Facetas


Maritza Zúñiga: arte festivo de boca en boca

Quien lleva puesto un tapabocas de Maritza en estos días de lluvia no solo se protege contra la pandemia, sino que carga una obra de arte en su rostro.

GUSTAVO TATIS GUERRA

15 de noviembre de 2020 12:00 AM

Sin proponérselo, Maritza Zúñiga ha promovido la más grande comparsa virtual de estas Fiestas de Independencia 2020: en el formato de los tapabocas en esta pandemia que acorrala al mundo, ha pintado obras en miniaturas que aluden la tradición festiva, de boca en boca.

Además de los tapabocas convencionales que son desechables, los tapabocas de Maritza Zúñiga, prácticos y alegres, son coleccionables, son para enmarcar después que pase la pandemia. Serán un recuerdo de la tragedia histórica y sanitaria que ha vivido la humanidad. No creo que alguien haya guardado un tapabocas de 1918 para recordar que murieron más de cincuenta millones de seres humanos por culpa de la gripe española. Pero los tapabocas de Maritza son mujeres que danzan y abren el teclado blanco de una risa contagiosa, mujeres con sus polleras de bailadores de cumbia, gaita, porro y bullerengue; mujeres que llevan un bonche o cayena roja en el cabello o un coral emblemático que resplandece en sus cabelleras negras como crines de caballo; bailadores del son de negros, con los cuerpos pintarrajeados de negros en contraste con los plumajes de colores y los labios pintados de rojo; un carnaval de colores que provoca el sentido de la tradición festiva y los colores de la bandera cuadrilonga de Cartagena de Indias.

Empezó con quince pinturas sobre tapabocas y al final, viendo que en cada una de ellas había un sello personal de su trabajo artístico, buscó el pincel número uno con sus cebras delgadas y firmó las pequeñas obras de arte que tapan la boca y abren la imaginación de esta celebración de 209 años de la Independencia de Cartagena de Indias.

Así que quien lleva puesto un tapabocas de Maritza en estos días de lluvia no solo lleva un tapabocas contra la pandemia, sino una obra de arte en su rostro. Es una puesta en escena de una memoria de color colectivo en el corazón de los cartageneros. Es una iniciativa coyuntura que ella misma denomina Arte de Re-Existencia, que es en sí misma una prueba artística de resistencia. El arte es siempre una apuesta contra la adversidad y la fatalidad de la pandemia.

“El público que lo está usando es diverso, pero en su gran mayoría son personas mayores, sensibles al arte, que creen en la importancia del proceso de celebración de nuestra Independencia”, explica ella.

Dora Moreno, la diseñadora

Maritza ha logrado que toda su familia esté involucrada en las iniciativas artísticas. Me cuenta que ella sola, como en el refrán, no sería la golondrina del verano.

“Los tapabocas fueron creados por mi hija, Dora Moreno, quien es diseñadora industrial, y los ha elaborado en tela de lona, después de tener la pieza base, yo procedo a realizar los bocetos y toda la parte artística con pinturas para tela que no sean tóxicas, teniendo en cuenta que es un elemento que será utilizado en el rostro por momentos prolongados. Luego de esto, se trabajan los acabados y detalles hasta finalizarlo con la sellada con el planchado de la pintura sobre la pieza para esterilizarla”.

Obras únicas

Más allá de ser una doble experiencia manual y artesanal, un diseño elaborado con rigor estético, los tapabocas de Maritza tienen una dimensión artística, cada obra es única y no se repite, lleva su firma y el año de ejecución.

Hay uno que tiene un fondo amarillo cruzado por rayas rojas, como si fuera el rostro de alguien que ríe a carcajadas. Este es el que se ha puesto Maritza y no se sabe si la pintura es ella misma detrás de su tapabocas. Es una carcajada festiva que modificará el rostro de quien lo lleve. Y ese rostro siempre estará riéndose de todo, de la pandemia, de lo convencional, de la rutina y del miedo. Hay otro que es un viento que desprende bonches rosados, rojos y anaranjados. Quien lo lleve puesto, tendrá en su rostro un jardín aéreo, volátil, como si esas flores hubieran sido arrancadas por el viento de la lluvia en los jardines. Hay otro que es la lengua burlona y festiva del bailador del son de negros, una de las danzas ancestrales del Caribe que enriquecen nuestros carnavales y nuestro patrimonio festivo.

Epílogo

Pese a que la pandemia no permite el encuentro cercano de multitudes por razones de seguridad sanitaria, los tapabocas de Maritza propician otro encuentro ciudadano desde la virtualidad. El encuentro se da también a través de los colores y las imágenes de nuestro pasado y presente festivo.

“Muy a pesar de no tener el encuentro físico, la cultura del tapabocas artístico nos une”, precisa Maritza. “El propósito es que después que pase la pandemia estos tapabocas puedan ser enmarcados o guardados en una caja acrílica transparente”.

Guardarlos o enmarcarlos es como preservar las manos sigilosas de Maritza que, pese a la pandemia y a los aguaceros, ha dibujado algo más que una ilusión en el brevísimo espacio de los tapabocas. Una ilusión y una esperanza, como quien ilumina un sendero en penumbras. El arte es, para ella, una resistencia contra la infelicidad humana. Se nutre de las pérdidas, pero regresa como Ave Fénix a restaurar emocionalmente las ausencias.