Facetas


Crónica de la peste de 1348 que asoló a Florencia

Boccaccio cuenta que, en el Año de la Encarnación de Jesucristo, en 1348, la peste invadió a Florencia, en Italia, y venía viajando años atrás desde Oriente, atravesando ciudades y países.

GUSTAVO TATIS GUERRA

10 de enero de 2021 08:00 AM

Juan Boccaccio cierra la ventana de su casa y se queda en silencio en su habitación, pensando en la peste que ha asolado a Florencia en 1348. Las voces de siete muchachas jóvenes y tres muchachos le roban el sueño, mientras empieza a diseñar su historia en plena peste. También como ellos, escribir es otra manera de escapar de la catástrofe. Los diez jóvenes, presididos por Pampinea, huyen a más de una legua de la ciudad hacia la soledad, a una colina en donde han decidido reunirse a contar cuentos, cantar, comer y beber, y olvidarse de la peste.

Las historias enlazadas, que conforman más de quinientas páginas, y en las que cada uno de los diez se turna para contarlas, es el célebre y clásico Decamerón, escrito cuatro años después de la peste. Boccaccio cuenta que, en el Año de la Encarnación de Jesucristo, en 1348, la peste invadió a Florencia, en Italia, y venía viajando años atrás desde Oriente, atravesando ciudades y países, y siguiendo la ruta de Occidente. Los primeros contagiados en Florencia no fueron, como en Oriente, por una hemorragia por la nariz, sino por tumores en las ingles y en las axilas. “Los unos se ponían gordos, como una patata ordinaria, los otros como un huevo”, cuenta Boccaccio. Y el tumor iba invadiendo toda la piel. Otros síntomas eran las manchas negras o azules en los brazos, en las caderas y resto del cuerpo.

Todos los remedios de la época eran impotentes, dice Boccaccio. Y todos los que eran infectados morían al tercer día. La peste era terrible y devastadora porque los enfermos contagiaban a los sanos. Boccaccio contempló la escena de dos cerdos por las calles de Florencia que se disputaban con su hocico unas vendas de algún infectado que alguien había arrojado en plena vía y apenas las mordieron, los cerdos se envenenaron y murieron en pocos minutos. El consejo de los médicos de la época era que la prudencia, la moderación y la sobriedad serían el mejor antídoto contra la peste y el mejor de los preservativos. Florencia quedó a merced de la peste, porque los que tenían la tarea de gobernar no podían hacerlo encerrados y quienes debían ejecutar obras estaban enfermos o a punto de morirse; la ciudad estaba a la deriva, sin leyes divinas ni humanas, estaba sumergida en la ruina y en la postración absoluta.

En medio de ese paisaje atroz, Boccaccio descubrió dos conductas sociales, la de los que encerrados no abandonaban su vida en la prolongada cuarentena, protegidos con sus familias, y los que preferían ignorar la amenaza letal de la peste saliendo del encierro “llevando flores o hierbas de olor o algún perfume cuyo aroma aspiraban a menudo, para así proteger sus órganos de la infección, pues el aire entero parecía infectado por el hedor de los cadáveres, los enfermos y los remedios”. Otros, decididos de manera despiadada a escapar de la peste, huyeron de Florencia, pensando solo en su conveniencia individual, y abandonaron sus familias y sus casas y se refugiaron en la soledad de los campos, convencidos de que muy pronto pasaría “la cólera de Dios” y que hasta el campo no llegaría. Boccaccio vio también que Florencia quedó en manos de gente inescrupulosa que hacía lo que le venía en gana, no importándole el dolor ajeno ni la tragedia colectiva. Las mujeres pudorosas en medio de la peste ya no tenían reparos en desnudar su cuerpo para ser examinadas ante los síntomas del mal. Algunas que se salvaron “tuvieron en lo sucesivo menos pudor y vergüenza”, dice el cronista.

“Fueron tantos los que a diario morían, tanto por la virulencia de la enfermedad como por la imposibilidad de procurarse los remedios necesarios, que era aquel el cuadro más horroroso que se haya visto jamás o del que se haya hablado jamás”. La peste cambió las costumbres de los florentinos ante la vida y la muerte. “En el momento de la muerte, ya no se estaba rodeado de mujeres, de parientes y de vecinos, que antes acudían a llorar en torno al lecho. Los vecinos, los parientes próximos, la masa de ciudadanos y, según la calidad del muerto, el clero, ya no esperaban a la puerta de la casa. Sus semejantes ya no llevaban sobre sus hombros con pompa y magnificencia al difunto, precedido de cirios funerarios, a la iglesia que él mismo había elegido antes de su muerte. Por el contrario, se abandonaba la vida sin testigos, y tan solo a un pequeño número de personas se les dispersaban las lamentaciones y los llantos de sus amigos. En lugar de tales signos de dolor, se solían escuchar en los duelos palabras divertidas y estallidos de risa, costumbres que las mujeres, sacrificando su natural piedad en interés de su propia salud, habían adoptado fácilmente”.

Hasta la sepultura solo asistían diez o doce vecinos. A veces eran cargadores humildes de Florencia escogidos para llevar el ataúd de la casa a la iglesia, acompañados de cinco o seis sacerdotes. También ellos, temerosos de ser contagiados, soltaban sus plegarias y ordenaban que sepultaran al muerto en “la primera fosa vacante”. Como en aquellos tiempos la escasez de ataúdes era patética y la vigilia de los carpinteros no daba abasto, los mismos carpinteros, en comunión con los deudos, hacían unas cajas enormes en las que metían a dos y tres muertos. En una de esas cajas metían a la mujer y a su marido, en otras, al padre y al hijo; en otra, dos o tres hermanos.

A veces los sacerdotes iban a enterrar a un muerto y se tropezaban con varios cargadores que llevaban dos y tres ataúdes, y en vez de enterrar a uno solo, enterraban al mismo tiempo, seis, siete, ocho muertos y hasta muchos más en una misma fosa.

Boccaccio vio en aquellas escenas de la peste que nadie era sepultado con luminarias ni ceremonias, hasta el punto que enterrar a un muerto se volvió tan común y lo más triste es que “ni el sentimiento alguno les acompañaba. Se había llegado al extremo de sentir tanto la muerte de un hombre, como sentimos hoy la del animal más despreciable”. La gente más pobre del campo, al igual que las ciudades, también abandonó sus costumbres, estaban amenazados por la pandemia y por la miseria. Y allí, bajo sus chozas y en sus granjas, amanecían con sus parientes aún vivos, desayunaban con ellos y ya eran difuntos en la cena. Pero él lo dice mejor: “Comieron en la mañana con sus parientes, sus compañeros y sus amigos y cenaron por la noche, en el otro mundo, con sus antepasados”. Dice Boccaccio que fue tan cruel la peste que en solo cuatro meses murieron en Florencia más de cien mil personas, pero la cifra aumentaba cada vez más arrasando con una población entera.

Cuentos para escapar de la peste

Fue así como Juan Boccaccio intentó escapar de la peste escribiendo una historia que pasó de las quinientas páginas, su legendario Decamerón, y bautizó a sus personajes como Pánfilo, Filóstrato y Dioneo, los tres muchachos, y bautizó a las siete muchachas como Pampinea, Fiammetta, Filomena, Emilia, Lauretta, Neifila y Elisa. Los diez muchachos luego de escapar de Florencia a una colina aislada se sentaron a la mesa a celebrar la vida. Dioneo llevó su laúd y Fiammetta su viola. Los dos iniciaron la fiesta. Y cada uno empezó a contar historias, algunas de tradición oral, otras de travesuras, aventuras amorosas, intimismos eróticos, todas con lecciones morales al final de todos ellos, y ocurrencias que aluden los miedos, los prejuicios, los tabúes y también el deseo de libertad en medio de la peste. Todas las pestes que ha vivido la humanidad han sido inspiradoras de cuentos, novelas, pinturas, canciones, dramas y epopeyas.

Desde las primeras, que ocurrieron en Atenas en el año 430 antes de Cristo, que motivaron a Sófocles a escribir algunas de sus tragedias; la peste de 1664 en Londres que llevó a Daniel Defoe a escribir su célebre novela Diario del año de la peste; la peste negra de 1346 en Europa, la peste de cólera de 1849 en Cartagena de Indias en la que García Márquez recrea la historia de amor de sus padres, transmutando y transgrediendo el tiempo. Sus padres nacieron a principios de siglo XX. La peste de Argel inspiró a Albert Camus a escribir su novela La peste, cuyas páginas parecen devolvernos al presente, con todos sus dramas y horrores. La peste de cólera, que también aparece en la novela Muerte en Venecia, de Thomas Mann. La peste de la gripe española de 1918 que también estimuló la escritura de ficciones y testimonios. La peste que ha asolado al mundo desde 2020 desafía a novelistas, cineastas, músicos, artistas, pensadores, científicos. La peste es una de las grandes obsesiones de García Márquez y así lo confiesa en su columna La peste, publicada en El Espectador en 1981, texto que figura en su libro Notas de Prensa 1980-1984, publicado por el Grupo Editorial Norma.

Epílogo

Nadie escapa a la tentación de contar historias en medio de la peste, para conjurar la inminencia del peligro o el riesgo de morir. Esa vocación humana prevalece desde las cavernas hasta nuestros días. En todas las pestes, tanto medievales como de la antigüedad, hay semejanzas y coincidencias. En las pestes bíblicas se cree que eran un castigo de Dios.

En la peste vivida por Boccaccio en Florencia, los miedos son similares a los de hoy en el mundo. El aire de Florencia estaba tan viciado como sus aguas, que el olor que flotaba en la ciudad era el de la muerte. Las muchachas de la época, para espantar ese olor, buscaban el perfume de ciertas flores y plantas. Y lo llevaban consigo cuando salían de casa.

Después de la peste, Juan Boccaccio se enamoró de una mujer casada que le correspondió, pero terminó dejándolo por temor, y el escritor se sumergió en un desaliento absoluto, padeció quebrantos de salud y desastres económicos y se aisló en Certaldo, en Italia, tierra de su padre, en donde murió a sus sesenta y dos años, en 1375.