Facetas


Bocagrande, una historia desconocida

Al final de la península de El Laguito, donde hoy de erige el Hotel Hilton, había un caserío de pescadores con calles y casas de palma y bahareque.

GUSTAVO TATIS GUERRA

20 de septiembre de 2020 02:30 PM

Estoy mirando viejas fotos de la joven enfermera norteamericana de la Andian, Dorothy Johnson, que acababa de llegar ese 10 de abril de 1948 a Cartagena. El mar lava con sus espumas estas arenas solitarias sembradas de icaco y uvitas de playa.

Desde allí ella capta la silueta de piedra de la ciudad entre las nubes y una estela de agua en el fondo. Ha fotografiado a pescadores, bohíos y atardeceres de alcatraces. En 1928 aterrizó en su avioneta el legendario piloto Charles Lindbergh y dejó una nube de polvo y arena en Bocagrande. Esa foto la encontró ella para lo que sería años después su proyecto de la Fototeca Histórica de Cartagena, que alcanzó a crear con más de 10.000 imágenes. Las pocas construcciones de aquellos años cuarenta fueron el Hotel Caribe y el Hospital de Bocagrande y Dorothy conoció allí a uno de sus médicos impulsadores, el eminente Hernando Espinosa Paris, con quien se casó para quedarse para siempre entre nosotros.

Dorothy esperaba llegar a Cartagena el 9 de abril, pero la tensión nacional originada por el magnicidio del líder y candidato liberal Jorge Eliécer Gaitán desvió la ruta del avión hacia Barranquilla.

Entre las primeras fotos de Dorothy en el corazón amurallado de la ciudad, está un guitarrista tallado en ébano con una sonrisa de patriarca sentado en la muralla. Ese muchacho es Sofronín Martínez.

Las imágenes de Cartagena son instantes de una historia aun no escrita en el vórtice del agua.

Muchos años después, Dorothy me contó esta historia que vuelvo a ver en fotos y evoco también a Alberto H. Lemaitre “Mister Tollo”, que en esta tarde del 19 de agosto de 1990 viene a contarme una historia aún más lejana sobre Bocagrande. Él nació este mismo día en 1909 y tiene en su memoria lúcida a Bocagrande en 1925, como un inmenso lienzo de arena sembrado de icacos. Al final de la península de El Laguito, donde hoy de erige el Hotel Hilton, había un caserío de pescadores con calles y casas de palma y bahareque, cuyos habitantes solían celebrar el 8 de diciembre la Fiesta de la Concepción con bandas de viento, banderines de colores y tiros de tacos de dinamita al aire que ponían a temblar el silencio del mar y dejaban un estruendo metálico entre las nubes.

Esos pescadores “tenían su centro de trabajo en el canal que conduce de la escollera hasta dentro de la bahía. Pero las primeras décadas del siglo XX se pescaba allí abundante número de grandes jureles y preciosas picúas que se cogían corriendo. Eso era la Península de Bocagrande que un mal Concejo vendió a la Compañía Andian National Corporation por la suma de 25.000 pesos, lo que vale hoy una o dos baldosas de un garaje de mala muerte. La Andian compró el barrio de Bocagrande para urbanizarlo y destinarlo a sus empleados norteamericanos y nacionales, principiando la construcción de casas por el malecón. La Avenida San Martín, en los planos que se enviaron a Chicago para su aprobación, eran de seis canales, pero una Junta que existía en la ciudad, de malos cartageneros, desaprobó los seis canales, dejando solo dos, ida y regreso, aduciendo que la compañía dejaba de ganar plata al no poder vender el terreno ocupado por los cuatro restantes canales. Y así se hizo todo.

“Solo después de 65 años es cuando se ha ampliado la Avenida San Martin, a los cuatro canales existentes”.

A los pescadores que vivían en Bocagrande, cuenta Mister Tollo, los sacaron comprándoles los terrenos a 300 y 400 pesos. Y ellos se fueron para Tierrabomba. Como muchos de ellos no sabían leer, solo ponían el dedo índice, pero “las agallas de los compradores” desvirtuaban el tamaño real del predio y en vez de decir una hectárea escribían diez o veinte hectáreas. Es el testimonio de un cartagenero que vio el despojo de esas tierras antes habitadas por nativos indígenas, luego pasaron a manos de los españoles que nos conquistaron y escrituraron las tierras. Y años después los norteamericanos que al comprar el barrio de Bocagrande iniciaron su urbanización para explotarlo.

Cuando Dorothy llegó de Estados Unidos como enfermera, se sintió rodeada de americanos no solo de la Andian sino de americanos que ya habían echado raíces en Cartagena.

Al cruzar ahora los antiguos territorios de arena, no sobrevivieron los icacos y las uvitas de playa de aquellos años. La privatización más impetuosa, codiciosa y arrasadora que los sueños públicos ha venido por lo intangible de lo inimaginable: el aire que respiramos, las olas del mar y hasta de una cuadrado de arena donde los niños soñaron con construir livianos y efímeros castillos de arena en medio del agua.

En el cielo no revolotean los alcatraces y las gaviotas.

Epílogo

Dorothy es una muchacha norteamericana, alta, sensible, cuyos ojos atrapan un mar que cambia de colores. Está en el mismo punto de arena donde Charles Lindbergh aterrizó de emergencia en la playa, a punto de estrellarse contra las olas.