Cine frente al mar, por primera vez

30 de junio de 2019 12:00 AM

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Las luces, bueno, las pocas lámparas que había, se apagaron a las diez de la noche. Entonces, en la playa Sounth West Bay reinó una oscuridad absoluta y expectante. Brillaban los ojos de los espectadores, brillaban las estrellas, la luna y su reflejo ondeante en el mar de los siete colores. Y, en fracciones de segundos, brilló el proyector y así como una creación divina se hizo el cine, hubo vida en la pantalla, un telón de nueve metros de ancho por cuatro de alto, a cielo abierto y a orillas del mar, casi alcanzado por el vaivén de las olas. Lo usual es ver cine en una sala de cine, común y corriente, quizá cine a la plaza, este era un increíble cine junto a la inmensidad del océano. Una combinación delirante y magistral: la maravilla del séptimo arte con la maravilla del paisaje natural de Providencia y Santa Catalina. Y un ingrediente extra: la historia de amor idílico entre Víctor Hugo y Candelaria, que se proyecta en la pantalla gigante y que ahora ilumina los rostros de los más de 300 isleños que han llegado para ver la película. La historia de Candelaria y Hugo enmudece al público, dibuja rasgos de fascinación en algunos asistentes esta noche, en otros no tanto. Es una película del director chocoano Jhonny Hendrix y narra cómo es que dos ancianos de 70 años redescubren su sexualidad y se atreven a experimentar frente a una cámara de video. Es una pasión tierna que transcurre en el contexto de la Cuba de los años 90 que, agobiada por los bloqueos, el hambre, el aburrimiento, los apagones y la pornografía, se alivia en la música, el tabaco, el ron y una mirada al horizonte que invita a la libertad. Es la película escogida para clausurar una muestra de cine del Festival Internacional de Cine de Cartagena de Indias (Ficci) llevada hacia aquel extremo paradisiaco de Colombia, enclavado en el mar Caribe.

Más que proyecciones

Antes, a las 7:30 de la noche, en un horario familiar, en la pantalla se proyectaba el ‘El Día de la Cabra’, un filme dirigido por Samir Oliveros. Y lo curioso es que su escenografía es la misma tierra que estamos pisando hoy, la fascinante Providencia y Santa Catalina. Varios de los personajes son actores naturales de aquí. La cotidianidad de sus paisajes ahora adornaban el telar blanco. Y, sin dudas, poder verse, ver sus lugares en esa pantalla inmensa, los satisfacía e interesaba.

‘El Día de la Cabra’ tiene otra particularidad: es la primera película que se filma en Colombia usando la lengua raizal de la isla, el creole: una mezcla de inglés y francés que hace única a esta población isleña. Por si fuera poco, tiene otro plus: la misma historia que narra. Toma como hilo conductor la experiencia de dos hermanos isleños incompatibles, que averían la camioneta de sus padres al atropellar una cabra. La producción hace gala de la naturaleza exuberante de la isla, de su música y de las costumbres más ancestrales, pero también al final deja un bonito mensaje de unión y fraternidad.

Antes de que este cine a cielo abierto se clausurara hoy con la historia de Candelaria y Hugo, ya los isleños habían disfrutado de una variedad de 18 filmes, el Festival Internacional de Cine de Cartagena de Indias se trasladó por tres días a las islas para que allí vivieran la magia de producciones capaces de transportarnos a otros lugares y de despertar sentimientos profundos. No solo llevaron películas, también 21 horas de talleres académicos para 50 realizadores audiovisuales de San Andrés, Providencia y Santa Catalina, además de un número similar de conversatorios entre directores, actores y los habitantes del archipiélago, la mayoría jóvenes, talentos en potencia, curiosos y ávidos de “mundos nuevos”. El público encontró en los talleres de formación un espacio para desahogarse, contar historias fantásticas, dignas de llevar a la pantalla grande, como el trágico y doloroso hundimiento del barco Betty B, en 1970, que transportaba a miembros de las familias más pudientes de San Andrés que venían a pasar Navidad en Providencia.

Un poco más
de Cartagena

El aforo estaba completo; la máquina de crispetas a toda producción y los isleños y turistas embelesados en el nostálgico amor de Víctor Hugo y Candelaria. Hubo otra historia conmovedora pero más que todo inspiradora y su protagonista es un cartagenero. La primera noche se proyectó el documental ‘Si yo puedo, tú puedes’, la historia del campeón mundial de surf, el cartagenero Freddy Marimón. Él estuvo en la mágica Providencia con su mamá, Ilsy Blanco, y su hermana Pamela. La ocasión sirvió además para que Freddy cumpliera el sueño de surfear en la aguas del archipiélago.

Otra cinta filmada en Providencia y vista a cielo abierto la segunda noche de proyecciones fue ‘Keyla’, una exhibición constante del profundo azul de las aguas que rodean la isla, de la fauna marina, de los senderos que se pueden recorrer en los siete kilómetros del territorio y del misticismo que regala la leyenda del capitán Morgan, el inglés que cegado por su ambición defraudó a la corona británica y halló en el archipiélago de San Andrés, Providencia y Santa Catalina el lugar ideal para asentarse y proteger sus tesoros.

‘Pájaros de Verano’, de Ciro Guerra, que cuenta descarnadamente y con una estética excepcional la historia de ascenso y descenso de una familia wayúu en medio de la bonanza marimbera entre los años 1960 y 1980 en La Guajira, también se exhibió en este espacio engalanado por la naturaleza.

Hay que mencionar que el Ficci en Providencia y Santa Catalina fue una experiencia nueva para los 5.248 habitantes de la isla. Muchos, sobre todo niños, nunca habían asistido a un cine. “En estos tres días nos sentimos más conectados con el continente y animados en que es posible, a través del cine, dar a conocer en cualquier rincón del mundo nuestra cultura y la belleza del territorio donde nos perteneció nacer”, exclamó muy entusiasmada Rubia Arenas, mientras veía ‘El Día de la Cabra’.

La muestra finalizó de la manera más sugerente y espléndida, con la presentación del cantautor providenciano Elkín Robinson, que tras una trayectoria admirable en la música iniciada desde los seis años y un recorrido por 15 países, curiosamente se presentó por primera vez en su isla acompañado de un séquito de músicos extraordinarios, entre ellos el legendario Willy Bee, experto en mandolina.

A ritmo de reggae, mento, calipso y polca, los asistentes se dejaron llevar por el entusiasmo y la envolvente magia elocuente y prometedora de Providencia y Santa Catalina para finalizar una noche iluminada por el cine, la luna y las estrellas.

“Que se haga anualmente”
Vivir esta relación íntima con el cine fue posible para los provincianos gracias a una alianza entre el Ficci y la Alcaldía de Providencia. “Juntamos objetivos de promoción turística de la isla con el sector audiovisual, y fue así como consolidamos un grupo de productores, directores, instituciones y periodistas para darle alcance a esta iniciativa y contribuir a promover las extraordinarias locaciones de la isla”, explicó Lina Rodríguez, directora del Ficci. “En la isla esperamos que este evento se haga anualmente. Nos dimos cuenta de que es una actividad que despierta los sentidos y las ganas de soñar y eso precisamente es lo que necesitan las nuevas generaciones, experiencias que las hagan ilusionarse con un futuro prometedor. Ya tenemos planes de abrir un cine en la isla y el Ficci ha sido motor para ello”, precisó el alcalde de Providencia, Benito Bent.
El cine llegó por mar
El Ficci se presentó en Providencia del 20 al 22 de junio. Hubo largometrajes y cortometrajes de países como Nicaragua, Colombia, Francia, Japón, República Dominicana, Alemania, Noruega, Argentina, Cuba, México y Dinamarca. Hasta las 6 de la tarde se presentaban en el teatro Midnight Dream y a partir de las 7:30 de la noche bajo las estrellas, en la playa Sounth West Bay. Todas las funciones atrajeron a los isleños y turistas masivamente. Todo se hizo con un presupuesto de $230 millones. La pantalla, el sonido, las luces, la planta eléctrica y hasta las sillas viajaron cinco días en un contenedor de 20 pies desde Cartagena a San Andrés y luego a Providencia. Armar la estructura completa a orillas del mar requirió de ocho horas y unos quince hombres, que a diario se esmeraban porque todo estuviera en su punto, incluso de encender fogatas en los alrededores que además de espantar los mosquitos propiciaban un ambiente aún más romántico que disponía emocionalmente al público.

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