Aquilón, la gran historia de un barco pequeño

29 de julio de 2018 12:30 AM

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Puede ser por su color canela, sus velas templadas contra el horizonte, las pintorescas banderas alrededor de su mástil o por su curioso tamaño -es particularmente pequeño-, pero a donde va, a las costas que bordea, Aquilón siempre se roba las miradas, como si se tratara de un trofeo que surca mares, anhelado por otros marinos pero que solo Mario Prada Cárdenas se enorgullece de tener.

Mario es de Cúcuta, Norte de Santander. Estudió interno en el Colegio La Salle, de Zipaquirá (Cundinamarca), el mismo donde se formó Gabriel García Márquez. Quiso estudiar arquitectura, pero terminó por graduarse como delineante en un instituto de Bogotá. Definir la situación militar lo llevó a presentarse en la Armada. “Iba a prestar el servicio como infante de marina, pero un sargento, como me vio de saco y corbata, recomendó que intentara entrar como suboficial y así fue, pasé”, me comenta. Se graduó como tecnólogo naviero con énfasis en contramaestría de la Escuela de Suboficiales de Barranquilla; de profesional en ciencias navales, de la Escuela Naval Almirante Padilla;_y de especialista en aprendizaje autónomo de la UNAD.

Navegó por diez años en el Buque ARC Gloria, incluso participó de una expedición al estrecho de Bósforo (Turquía), y con toda esa vida dedicada al mar, siempre quiso cumplir el sueño de navegar en su propio barco. Volver ese deseo realidad fue prácticamente una casualidad, sobre todo porque no era un hombre adinerado que pudiera costear esa vida marina... bien dicen por ahí que “lo que es para uno con el tiempo va llegando”. La frase parece caer como anillo al dedo a la historia entre este osado navegante y su entrañable Aquilón.

Maderos rescatados
Antes Aquilón solía llamarse Odisea. Según sus escrituras, se construyó en Puerto Colombia, Atlántico, a principios de los años 60. Su primer dueño lo regaló al marinero que lo cuidaba y este, a su vez, lo vendió a una empresa portuaria.

Los restos de Odisea terminaron arrumados en el patio de esa ya extinta empresa, a la que Mario llegó a trabajar. Él siempre quiso, como todo marinero, tener su propia embarcación. “Como eso estaba abandonado, pedí permiso para repararlo, nadie daba un peso por él, dijeron que hiciera lo que quisiera con eso, le invertí como 700 mil pesos. Cuando vieron que estaba medio arreglado, lo exhibieron en la sala de ventas”, recuerda.

Con suerte, Mario terminaría de restaurarlo y sería suyo, por fin tendría su velero. Sin embargo, sus planes zozobraron. “Yo no podía pretender tener un barco porque soy un asalariado, no tenía dinero para eso, esa era mi oportunidad, pero un día, cuando llegué a trabajar, el barco no estaba, lo habían vendido por dos millones de pesos a un señor, de eso hace unos 20 años. Me devolvieron el dinero, pero se me fue la oportunidad de tener algo”, recuerda.

Su oportunidad se esfumó como una ola que muere sin siquiera tocar la orilla. Él se desilusionó. Pese a ello, en el destino estaba escrito que Odisea sería de Mario, tarde o temprano. “Después pasó el tiempo, de pronto me llamó el señor que lo compró, era un biólogo de Cali, se tenía que ir de Cartagena, me dijo que me dejaba el barco”.

Volver al agua
El casco de Odisea reposaba ahora en los patios de una fábrica de hielo en el Barrio Chino, donde queda hoy el Centro Comercial Caribe Plaza. Recuperarlo de ahí sería un primer reto. “El dueño se fue y nunca más apareció, entonces no me lo querían dejar ver ni sacar porque se debía el arriendo. Yo fui casi llorando a donde el propietario de ese lote, pero no quiso entregármelo. Finalmente, el mismo dueño de la empresa donde yo trabajaba intervino y el tipo accedió. Me tocó conseguir una ‘camabaja’, en ese entonces vivía en La María, me lo llevé para allá”. Sin embargo, el barco había cambiado, no era el mismo, ya no servía. “Algún carpintero, sin saber de eso, le metió la mano y le puso tornillos de hierro a la madera, esos tornillos se pudren, se oxidan. El barco estaba irreparable”.

“Llegaban amigos a verlo y les gustaba, pero no se atrevían a invertirle porque además yo no tenía los papeles. Pasó el tiempo y se me dio por volver al lugar donde vivía, aquí en Cartagena, el biólogo que me lo regaló. Allá encontré las escrituras, precisamente ya las iban a botar porque él se perdió y ellos no sabían qué hacer con eso. El barco tenía que ser mío. En ellas decía que se construyó bajo un perfil inglés, con mástil rebatible y que costó unos 50 mil pesos de aquella época”, afirma. Entonces, comenzó su travesía por volver a ponerlo en el agua.

“Mucha gente decía que yo era pretencioso, porque pretendía tener barco, sin tener plata, que yo andaba en bicicleta, que los barcos son para los que tienen plata. No tengo plata, pero sí barco. Nadie me quería ayudar a recuperarlo, solamente un capitán me regaló $700 mil”.

-Entonces, ¿cómo lo recuperó?

-Fue difícil. Me tocó trasladarlo a una pescadería, con la ayuda de Gonzalo Zúñiga. Allá hubo un inconveniente y no me dejaban entrar al principio. Estuvo un tiempo solo y se robaron una pieza del mástil.

- ¿Y entonces?

- Encontré a un carpintero de ribera, Álvaro Torres, cotizamos la madera para hacerlo nuevo, no recuerdo cuánto fue, pero su estructura es en abarco, mamparos en ceiba; mástil, botavara, bauprés, en pino curado; cabina en pino, y cubiertas de teca. Me ayudaron también el calafateador David Villadiego y el marinero Jorge Cantor. Cambiamos pieza por pieza, eran tantas las ganas de yo tener un barco, que desbaraté pieza por pieza. Duré casi siete años construyéndolo.

- ¿Y qué siente ahora que puede navegar en él?

- Para mí, el velero es fortaleza, energía, es esperanza.

El velero tiene 27 pies de eslora, 8 de manga, 3 de calado, 6 pies de puntal, mástil de 15 pies de alto, con tres foques y una vela mayor. Viaja a cinco nudos y tiene un motor a gas de 5 caballos, fuera de borda. Lo rebautizó como Aquilón, dios romano de los fríos y tempestuosos vientos septentrionales. Hace cuatro años tocó nuevamente el agua. “Fue en 2014. Precisamente un día antes de que arrancara el Sail 2014. Vino mi familia de Bogotá y Bucaramanga, un amigo me ayudó con un telehandler, para ponerlo en el agua. Mis nervios eran saber si flotaba y flotó”.

“Hay una sinergia, una magia con los espíritus del barco, impresionante. Empecé a hacer paseos familiares, pero le gente se ha ido como pegando, ya han venido tres grupos de Zipaquirá para que les haga el chárter, le he dado vueltas a Tierrabomba, Caño de Loro, he remontado el Canal del Dique, quiero ir a Mompox y Santa Marta. El domingo lo saqué en el Sail 2018 y todo el mundo tenía que ver con ese barquito, fue la sensación en el agua, ha gustado  mucho, la gente se tomaba fotos, pero ese día se me dañó el motor y no he podido volver a salir”. Aunque no era un participante oficial del encuentro de los majestuosos veleros en Cartagena (Sail 2018), el pequeño Aquilón sí se robó muchas miradas y elogios.

***
Hace unos años, el mar azaroso intentó arrebatarle uno de sus hijos a Mario. El muchacho pasaba vacaciones en La Chocolatera, en Salinas (Ecuador), y una ola furiosa lo tumbó de unos peñascos, cuando se tomaba una foto. El joven luchó con gallardía por volver a las piedras, pero no lo consiguió. Solo cuando se entregó a las aguas, con los brazos vencidos, otra ola más furiosa lo devolvió al mismo peñasco. Tenía muchas cortadas en el tórax pero sobrevivió. “Cinco se han caído ahí y solo usted se ha salvado”, le dijo un nativo. Mario recuerda ese hecho para decirme que está muy agradecido con el mar por no haberse llevado a su hijo aquella vez. Y es que Mario es un hombre de mar y vive agradecido con la Armada, que alguna vez lo acogió y que lo acoge hoy como profesor en diferentes áreas en la Escuela Naval. 

Con su pañoleta negra de carabela pintada, sobre su cabeza, con los cabellos blancos que le sobresalen, podría parecer un pirata. Hace poco, un canal de televisión nacional escogió su Aquilón para grabar una escena de una serie y a él como extra, con el papel de pirata. Pero, realmente, en el mundo marítimo de Cartagena le llaman ‘Marino’. Mario me dice que su barco vigoriza su existencia y oxigena sus días, que le da felicidad. Esa que se tardó tantos años en construir y que disfruta cada vez que navega. Sin dudas es un pequeño barco con una gran historia, la de un hombre perdidamente enamorado del mar.

 

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