Crónica del que huyó de la peste

24 de mayo de 2020 08:00 AM

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Susana* estuvo tirada en cama días después de iniciada la cuarentena, contagiada de coronavirus, pero ya está en pie. Es una parienta colombiana que ya pasó de los cincuenta años y vive en Madrid, que se ha escapado con fortuna de la peste que ha paralizado al mundo en este 2020. Cada mañana, mientras podía, la llamé, conversé con ella, le di ánimos, le sugerí unos libros balsámicos que con solo leerlos le daría felicidad a su espíritu, le escribí para que contara la evolución y desarrollo del contagio y en este mayo con lluvias y mangos el resultado ha sido exitoso. No es fácil.

“El viernes 13 de marzo, el gobierno español decretó el confinamiento de toda la población para encarar la pandemia. Compré agua, vitamina C y libros, y me encerré. Tuve el voto de confianza de que el virus no llegaría a mí. El domingo sentí escalofríos en la espalda, como un latigazo que duró siete días, acompañado de una leve fiebre que no llegó a 38 grados y medio. Sentí mucho dolor en las extremidades, las piernas, me sentía pesada, se me dificultaba todo. Sentía muchísima sed. Moverte y decidir comer, cocinar, beber agua, era algo titánico y tenía que postergar. La energía se te va. Pensar, hablar, moverte, es una complicación enorme. Estaba sola. Levantarme por mí misma e intentarlo hacer como es mi rutina, yo he sido siempre, autónoma, no lo podía hacer. Llamé a una vecina y le dije que creía que estaba afectada, llamé a mis hijas y les pedí que llamaran a un centro médico. Ellas viven en los Estados Unidos. No tenía voluntad ni para hablar. Desde allá llamaron a un internista en Madrid. El médico se comunicó: ‘Parece ser coronavirus. Tienes que mantenerte en reposo, quieta, tendrás una gran sed, una gran resequedad’. Bebía mucha agua y la permanente e incómoda ida al baño y el cansancio permanente. Luego se fue la fiebre y quedó la debilidad, se fue la sensación del latigazo, mareada, me salió un brote en la piel, en la espalda que se fue para el pecho. No tuve síntomas gastrointestinales. ¿Cuáles serían las tres cosas que me sirvieron y ayudaron mucho para salir del coronavirus? El reposo absoluto fue fundamental, reposo hasta de hablar y de pensar. Mucha agua, hidratada todo el tiempo, muy importante. Tomé mucho caldo e infusiones calientes. Respiraba profundo. Paciencia ha sido la virtud mayor porque los síntomas demoran en desaparecer. La angustia es lo peor y en las noches me daba cierta angustia, eso me afectaba la respiración. Cuando lograba relajarme, podía respirar profundo. Pedir ayuda es muy importante y escuchar a otras personas que pueden decidir por ti, si llegas a perder la voluntad. Yo me recuperé en aproximadamente cinco semanas, pensé que demoraría más. Y, como soy psicóloga, me di cuenta de que volverme a encontrar con mis pacientes, debía tener paciencia y fortaleza, que es la que falta cuando estás enfermo.

“En el momento en que me sentí mejor, empecé a cocinar y me di cuenta de que le estaba poniendo mucha sal a todo. Perdí el gusto y el olfato. Este es otro de los síntomas. Se me olvidaba decir que las infusiones calientes son buenísimas para la garganta antes de dormirme. Jengibre con miel y limón me ayudaba mucho. Me calentaba y me quitaba las mucosidades. Me ayudó montones”.

Ya está en pie Susana, con las energías recuperadas. Fue balsámico y transmutador leer algunos poemas de Jorge Luis Borges, releer salmos y proverbios, y reencontrarse con la belleza encantadora de la poesía y las narraciones inspiradoras.

El drama de Iolanda en Italia

Iolanda Mazzali, la tía de mi amigo Davide que vivía en Pesaro, Italia, de 82 años, fue una de las primeras en morir apenas empezó la peste en Italia. Murió sola en su habitación frente al mar. A esa mujer vitalista y feliz, con sentido de humor contagioso, aguerrida, de cabellos dorados, que decidió mudar su soledad a un lugar muy lejos de los recuerdos tristes, más allá del lugar donde había partido temprano su marido aún joven, la veo ahora en las fotos que me envía Davide, y él me la describe así: “Mi tía, a la que llamábamos Fanni, buscó una casa en un lugar cercano a la playa, un lugar de gente sencilla y amable, un lugar donde la sonrisa se levanta con el sol”. Qué bello eso. Levantarse con la misma sonrisa del sol. Y tener como ella “una mirada infinita y sin frontera, una mujer que, pese a sus años, siempre tenía la energía de quien está descubriendo el mundo. Una mujer sensitiva, que una mañana de marzo de este 2020, luego de una noche feliz de una cena con vinos y su sonrisa iluminando la noche, despertó con una persistente tos que ella subestimó diciendo que era “una simple tos, una simple gripe”. Y después una fiebre que fue calentando su cuerpo y su espíritu, poseída ya por el contagio mortal, y como siempre, dijo sonriente, “es una simple fiebre”. Estaba dispuesta a seguir caminando como siempre lo había hecho en los últimos cincuenta años de los amaneceres, y se fue sin hacer demasiado ruido, “se llevó el sol amaneciendo y dejó espacio a la luna con su fresca lágrima”. La tragedia de la muerte de Iolanda o Fanni devolvió a mi amigo a las noches medievales en que la peste impedía sepultar a los muertos y despedirse de los seres queridos sin ninguna ceremonia. En esta pandemia el drama nos ha devuelto a la tragedia griega de los cadáveres insepultos que tienen que desaparecer bajo el fuego. De ella prevalecerá el espíritu de una criatura feliz dorada por el sol, que hasta el último día de su vida estuvo dispuesta a brindar por el milagro planetario de la vida. Y festejar el otro milagro de la amistad que, bajo esta peste, cobra su pura, legítima e insobornable dimensión: esa amistad que es un pacto de sangre y espíritu y sobrevive a las pestes y a los cataclismos naturales, sociales, ambientales y políticos que vivimos. Lo grave no ha sido la peste sino la peste que hemos sido los seres humanos a lo largo de la historia de la humanidad.

Fue Davive quien me hizo ver la mentira rodada en redes de que ciertos italianos en medio de la peste arrojaban sus euros a la calle para que se los llevara el viento, ante el colapso financiero del mundo. Eso nunca ocurrió, pero sí en la imaginación de algunos fabricantes de mentiras en redes sociales.

Buscando el calor de la casa

La joven italiana Virginia Intorcia estaba de paso por Cartagena cuando se decretó la cuarentena y quedó atrapada en la ciudad hasta que un avión humanitario italiano la devolvió a su país y a su casa natal en Milán. Afortunadamente encontró a su familia protegida, pero el drama a su alrededor le recordó la tragedia contada por Bocaccio, Albert Camus o Daniel Defoe. Dice que el calor humano de la casa y la familia es esencial para encarar esta peste.

“La situación es muy complicada en todo el mundo”, me dice en un mensaje de finales de abril. “Esta pandemia ha demostrado la debilidad de nuestro sistema económico y la no sostenibilidad de nuestras vidas en respeto a la naturaleza sino también el respeto a la esencia misma del ser humano. Espero que esta pandemia sea la oportunidad para reflexionar sobre el sentido como la humanidad, la belleza y la igualdad. Ahora tenemos que enfrentar meses muy difíciles, pero sin la oscuridad no sería posible mirar las estrellas. Ya tuvimos pandemias en la historia de la humanidad y luego momentos de intensa floración cultural. El daño más grave que esta pandemia puede traer es que todo sea igual a antes cuando termine. Cada día debemos generar un nuevo mejor yo. Y en este momento esto es aún más necesaria la cultura, el amor, la belleza, las ganas de compartir y sobretodo, sentido de responsabilidad. Cada acción es importante y puede afectar el futuro. Como dijo mi amado Fedor Dostovieski: la belleza salvará el mundo”.

Epílogo

Tres mujeres. Una en España que venció el coronavirus. Una que murió en Italia. Otra que regresó de Cartagena a Italia. Pienso en la soledad de mi madre en Barranquilla. Pienso en la soledad de millares de seres humanos que se quedaron atrapados en la cuarentena con la virtud maravillosa en medio del dolor, de estar consigo mismas, en el duelo y en la esperanza de seguir soñando hasta el final de la vida. Más allá de la peste. Celebrando frente al mar como Iolanda, aunque la muerte se hubiera adelantado para arrebatarle su sonrisa. Y ella no la perdió en ningún momento porque todo era tan pequeño. Todo era una pequeña gripe, una pequeña tos, una pequeña fiebre. Y la muerte tan pequeña y malvada estaba frente a ella como las olas, esperando dar el zarpazo mientras ella se sonreía.

*Nombre cambiado a solicitud de la fuente.

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