Aquí está ‘el Hijo de doña Hilda’

Aquí está ‘el Hijo de doña Hilda’
José Manuel Pinzón tiene 57 años, la mayoría de ellos los ha dedicado a ser locutor.//Foto: Zenia Valdelamar - El Universal.

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El hijo de doña Hilda tiene varias historias que contar. Pasó de vender los bollos que hacía su mamá a ser locutor. Luego de retirarse por tres veces de Rcn Radio, a tener un espacio en Caracol Radio internacional en Miami, Estados Unidos. Posteriormente, su nombre se lanzó a la fama local como director de Olímpica Stereo, con el seudónimo que todavía lo identifica.

Hoy, José Manuel Pinzón Monterrosa, de 57 años de edad, no continúa en ninguno de esos medios, aún así se mantiene en pie haciendo lo que más le gusta: dirigir su propia emisora radial. Pese a sus quebrantos de salud por la enfermedad de Parkinson (muy bien tratada), se le ve más enérgico que nunca, con la valentía de decirle a su público “estoy bien”.

Aquel bachiller, egresado del colegio Inem, se volvió un personaje insignia por su emblemática voz, emitiendo todas las mañanas las noticias mientras estuvo en diferentes emisoras. Llegar ahí no fue fácil. Su primer trabajo de joven fue vender bollos en las calles con su mamá, Hilda Monterrosa, y recuerda que bajo un aguacero que duró tres días seguidos obtuvo la peor derrota de su vida.

A su mamá, procedente de Sincelejo, la describe físicamente hermosa, de piel clara y ojos verdes. A su papá, un santandereano afrodescendiente y exjefe de Sagot, hoy Ecopetrol, en Coveñas (Sucre), decidió dejarlo en el pasado.

“La familia de mi mamá nunca le perdonó haberse metido con un negro. En ese entonces a mi papá lo trasladaron a Cartagena y ella se vino con él. Aquí nací yo. Cuando ella decidió separarse de mi papá, por mujeriego, trabajó como empleada doméstica en casa de la familia Pedroza Arrieta, quienes me adoptaron y me pusieron a estudiar con todas las comodidades. Era un hijo más”, relató José Manuel.

Pero la vida le fue poniendo trampas a medida que pasaba el tiempo, tal vez esos obstáculos lo estaban preparando para un futuro prometedor. A su mamá, doña Hilda, la despidieron de aquel trabajo por, supuestamente, malos entendidos entre allegados de esa familia. Pasaron de dormir en una cama acolchada a una sencilla que ambos compartían en una pieza bastante pequeña, ubicada en los estratos más bajos del barrio El Bosque. Ahí, doña Hilda se ganaba la vida vendiendo fritos.

Pasó de todo. La familia se creció: eran doña Hilda, José Manuel y su hermana, quien años más tarde tuvo un hijo en medio de aquella pobreza. Pero una “pelotera” en la que mandó a su hermana al hospital, dice él, por defender a su mamá, lo hizo echar de la casita. Esa noche, entre muchos otras, José durmió entre los arbustos y hasta lo hicieron pasar por ladrón. Tenía apenas 19 años.

“Una mañana me iban a linchar. La gente gritaba: “¡Ladrón, ataquen al ladrón!”, por dormir en el patio de la casa de un amigo, donde se acuestan los animales. Llegó una turba con palos, piedras, de todo, y le dije a mi amigo: ‘Pablito, soy yo, José Manuel’, y él calmó a la gente. Hasta el papá de Pablito, cuando me reconoció, me cedió una habitación en aquella casa”, aseveró entre risas.

Las cosas fueron mejorando poco a poco para Pinzón, incluso, inició su melodrama con las mujeres, cual casanova. Hasta que una decisión, que él reconoce equívoca, lo hizo tocar fondo: en una trocha enmontada, José Manuel corría semidesnudo para que su mejor amigo no lo atrapara teniendo intimidad con su esposa.

“Estaba enamorado, después la llamé y me decía que la dejara en paz. Un día me fui a beber y yo, que no era de emborracharme, abrí los ojos y amanecí en Pasacaballos. Fue triste, estaba sin mi mamá, sin amigo, sin mujer, sin nada...”, expresó el locutor emocionado.

Para entonces, se estaría acercando su graduación de bachiller, el día de la ceremonia no tenía qué ponerse... Hasta que “apareció mi mamá con una camisa, saco y corbata, también unos zapatos finos. Quería llorar. Le pregunté: ‘Mami, ¿cuánta plata te gastaste en esto?’. Me dijo que un poco, que se la ganó vendiendo fritos afuera de la iglesia, en El Bosque. Esa vaina me partió el alma”.

Su paso a la fama

Aunque graduado de bachiller, José Manuel Pinzón estaba sin trabajo y sin oportunidades para estudiar una carrera profesional.

“Quiero ser locutor”, le decía a su mamá, doña Hilda, al saber que su tío, Alfonso Raúl Monterrosa, vivía cómodamente cuando era director de La voz de las Antillas. Sin embargo, la vida los juntó cuando José Manuel asistió a un curso dictado por su tío, quien lo hizo reprobar por “no haber pagado”.

Pero mucho antes, cuando su momento de brillar aún no había llegado, empezó a trabajar en algo totalmente aislado a lo que hoy es: cortador oxiacetilénico en la empresa SIPSA, dedicada a chatarrizar barcos. Ahí se ganó el apodo de ‘El bárbaro’ por ser muy ágil.

Una explosión, que casi le cobra la vida, lo acercó a la radio, cuando su nombre apareció en la página judicial del extinto Diario de La Costa. “Me encontré con un viejo amigo del colegio Inem, Francisco Pérez, en el edificio donde me hacían terapias en una pierna y brazo, él dijo que se enteró de la situación, pues ahí quedaba La voz de las Estrellas donde él era director y locutor”.

Ahí estaba su oportunidad, brillando con luz propia. No pasaron ni dos semanas cuando Pinzón incursionó en aquella emisora, pero con el pie izquierdo. “Me tenían de mandadero, de melego, barrendero, todo menos de locutor”, dijo José Manuel, aunque reconoció que las veces que le dieron un “empujoncito” al aire, elevó la sintonía ante la aceptación del público.

Las puertas siguieron abriéndose: engalanó Radio Príncipe con su voz como locutor supernumerario. “Salía al aire en las noches. Me iban a sacar por malo, hasta que me puse las pilas”, recuerda. Más adelante hizo parte del programa AM. FM., junto a Carlos Cataño, Carlos Arturo Escobar, Jenny Navarro, el profesor Menco y Carlos Ardila.

Aquel equipo, asegura Pinzón, se fue desvaneciendo por una llamada que varios de ellos recibieron desde Bogotá, al ofrecerles un mejor trabajo, episodio que él cataloga como “una estafa”.

Pero su triunfo estaba cada vez más cerca, pese a otro altercado que requirió su despido en la reconocida emisora, al quedar infraganti cuando tenía intimidad con una mujer en cabina, escena que fue revelada, según Pinzón Monterrosa, por un extinto locutor muy reconocido en Cartagena.

“En Caracol recibí la oferta de irme a Miami. Como el vuelo se retrasó no llegué a la hora del contrato y duré tres meses desempleado. Allá me tocó vender flores, limpiar carros y hasta ser auxiliar mecánico”.

No pasó mucho tiempo cuando José Manuél Pinzón se dio a conocer como ‘El hijo de doña Hilda’. Desde Diomedes Díaz hasta Omar Geles lo nombraron así, ¿y por qué? Por la decencia que identifica a los cachacos al hablar. “Lo llama doña Hilda”, le decían sus trabajadores en Olímpica, Bogotá, cuando su mamá lo llamaba al teléfono.

Epílogo

Ahora, cuando apenas comienza 2020, José Manuel Pinzón mira hacia atrás y lo sabe: todos los pasos que dio lo han convertido en el hombre de hoy. Un hombre que -recalca- quiere dejar clarísimo que no tiene ningún problema con William Dau Chamatt, el alcalde de Cartagena. “La gente me ha llamado a decirme ‘cómo te dejaste quitar el puesto que tenías en la Alcandía’... cuando William Dau me llama hasta para reírse de eso. Tenemos una buena relación”, dice.

Un hombre que saca todos los días fuerzas para luchar contra un enemigo temible -para la mayoría de las personas-, el párkinson. Su voz sigue tan fuerte y elegante como siempre, gracias, en buena parte, a una cirugía en la que le abrieron la cabeza para insertarle un dispositivo que llega hasta su pecho y controla lo movimientos involuntarios tan característicos del párkinson.

José Manuel es un hombre fuerte, siempre lo ha sido, un hombre fuerte que a veces dice: “Voy a llorar, ¿no importa?”. Y llora y puede que también ría.

Aunque el párkinson, con todo y sus incertidumbres, lo acompañe todos los días de su vida, José Manuel Pinzón no deja de hacer lo que ama: hablar, y hablar con su voz elegante y famosa. Y tanto ama hacerlo, que dedica buena parte de sus fuerzas a transmitir esa pasión a los que lo rodean. Y por eso, señoras y señoras, ¡aquí está el hijo de doña Hilda!

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