Calamar, perrenque anfibio

17 de marzo de 2019 11:27 AM

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Por: Linda Esperanza Aragón/Especial para El Universal

Dicen que la desaparición de un tren fue lo que convirtió a Calamar, en el norte de Bolívar, en una tierra nostálgica. La economía estaba atada al ferrocarril de 85 vagones y cuatro locomotoras, inaugurado el 20 de julio de 1894, que iba hasta Cartagena de Indias.

Pero en 1950 se llevaron los rieles y se suspendieron sus operaciones ante su poca utilidad y, también, ante los trabajos de dragado que se realizaban en el Dique para consolidarlo como canal. La gente lo lloró porque presintió un futuro quebradizo y una economía tambaleante.

Hoy, al referirse a su terruño, los calamarenses no omiten el recuerdo de aquella prosperidad y no se olvidan de reiterar que había fábricas de gaseosa, ron, mantequilla y jabón. Lo dicen con orgullo y con los ojos secos.

Son nostálgicos con un garbo para nada frágil. El tren no está ahora, pero el río Magdalena está cerquita; lo siente todo: las voces que pregonan “¡Hay guayaba, pescado, carne, yuca!”, o que gritan “¡Pregunte por lo que no vea!”. El río es como un trabajador asiduo también: por él viajan mercancías a distintos destinos del Caribe colombiano.

En las murallas de Calamar, día a día se pintan las huellas de agua de los hombres que se rebuscan embarcando en lanchas, botes y ‘Johnsons’ desde escaparates y televisores hasta canastas de cerveza y sacos de papa. Mojan sus pies innumerables veces y caminan por el mercado, buscando a viajeros y compradores que necesiten trasladar sus equipajes y mercancías. Vaivén constante.

Estando en el municipio bolivarense, es posible viajar a varios destinos del Magdalena, Bolívar y Atlántico. Y es que por medio del río Magdalena se establece contacto con dichos departamentos; es como un triángulo memorable, una juntura prominente.

Desde Calamar hay embarcaciones que se dirigen a pueblos recónditos del Magdalena y Bolívar: Nervití, Puerto Niño, Pedraza, Guaquirí, Heredia, Piedras de Moler, Piedras Pintadas, Capucho, Bomba y Punta de Piedra. Así mismo, parten buses y furgonetas con destino a Cartagena, Barranquilla y a municipios del Atlántico como Suan, Santa Lucía, Campo de la Cruz, Santo Tomás, Sabanagrande, Sabanalarga y Soledad.

Los que vienen de las ciudades a los pueblos y se detienen en Calamar, prefieren viajar en bus, o, bueno, en “bus de pueblo”, como suelen llamarle. En este medio de transporte suena la radio a todo volumen, no faltan los ayudantes que cobran justo cuando los pasajeros duermen y se desplazan desde maletas con ropa hasta gallinas y canastos repletos de pescado, potes de suero y yuca harinosa. Los buses coloridos son los favoritos porque, además de manejar una tarifa económica, hacen sentir a los pasajeros que están en sus terruños apenas los pisan, sobre todo en Semana Santa y diciembre.

En el mercado de Calamar, una sola vía larga que llaman la “Calle del Mercado”, hay toda clase de abastos; el que va al municipio no se vara. Allí se sitúan comerciantes informales oriundos y de un pueblo vecino llamado Puerto Niño (Magdalena), como Edilma Selvera, de 76 años, quien desde los 18 atraviesa el río Magdalena para vender grandes poncheras de frutas y verduras.

“A las 5 de la mañana cruzo el río para llegar puntual a mi puesto; termino mi labor al mediodía y me devuelvo a Puerto Niño. Llego es a preparar ponche ahumado para la cena y a organizar todo para mañana irme a trabajar. Aunque pase más tiempo en Calamar, mi pueblo natal es sagrado”.

Quienes tienen pequeñas tiendas en otros pueblos van a Calamar con el fin de surtirlas y los que paran en el pueblo no se van con las manos vacías: no falta el bollo de yuca, los fritos, el pescado fresco, la carne, las verduras, el calzado o la ropa de segunda.

Los mejores pescados se consiguen en la Plaza del Pescado, con sus más de 20 locales. Sobre grandes mesones reposan bocachicos, mojarras, barbules, arencas, corvinatas, cachamas y bagres traídos de la ciénaga de Zapayán y del río Magdalena. A partir de las 5 a. m. los comerciantes suben las esteras y comienza el trajín.

Emperatriz Álvarez, de 47 años, oriunda de Calamar, tiene más de 25 años vendiendo pescado; es una enamorada de su pueblo y las palabras que escoge para describirlo son precisas:

“Calamar es la tierra más linda que creó Dios”.

Sus abuelos y su padre fueron pescadores y toda su familia se ha sostenido a base de vender pescado.

“Cuando era niña, mi mamá ponía los pescados en un caparazón de tortuga, en vez de cualquier ponchera; luego yo me lo ponía en la cabeza y salía a venderlos. Con el paso del tiempo empecé a ayudar a mi papá con el negocio, y ahora, tengo el mío. Este oficio para mí es todo, vendiendo pescados puedo sostener a mi familia. No lo cambio por nada del mundo, soy hija del pescado”.

Además de las embarcaciones y de los buses, hay más de un centenar de “paolas”, un medio de transporte alternativo que funciona por medio de una bicicleta, está cubierto con carpas de colores fluorescentes y en el respaldo lleva grabadas frases personalizadas que parecen secretos a voces: “Mano de Dios”, “Te amo”, “Mis hijos y yo”, “El rey”, “Sencilla y cariñosa”, entre otras revelaciones.

En ellas se transportan de vidrios hasta ladrillos. Y las personas nada más deben pagar dos mil pesos para subirse a una de estas y dejar que el viento les roce la cara mientras miran con encanto las casas de estilo republicano de Calamar.

Cuando se sienten muy agotados, los “paoleros” hacen una pausa y se quedan mirando el río.

–¿Cómo va la jornada? –le pregunté al calamarense Jorge Elías Cabarcas.

–Pedaleando, ando –respondió mientras levantaba el pulgar.

Jorge Elías tiene 28 años y maneja una “paola” hace cuatro años. Su faena comienza a las 7 a. m., de lunes a domingo.

–¿Por qué se les llama “paola”?

–Se les llama así porque cuando comenzaron a surgir estaba de moda la canción “Paola”, de El Sayayín; eso fue en el 2000.

–¿Cuáles son los días más tranquilos y los más pesados?

–Los jueves son tranquilos. Los viernes y los fines de semana son los más pesados. Hay días en que me gano 20 mil pesos. En este oficio se conoce al que paga sin problema y al que hace mala cara.

–¿Cómo defines a Calamar?

–Es el pueblo donde he aprendido a sobrevivir.

Al terminar la frase, miró al río y calló.

El mercado es invadido por un mutismo al mediodía: los vendedores se regresan a sus casas, se cierra la Plaza del Pescado y otros negocios. Quedan unas cuantas “paolas” rodando y algunas tiendas de abarrotes abiertas.

Pese a que el comercio no es tan intenso como antes, en el mercado de Calamar los colores del rebusque se mezclan con la resistente cotidianidad. La historia de este municipio de 24.900 habitantes, que cumple 171 años, no solo se alimenta de los nostálgicos, sino también del perrenque anfibio y de un río que es testigo de ello.

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