Boris Benítez Leclerc, el brillante policía que Colombia perdió

31 de marzo de 2019 12:00 AM

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La casa de la familia Benítez Leclerc, en el barrio Altos de San Pedro de Cartagena, es pequeña y de un solo piso, pero existe un vacío inmenso, lo abarca todo. Llegamos poco después de las siete de la mañana. Don Omar nos espera. “Mi hijo era un buen muchacho, se portaba mejor que yo”, me dice.

Suenan los platos en la cocina, una radio al fondo y la voz tranquila y sin sobresaltos del señor. Narra, reconstruye la vida de su hijo, Boris Alexander Benítez Leclerc, aquella vida violentamente cercenada a los 32 años. El hilo conductor es una brillante cadena de orgullo que él y todos en casa hoy portan en sus corazones y que de cierta forma los ayuda a menguar el dolor.

Don Omar José Benítez Jaramillo parece sostener el dije de esa cadena entre sus dedos, para tomar fortaleza mientras habla. Se apoya en él para contarme que no olvida el grado como patrullero de la Policía, recibido por su hijo en la Escuela Antonio Nariño de Barranquilla, en el año 2009.

Ese día lo vio por primera vez con el uniforme verde oliva y sintió muchísima emoción. No olvida cuando su hijo ingresó al Escuadrón Móvil Antidisturbios (Esmad) o cuando le mandó una foto, desde Manizales, con un auditorio repleto de policías y era él quien estaba a cargo, en el micrófono, instruyendo a otros uniformados. Recuerda que sus compañeros y hasta sus superiores lo buscaban para que los aconsejara sobre cómo actuar en determinadas situaciones. “Cuando estaba aquí, en Cartagena, a él siempre lo llamaban para que diera instrucciones”, se lamenta.

No olvida los diplomas ni las medallas de honor, no olvida cuando lo convirtió en abuelo hace seis años o cada vez que los engañaba diciendo que no podría ir a casa en ese diciembre y terminaba por aparecer de sorpresa. Porque así era él. “Trató siempre en la vida de ser el primero, no del montón”.

Estudiante brillante

Ese día, hace muchos años y siendo un adolescente, Boris llegó a casa con “malas noticias”. “Perdí una materia en el colegio”, le dijo a sus papás. Cursaba secundaria. “Tienen que ir a buscar el boletín personalmente”. Boris era bromista, mucho. “Cuando uno iba, vamos a ver que la sorpresa era otra, no había perdido nada. Era todo lo contrario, estaba exonerado, en el cuadro de honor o con felicitaciones”.

Estudiaba en el Colegio Militar Almirante Colón, en el barrio Vista Hermosa. Allí cursó su bachillerato con honores. “Era estudioso” y “lo becaron varias veces, la verdad es que sí”, dicen en su casa. Un muchacho bastante aplicado. Verlo vestido con ese uniforme militar el día de su grado de bachiller, les generó un orgullo desmedido, especialmente en su padre, don Omar, un suboficial pensionado de la Armada Nacional, del curso 42 de 1980.

Boris, como se ve en la foto de esta página, o como salió en las noticias, era miembro de la Policía Nacional de Colombia. Pero antes de convertirse en un agente, quiso ser el médico de la familia. “Se presentó tres veces en la Universidad de Cartagena, la primera vez quedó en el puesto 2.500 y la última, en el 500”, narra su papá.

No se dio por vencido, quería estudiar y se matriculó en un instituto privado en la carrera de criminalística en Cartagena y, luego, viajó a Bogotá para especializarse en dactiloscopia y balística, recibiendo una medalla de honor. ¡Ah!, pero también intentó ser futbolista. Asistió a una escuela de fútbol en La Campiña. “Le gustaba mucho, era defensa, tuvo una prueba en el Envigado (en Medellín), podía tener 14 o 15 años”, comenta su papá.

Boris, además, soñaba con convertirse en policía y se presentó para aspirar a ser un patrullero. Don Omar recuerda mucho que su hijo se destacó y esforzó tanto, en el mismo proceso de selección, que cuando pasó a calificación ante un consejo general en Barranquilla, los mismos policías encargados de calificarlo lo aplaudieron. “Tenía ese carisma y dedicación por su trabajo”. Y se convirtió en policía, uno de los mejores.

Las malas noticias

En esta misma sala, donde estamos hoy, el televisor fue portador de malas noticias en febrero de 2018. El presentador del noticiero anunciaba un secuestro o la retención de agentes del Esmad, que apoyaban la erradicación de cultivos ilícitos en Tumaco, Nariño. La cifra: 14 uniformados del Escuadrón Móvil Antidisturbios retenidos por campesinos.

En la lista figuraba el nombre de Boris Benítez Leclerc. Para cuando eso sucedió ya él era instructor del Esmad y tenía nueve años de trayectoria y amplia experiencia en operativos de la fuerza pública en todo el país. “Cuando se graduó de patrullero, duró aquí, en Cartagena, unos dos meses, en los cascos negros. Luego se inscribió para la cuestión del Esmad y allá se quedó enseguida, en Medellín. Allá fue que conoció a la muchacha que es la mamá de su hijo y cuando ya se graduó del Esmad pidió traslado para Manizales, de donde es ella. Se radicó allá para estar pendiente a su hijo. Comenzó a hacer cursos y se convirtió en instructor del Esmad”, afirma su padre.

Como es de esperarse, la noticia de su retención en Nariño les cayó como un baldado de agua fría. “Esa vez hicimos una cadena de oración aquí, en la casa, para que lo liberaran”, dice doña Ligia Cecilia Leclerc, su madre, quien se incorpora a la entrevista tras varios minutos. Dos días después llegó la buena noticia, la liberación de los agentes, Boris estaba sano y a salvo. Sus padres recuerdan que después de eso le pidieron regresar a vivir a Cartagena. “Era algo que él estaba considerando ya, lo venía pensando. Pero él tenía a su hijo en Manizales”, anota su mamá.

“Era una persona independiente, uno respeta las decisiones de los hijos, entonces estamos un poco tranquilos porque era lo que a él le gustaba, pero eso no se va, eso (el dolor) solo se pasa es cuando uno se muera también. Ha dejado un gran vacío, no era una persona fácil de odiar, era más bien fácil de querer”, complementa don Omar.

El día de su muerte

Primero una llamada:

-Tía, ¿supiste lo que le pasó a Boris?

- ¿Cómo así? ¿Qué le pasó?

- Prende el televisor...

Otra vez el televisor daba estremecedoras noticias en la casa de la familia Benítez Leclerc, esta vez devastadoras: la foto de Boris, su nombre aparecía en pantalla. El periodista anunciaba que algo malo sucedía. El desespero se apoderó de aquella sala. “Yo misma vi la noticia, me puse a dar gritos como loca, es duro para uno. Cuando salió la foto, después llegaron los oficiales a la casa, yo sentía algo aquí, aquí, en el corazón”, me explica doña Ligia, con voz resignada.

La noticia los estremeció a todos: el patrullero Boris Alexander Benítez Leclerc murió tras ser atacado en enfrentamientos con indígenas en el Cauca. Participaba en operativos para restablecer el paso de vehículos en la vía Panamericana, bloqueada por los indígenas que exigen que se cumplan acuerdos asumidos por el Estado y que pedían la presencia del presidente Iván Duque.

Sucedió el 19 de marzo. Un balazo le arrebató la existencia, le quitó un hijo a Cartagena, cercenó a una familia. El proyectil se llevó a un policía que en 10 años de carrera acumuló 66 felicitaciones y 8 condecoraciones, porque Boris “fue un hombre que estuvo siempre entregado a servir”. “Nos dio muchas sorpresas, desde niño hasta sus últimos días. Fíjese, que él aquí nunca nos decía que tenía ese poco de felicitaciones y condecoraciones. Nos vinimos a enterar ahora. Llegaba con los papeles y los guardaba. Perfil bajo, compa, pero hacía su trabajo bien”, me reitera Omar.

El día del sepelio de Boris en Cartagena, sus papás recibieron una llamada. Era el presidente Duque, dando condolencias y prometiendo un encuentro con la familia del policía muerto en servicio.

“Siempre me tuvo orgullosa a mí, el único dolor que me ha dado mi hijo ha sido este, que me lo mataron. El 20 de abril cumplo años y me dijo que me fuera para Manizales, que me iba a dar una sorpresa, ¿cuál era?, no sé (...) Le gustaba mucho su cuestión del Esmad, demasiado. Si Dios lo permitió así, es su voluntad, sin la voluntad de Dios ni la hoja de un árbol se mueve, le dio gracias por el hijo que me dio, los hijos son prestados y hay que concientizarnos que no son de uno, son de Dios, hasta el día que Él los quiera tener aquí. Lo que me resta es pedirle que me dé fuerzas, fortaleza”, concluye Ligia.

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