Crónicas de un cartagenero en Jerusalén

26 de mayo de 2019 12:00 AM

ENVIAR PÁGINA POR CORREO

A finales de marzo todavía está haciendo frío. Me quito los guantes para contar las moneditas que me pagan el colectivo. Mi transporte diario es una minivan antigua y oxidada, más vieja, seguramente, que la muralla que impide su paso al llegar a la última parada. El colectivo recorre la avenida principal de la ciudad, su tocaya, una arteria obstruida de carros que fluye desde su corazón hacia sus extremidades.

Todos los días paso el mismo desayunadero, Colombiano Café. Aunque siempre me dan ganas de pedir un tinto, si arriesgo la parada llego tarde al trabajo, y si me lo llevo dentro del colectivo seguro me lo riego encima, ya sea por el estremecer característico de carro viejo, o por traste.

Entre mis memorias más precoces recuerdo el tono solemne de las oraciones matutinas en El Minuto de Dios, hirviendo a fuego lento desde la radio en la cocina. Por eso me deben parecer hipnotizantes aquellos rezos cuando comienzan a emanar desde la radio en el colectivo, aunque no entienda muy bien ni su semántica ni mucho menos los matices de su misticismo.

Pero bueno, para eso es la nostalgia. Para tenerle cariño a las abstracciones maximalistas del nombre de Dios adheridas a los parachoques de los carros que van amontonados en la avenida, un rebaño que se aproxima lentamente a su sitio de peregrinaje.

En realidad, la mayoría de los carros no va a Jerusalén. No tienen permiso. Y los que sí van — y los que, como yo, vamos en minivan — no van de peregrinaje.

Yo iba era a trabajar. A finales de marzo, llevaba dos semanas aquí y, la verdad, todavía no había llegado a la Ciudad Vieja de Jerusalén, que me quedaba a diez minutos caminando del trabajo. Seguro lo haría a menudo, así fuera por ocio, si viviera un poco más cerca.

Pero no vivo en Jerusalén sino un poco al norte, en la pequeña metrópolis de Ramala. Y aunque apenas sean unos cortos 14 kilómetros de recorrido desde mi apartamento al trabajo — un poco más cerca que de Getsemaní a Mamonal — entre el colectivo, el tráfico, “la muralla” y el bus, me demoraba una hora y media en llegar. Salía del trabajo media hora antes del zarpar del último bus en la noche, y no me da para pasear las catorce estaciones de la cruz, ni una.

Hay mucho que ver aquí para un cartagenero en Jerusalén — y con Ramala y Belén ni se diga — pero no es nada de lo esperado, ni nada es lo que parece. Deja a un lado todo lo que crees cierto y certero: olvídate de las iglesias, de los peregrinos y de los milagros. Prepárate más bien para un microcosmo de entropía, de terrorismo, de violencia y opresión, no siempre explícitas sino marcadas en las más mínimas minucias del diario vivir.

La región entera es un poco montañosa. Después de todo, Jerusalén queda sobre el Monte de Sion. En lo alto de una colina en Ramala, hay un edificio desde donde, si te ubicas bien, puedes ver todo a tus alrededores: de Jerusalén al Mar Mediterráneo, todo detrás de una muralla enorme que serpentea alrededor nuestro, una víbora armada con atalayas, reflectores, tanques, francotiradores y los infames puestos de control, que no son puntos sino complejos enteros de seguridad.

De cierto modo, no es en la Ciudad Vieja sino ahí, cuando paso por un torniquete enorme para que un joven de mi edad, armado con un rifle obscenamente sobredimensionado, inspeccione los sándwiches en mi morral — es ahí donde me siento abrumado por mis emociones, aturdido como si me hubiese encontrado ahí por accidente, en todo el centro del universo.

Después de unas pocas visitas, la Ciudad Vieja de Jerusalén ya me parece un poco cansona. Rodeada por una muralla alta de piedra caliza — la afamada piedra de Jerusalén — este kilómetro cuadrado y sus milenios de historia representaban la ciudad entera hace apenas un siglo, aunque hoy sea apenas uno de sus barrios.

Las semejanzas entre la Ciudad Vieja de Jerusalén y el Centro Histórico de Cartagena no se limitan ni a su nombre, ni a su tamaño, ni a su desarrollo geográfico. La Ciudad Vieja me parece cansona porque, a pesar de sus encantos innegables, está asediada por múltiples problemáticas que diluyen su esplendor, las mismas que asedian el fotogénico eje de nuestra propia ciudad.

Seguro ya sabes de qué se trata.

Antaño, el turismo se trataba de explorar entornos casi anónimos y de integrarse — así sea por poco tiempo — a una nueva comunidad, pues recordemos que antes del transporte aeronáutico un viaje podía tardar meses en completar. Sin embargo, la revolución aeronáutica no es lo único que cambió el panorama del turismo. La invención de medios de comunicación masiva como la radio, la televisión y ahora el internet han generado una explosión de contenidos y “conocimientos” sobre culturas y entornos ajenos. Ya no quedan sitios anónimos.

No es que se haya desvanecido el encanto de conocer en persona algo que ninguna televisión puede igualar. Pero ahora, abrumándonos con expectativas específicas — “tienes que ver esto”, “tienes que comer lo otro” — el arte de viajar se ha transformado en una industria que reacciona a imperativas capitalistas: donde hay interés, hay abasto; y donde hay abasto, hay consumo.

Esta tendencia circular ha resultado en la transformación de los mismos espacios que vamos, supuestamente, a conocer. Pero si aquello que está para conocer en sí se transforma en respuesta a nuestras expectativas — nuestro interés de consumo — ¿no será que no vamos “a conocer” algo desconocido sino “a conseguir” lo que ya buscábamos?

Por ejemplo, a pesar de los avances que ha logrado nuestro país en los últimos treinta años, muchos extranjeros aún asocian a Colombia con el vicio. Y donde hay interés, hay abasto. Por eso, cuando el mundo “descubrió” a Cartagena, no vino “a conocer” a Cartagena sino “a conseguir” lo que sus fantasías anticuadas le habían prometido: fiesta, sexo y droga. En otra época, el Centro Histórico era un plan calmado a cualquier hora y para todas las edades — pero, hombre, si vicio quiere, ¡se le tiene! Y he ahí cómo “la mano invisible” transformó la fantasía en realidad.

La Ciudad Vieja de Jerusalén también responde a una fantasía. Aunque su transcendencia religiosa sea indiscutible, la marea constante de peregrinos y otros orientalistas curiosos ha producido una mercantilización absurda de su cultura material. Aquí mismo te explican que la Ciudad Vieja es la capital del engaño. Esos íconos de la Virgen no son pintados sino impresos, esas alfombras no son de ninguna seda, esas cerámicas artesanales las fabrican unos niños en China, esos joyeros divinos de nácar fueron traídos de contrabando, esos sombreros tradicionales ni siquiera se usan en este país, pero ¿quién lo iba a saber? Los comerciantes te acorralan y te ofrecen un “descuento” porque dizque ayer nació su primogénito, y si no les compras te insultan.

La gente aquí no es que sea así, pero la Ciudad Vieja es un planeta distinto.

La fantasía no solo se transforma en realidad, sino que también la eclipsa. Esto es lo más triste. Los mismos peregrinos cristianos se envuelven tanto en su búsqueda del misterio de Jesús que ignoran una situación sociopolítica que a Jesús mismo indignaría. Lamentablemente, a pesar del régimen de apartheid al que están sometidos los palestinos en Jerusalén, el glamor divino de la ciudad ha eclipsado las angustias terrenales de sus residentes.

Dejémonos de vainas, es igual que en Cartagena.

Ahora te puedes comunicar con El Universal a través de Whatsapp

  • Videos
  • Mensajes
  • Fotos
  • Notas de voz

cuando seas testigo de algún hecho noticioso, envíalo al: 321 - 5255724. No recibimos llamadas.

LEA MÁS SOBRE Facetas

DE INTERÉS