El arte y oficio de ser padre

21 de junio de 2020 12:00 AM

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Ser padre es un arte sin caducidad, un oficio donde nunca se deben esperar recompensas, reconocimientos ni premios, porque se es padre hasta la muerte, aunque los hijos te quieran o no te quieran. Pero serlo es más que un apostolado. Se empieza a serlo desde mucho antes de estar en el vientre. La madre lo tiene en el vientre como un pez y el padre lo imagina. Hay padres tiránicos, déspotas, implacables como el padre de Franz Kafka, que le impuso a la brava estudiar derecho cuando su verdadera vocación era la escritura, y trabajaron juntos en una oficina de accidentes laborales, y Kafka siempre se iba del lado de los desposeídos y contrariaba al padre y a la empresa de abogados. Ese padre quería ver una repetición de sí mismo, pero Franz era todo lo contrario a él: era asmático, frágil en su salud, enfermizo y de una sensibilidad e imaginación prodigiosa que hicieron de él uno de los mejores escritores del mundo. Nunca tuvo una relación amorosa estable. Era conflictivo en las relaciones amorosas. Nunca se casó. (Lea también: ¿Cuándo se celebra oficialmente el Día del Padre?)

Hay padres comprensivos, tolerantes y respetuosos de las vocaciones de sus hijos, como Pedro Obregón con su hijo Alejandro, a quien puso a trabajar en su Fábrica de Textiles Obregón como revisor de telares y, algunas veces, él diseñaba las telas, pero de pronto el artista aprovechó la primera oportunidad para escapar y se fue de camionero en las petroleras del Catatumbo. Cuando regresó, el padre le tenía una oficina montada como gerente con secretaria bilingüe y un buen sueldo, pero Alejandro le dijo que no, que solo quería ser pintor. El padre decepcionado le volvió a preguntar: ¿Qué vas a hacer? Y él le dijo: Pintar. El padre lo llevó a una academia de arte en Boston y cuando el profesor le dijo que su hijo no servía para eso, el padre se metió la mano en el bolsillo y le dio un fajo de billetes y le dijo: Tú verás que haces. Luego, el padre le consiguió un puesto de vicecónsul de Colombia en Barcelona, un trabajo de diplomático en el que todo el día Alejandro atendía asuntos diplomáticos y por las noches pintaba. El padre se convenció de que su hijo no sería jamás empresario de textiles, como lo habían sido él y su abuelo. Y aceptó la realidad de esa elección. Ese padre amoroso y comprensivo no impuso nada a su hijo. Lo dejó ser. Respetó su libertad individual y creativa.

Hay padres autoritarios que confunden autoridad y se van por el camino despótico, como el padre del Premio Nobel Mario Vargas Llosa, que hasta los diez años apareció en su vida, luego de que le dijeran que había muerto. Y la madre se reconcilió con él y resucitó al padre. Y entonces, el niño, que había vivido con sus abuelos que lo mimaron y consintieron en todo, pasó a un padre autoritario que además lo castigaba físicamente y cuando supo por su afición a la literatura, quiso castigarlo metiéndolo en un colegio militar, el Leoncio Prado, y aquella experiencia dura, pero significativa, le sirvió a Vargas Llosa para escribir su primera gran novela La ciudad y los perros. Y para conocer otra faceta de la realidad de su país. En ese sentido, las experiencias desacertadas de los padres también pueden traducirse en experiencias recicladas y transmutadas en hijo creativos como Vargas Llosa.

También está el padre proteccionista, rey del sí, que todo lo que le pide el hijo se lo da fácilmente, con la falsa y dañina idea de le daré lo que yo no tuve y para que disfrute lo que yo no pude disfrutar en la infancia. Y con ese cuento de no quiero que sufra lo que yo sufrí, le niega a su hijo la posibilidad de exigirse a sí mismo, de ser responsable, y fomenta el ser egoísta, ególatra, narcisista, le crea un mundo artificioso de gelatina y un mar de mermelada, donde no hay sufrimiento ni esfuerzo para merecer algo. Le niega el sentido común en la convivencia y el respeto a los demás. Y le hace creer el cuento de que es un príncipe o un rey tiránico ante la vida y los seres que lo rodean. Esas criaturas terminan siendo insoportables y dañinas consigo mismas y con las demás. El exceso de regalos, de complacencias, de satisfacciones, siembra a un ser caprichoso y sin límites. Sócrates decía: Si quieres a un tonto en casa, dale todo lo que te pida. Y si quieres a un sabio, no le des todo lo que te pida. Sé prudente con el valor de las cosas, con la esencia de los seres humanos. No confundas ser y tener. No confundas que vales porque posees. No confundas riqueza de cosas y riqueza de ser. El otro padre, parecido al anterior, es el que se vuelve cómplice y compinche de las cosas negativas de sus hijos: el vicio de fumar o beber. Los japoneses tienen una frase preciosa: Hay gente que se la bebe el vino, porque no sabe beber. En la primera copa tú bebes el vino. En la segunda, lo degustas. Pero en las siguientes, es muy probable que sea el vino el que te esté bebiendo.

El otro padre es el que ha sido desprestigiado por el abuelo que ha criado al nieto, y habla pestes de la vida de su propio hijo. Es una perversión dañina y devastadora tanto para el hijo como para el padre. Le pasó a García Márquez con su abuelo, que lo idolatraba y menoscababa al padre del escritor porque no tenía un título universitario o no pertenecía a una élite social o política en la región de Sucre. Eso creó en el hijo una relación incómoda con el padre.

Por otro lado, está el padre que hace alarde de su machismo: ¡Aquí se hace lo que yo obedezco!, es el consejo de Rojas Herazo a los machistas, golpeando la mesa de la sala. (También le puede interesar: Con nuevo tema, Alejandro Fernández rinde homenaje a su padre en su día)

Está el padre que subestima a la madre de sus propios hijos o la degrada al separarse. Es terrible el daño que se hace allí a los hijos y a la autoestima familiar.

Está el padre que ha fracasado económicamente por un revés empresarial y sus hijos, o su mujer, lo ven como a Gregorio Samsa convertido en una cucaracha porque ya no aporta nada a la casa. O al padre que se ha enfermado o disminuido por una dolencia padecida y no hay respeto, compasión ni valoración por su larga vida de sacrificios en la familia.

Está el padre imaginario que jamás tuvo hijos, pero tiene sobrinos a los que trata como si él fuera un padre. O el padre que adopta un niño o niña, que puede ser un magnífico padre de corazón. Pero está el que ha leído todos los manuales para ser padre o los libros de cómo educar a los hijos, pero no tiene hijos.

Está el caso de Salvador Dalí que, por creerse genio, no se atrevió a tener hijos, con el cuento chino de que no tendría hijos geniales como él. Ese caso de Dalí es curioso porque sin ser padre, veía a sus hijos que no tuvo como rivales. Dalí sencillamente no era merecedor de esos hijos ni merecía ser padre.

Y finalmente, está el padre que muere y deja una herencia formidable que se vuelve un botín de disputa entre sus hijos y descendientes, en una fortuna que, en vez de unir, sumar y multiplicar, se convierte en un karma que resta y divide.

Por otro lado, está el padre que, al morir, no deja ningún bien material, sino un patrimonio humano de valores intangibles, un tesoro humano, artístico, espiritual o cultural. Y tal vez sus hijos no valoren esa heredad sin riquezas materiales. O tal vez haya uno entre ello, que sea amoroso guardián de lo que ha dejado como ser humano más allá de su muerte. O, en el mejor de los casos, después de muerto empiecen a conocerlo y valorarlo en profundidad en su ausencia, o en el peor de los casos, a despreciarlo, al no perdonarlo de que no haya sido un santo, o a privilegiar los defectos por encima de sus virtudes. Todo eso puede pasar.

Epílogo

No sé en cuál de esos que he contado me verán reflejado mis propios hijos, pero en ninguno de los casos es fácil ser padre en estos tiempos que vivimos. Los padres no somos ángeles ni criaturas perfectas. Estamos hechos de errores que hemos cometido o heredado. O visiones del mundo que creíamos ciertas, confundiendo principios con prejuicios. Pero en todos los casos, por lo menos en el mío, también hemos emprendido utopías de buena fe, intentando sembrar un bosque con una semilla bajo el brazo. Y los hijos, por supuesto, no son una réplica de nosotros. Son únicos e irrepetibles, y con una huella dactilar del alma que no se parece sino a la de ellos mismos. Con sus aciertos, maravillas o desatinos. Son moldeados por un dios insomne que no juzga ni castiga, por una naturaleza maravillosa que nos sobrepasa en inteligencia y sabiduría sin que nos demos cuenta, y por un misterio breve e inigualable: la vida.

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