórico hace más de 20 años con su ponchera cargada de cocadas y más tarde de frutas para vender, algunos la identifican porque es la palenquera que posa al lado de las últimas reinas del Concurso Nacional de Belleza, y otros porque es hija de uno de los grandes exponentes del son palenquero: Rafael Cassiani, creador del reconocido Sexteto Tabalá.

“Desde pequeñita, mi mamá nos llevaba, a mis hermanos y a mí, a Barranquilla todas las vacaciones, porque ella se iba a trabajar. En ese tiempo en Palenque no había luz y después de conocer eso me quería quedar en Barranquilla por ese motivo”, cuenta Angelina.

Entonces, con 12 años, arrancó para Cartagena, se hospedó en casa de un familiar y todos los días se iba para el Mercado de Getsemaní a comprar ‘platanitos’ y aguacates para vender por El Bosque, El Socorro y Blas de Lezo, a pie, con un grupo de compañeras de 14 o 15 años, y poco después, cuando se creó el Mercado de Bazurto, empezó a recorrer las calles del barrio Manga, donde, asegura, trabajó por unos 20 años. “Yo dejé de vender y me fui a cocinar donde un hermano que puso un restaurante en Los Ejecutivos, pero lo que ganaba no me alcanzaba para la comida de mis hijos y una comadre me dijo que me viviera para el Centro. Me prestó el capital y compré los cocos para hacer cocadas. Ella vendía por la India Catalina y me dijo que me pusiera a caminar por todo el Centro. Yo lo hice así, pero un día un paisano me dijo: ‘¡Ey!, Angelina, deja de estar vendiendo cocada que eso está dando azúcar (diabetes), vende frutas’. Siempre me decía lo mismo y un día de esos me levanté temprano, agarré mi ponchera vacía, salí para el mercado, compré mis frutas y empecé a vender bastante. Tenía clientes en la Gobernación, en las notarías, en el seguro, por la iglesia de San Pedro...”.

Eso recuerda Angelina a sus 54 años, cansada de tanto caminar, diabética, y con el temor de volver a ser desalojada de ese lugar, por ocupar el espacio público. Y revive lo ocurrido en el operativo de ese viernes 22 de marzo.

“Eran las 6:30 a. m. Ese día llegué tarde porque la que iba a trabajar era mi hija, yo tenía un evento en un hotel de Manzanillo y había comprado frutas para 200 personas. Me las quitaron, también una mesa, un banquillo y dos poncheras. Yo les pedía (a los policías) que por lo menos me devolvieran las frutas porque tenía que cumplir un compromiso. Lloré bastante... y tenía un nudo en la garganta que ni me bajaba ni me subía, sentía que me iba a dar algo, estaba muy angustiada. Me cansé de rogarles, pero no me devolvieron nada sino hasta que mi cuñada llegó y habló con ellos y me entregaron las frutas. Se quedaron con las otras cosas”, afirma la mujer, aunque la Gerencia de Espacio Público manifestó a este medio que solo le decomisaron una mesa.

Fue un hecho que generó malestar entre la ciudadanía, teniendo en cuenta que estas mujeres son patrimonio vivo y cultural de Cartagena, desde que la Unesco declaró a esta ciudad como Patrimonio Histórico y Cultural de la Humanidad, en 1984; y que, además, llevó a una manifestación en solidaridad con Angelina Cassiani, y en rechazo al Código Nacional de Policía y al actuar de la Gerencia de Espacio Público del Distrito.

Un ícono ¿perseguido?

Las autoridades alegan que las palenqueras gozan de ‘confianza legítima’ para ejercer actividades comerciales, y que pueden recorrer el Centro Histórico con su palangana, mas no deben instalar mesas en espacio público, pero ignoran las condiciones físicas de muchas de ellas. “Se les viene haciendo un censo para saber cuántos años tienen de estar ejerciendo el oficio en el Centro Histórico, pero también es importante saber en qué condiciones lo vienen haciendo”, aclara la historiadora Estela Simancas, docente de la Universidad de Cartagena, sobre las edades y las facultades de movilidad de las palenqueras mayores, que deben llevar un peso considerable sobre sus cabezas.

Simancas se cuestiona: “¿Cómo podemos garantizar la calidad de vida de esas mujeres en ese espacio, cuando, de hecho, en los espacios por concesión de las plazas, para los hoteles, restaurantes y cafés, hay mesas y sillas? Si bien ellas no pueden pagar el espacio por concesión, a ellas se les otorgó un permiso. Habría que considerar para estas señoras mayores de edad unas condiciones dignas para ejercer su trabajo”.

“Por mucho tiempo, la imagen de la mujer palenquera se ha explotado como un ícono de la ciudad. Vemos en aeropuertos de otros países la imagen de las palenqueras, también en los comerciales, pero dentro de Cartagena se les persigue, se les discrimina, se les quiere aislar. Las usan para vender la ciudad de manera turística, para repartir frutas, como objetos y no humanizan este ícono, y queremos hacer entender que ellas no son un disfraz o decoración de fiestas. Una palenquera es una mujer, es mamá, es tía, es abuela, tiene familia, sueños, deseos”, agrega, por su parte, Kairen Gutiérrez Tejedor, activista y líder afrodescendiente, que se convirtió en profesional gracias al trabajo de su madre palenquera, haciendo masajes y trenzas en las playas de Bocagrande.

Lo poco que tiene Angelina Cassiani es gracias a su ponchera. Ese ha sido el único medio para ganar dinero y ayudar a sus hijos y a su esposo, que se gana la vida como operario en una empresa de aseo en la ciudad. Es el oficio que ella ha ejercido siempre y quiere seguir haciendo, aunque ya no tenga el mismo vigor para caminar como hace más de 40 años.

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