Cartagena perdió su vida de muelle

29 de septiembre de 2019 12:00 AM

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Los amaneceres de hace treinta años comenzaban con una campana que sonaba en el puerto y en la voz del locutor: “Se necesitan cuatro wincheros, cuatro aguadores, cuatro paleros, cuatro chequeadores”.

Cuando llegué a Cartagena, a finales de los setenta y me quedé a vivir en el amanecer de los ochenta, me despertó aquel anuncio en la radio. Pero esa campana no había dejado de sonar durante más de un siglo, porque era la vida de muelle y de puerto que formaban parte del patrimonio vivo de Cartagena. En noviembre de 1984, una de las primeras noticias que escribí en El Universal, fue la declaratoria de Patrimonio Histórico y Cultural de la Humanidad por parte de la Unesco para la ciudad. Escribí una nota que titulé: Estoy viva al pie del agua y junto a las piedras. Y muy temprano sonó el teléfono de Hortensia Cedrón, la secretaria de Gerencia, preguntando si eso era una crónica o un poema. En verdad la noticia ya estaba en las esquinas y plazas de la ciudad, y solo bastaba contarla desde otro ángulo. Y decidí contarla desde la voz de una piedra. Quienes preguntaban si era un poema eran el ingeniero y exalcalde José Henrique Rizo Pombo y su esposa, Carmencita Delgado, quienes recortaron y guardaron aquella nota que les pareció un poema. Esa tarde, en el Salón Vicente Martínez Martelo de la Alcaldía, había pocos asistentes a la ceremonia de esa declaratoria que señalaba que el jurado había elegido a Cartagena por su historia, su fortaleza, su puerto y su conjunto natural y monumental. La ciudadanía creía entonces que lo que se había premiado era el Centro Histórico con sus murallas y baluartes, pero en realidad fue todo el conjunto patrimonial, lo tangible que es riqueza viva con la herencia inmaterial. ¿Y eso para qué sirve? - se preguntó con desparpajo el pintor Alejandro Obregón, con incredulidad, pero su pregunta se complementó con otra pregunta: ¿Para qué y para quién el patrimonio de una ciudad?

En la mañana del miércoles pasado intentamos responder esa pregunta junto a Ricardo Chica y Bertha Arnedo, en un conversatorio que se realizó en el auditorio de El Universal, convocado por la Universidad de Cartagena, a través del Observatorio del Patrimonio Cultural, en alianza con el diario cartagenero.

En la vieja maestranza de El Arsenal, donde en más de una centuria se hicieron barcos, cañones, campanas y puertas de hierro, y donde en el fragor del antiguo mercado se prepararon manjares con los sabores y saberes indígenas, africanos y europeos, en el inmenso comedero bajo las estrellas, transcurrió la ciudad en una vida de muelle. Ricardo Chica Géliz dice que ha desaparecido la vida de muelle que bullía en la Bahía de las Ánimas con la renovación de los espacios urbanos que desterró un lugar de encuentro donde los cartageneros tomaban café, y jugos y comían patacones con queso. Esa vida de muelle que había sido natural durante siglos desapareció, lo que no significa que no pueda revitalizarse, porque los navegantes y las canoas siguen vigentes. Pero, al asomarnos a la bahía, los barcos ya no cumplen los itinerarios de aquellos años ni fluyen como mercados flotantes, sino como barcos de turismo. Las embarcaciones que zarpaban con plátano y coco hacia Curazao, Colón y el Pacífico solo fluyen en la nostalgia.

Un patrimonio para quién, vuelve a preguntarse Ricardo Chica. Esta responsabilidad de salvaguardar un patrimonio con sentido de pertenencia ciudadano no es solo de los periodistas, o ciertos voceros en las redes sociales, sino de la ciudadanía en integración con las universidades, las instituciones educativas. El profesor e investigador Ubaldo Elles Quintana propone en este debate que exista la Cátedra sobre Patrimonio Cultural de Cartagena para formar conciencias ciudadanas, y la señora Raquel Ochoa de Serrano, heredera y propietaria de la Casa Covo, una de las mansiones patrimoniales de la ciudad, reclama que exista una Secretaría del Patrimonio, porque tiene diez años de estar clamando ante las autoridades locales y nacionales para que se apliquen las normas sobre el patrimonio inmueble, según la Ley 388 de 1997, que busca compensar la limitación al dominio de estos inmuebles, exonerándolos del pago del impuesto predial para los años 2014, 2015 y 2016.

Eduardo García Martínez contó que Cartagena requiere de un movimiento de resistencia para preservar el patrimonio, y recordó que a principios del 2000 los vecinos de San Diego recuperaron el uso público de su parque tradicional, que estaba siendo usado de manera privada por los restauranteros. Eduardo dijo que los vecinos se hicieron sentir ante las instancias legales para recuperar su espacio público. Es muy complicado mantener una casa patrimonial como la Covo. “He visto destruir en diez años más de 25 casas hermosas de Manga, muchas de ellas patrimoniales, porque sus herederos se vieron acorralados por los impuestos y tuvieron que venderlas”, dice Raquel.

Juan Gutiérrez Magallanes, nacido en Chambacú, dijo que poco se habla del patrimonio ambiental, y él es un doliente del Caño de Juan Angola que en los días de su infancia sirvió de abastecimiento alimenticio de las familias. “Allí nos bañábamos los niños de mi generación y allí pescábamos sábalos y otras especies hoy extinguidas por la depredación y la contaminación de los cuerpos de agua de Cartagena”.

Epílogo

Cartagena no puede ser esa casa alquilada para la fiesta del mundo en detrimento de sus nativos. El patrimonio es la vida de una ciudad y sus habitantes, el desafío creativo y revitalizado de sus ámbitos de encuentro en esquinas, plazas y parques. No se debe pervertir lo público con la codicia delirante de lo privado. La nostalgia es un barco detenido en el muelle. La nostalgia no siempre es pasiva. Puede despertar nuevos zarpes y arraigos en el puerto de Cartagena.

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