“Cuando el jazz te pica, no te suelta jamás”: Adrián Herrera “Cuando el jazz te pica, no te suelta jamás”

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Adrián Herrera empezó a tocar el piano cuando tenía cinco años, en la Casa de la Cultura Ricardo Nieto, en Palmira (Valle del Cauca). Desde entonces no ha dejado de hundir las teclas y de ser un estudioso de la música.

Ha pasado por innumerables estudios. En 1988 entró al Conservatorio Antonio María Valencia, donde desarrolló la carrera en piano clásico. En 1998 tuvo la oportunidad de Estudiar en el Musicians Institute, de Los Ángeles, California, donde obtuvo el premio al mejor estudiante del KIT en el año 2000.

En 2009 se ganó una beca Fulbright-Ministerio de Cultura para hacer una Maestría en Jazz Performance en Estados Unidos, en la Aaron Copland School of Music, adjunta al Queens College del City University of New York, obteniendo el grado de Master of Arts in Jazz Performance en 2011.

Gracias a un Teaching assistanship, otorgado por la Universidad de Illinois at Urbana Champaign, en 2013 estudió en esta prestigiosa alma mater (puesto 10 a nivel internacional entre las Facultades de Música) para obtener su Doctor of Muscial Arts in Jazz Performance (DMA), título que le fue otorgado en diciembre de 2017

Es el líder de la banda ganadora del VII Festival Voces del Jazz, que se realizó recientemente en Cartagena y reúne a los mejores jóvenes jazzistas del país. El segundo lugar, en este mismo evento, fue para la banda de Manizales Jah Lous, y en el tercero quedó la banda Río Arriba de Barranquilla.

Charlamos con el ganador.

¿Cómo estuvo el nivel de las bandas en el VII Voces del Jazz?

-Se vieron bandas emergentes de diferentes zonas del país con un grado de compromiso muy serio y un concepto ya claro acerca de sus propuestas artísticas. El Festival mostró lo que está sucediendo en la escena del jazz colombiano: unos grupos que están iniciando sus propuestas, otros que están en la mitad de su camino y otros un poco más maduros, a nivel de ejecución, ensamble y comunicación.

¿Como describe su experiencia y la de su banda en Voces del Jazz?

-En una sola palabra, maravillosa. Mis músicos y yo (y sé que hablo por ellos) estuvimos muy contentos. ¿Qué más enriquecedor que estar en un festival haciendo lo que te gusta, disfrutando del clima costero, escuchando buena música y fuera de eso recibiendo el reconocimiento como la mejor banda? Estos espacios de creatividad colectiva enseñan muchísimo. El solo hecho de escuchar y conocer músicos de otras regiones te da una visión más universal de lo que está sucediendo y, por ende, esto alimenta tu música. El hablar con ellos y compartir fuera y dentro del escenario fue algo que disfrutamos mucho en esta versión del Festival.

El estar entre colegas que comparten intereses por este maravilloso arte siempre es alucinante y los músicos buscamos esto todo el tiempo.

¿Hacia dónde va, cómo y cuál es la tendencia de los músicos que cultivan el jazz en Colombia?

-Colombia es un territorio multicultural y pluralista y las tendencias de su música son el reflejo de esta condición. El jazz colombiano no es la excepción, y existen diversas tendencias. Están quienes, como yo, hemos tenido la oportunidad de estudiar las bases sólidas de esta música en el exterior y propendemos por homenajear la tradición jazzística norteamericana, pero investigando, a la vez, formas de tocar más contemporáneas a través de una ruptura y modulación muy consciente del lenguaje tradicional, como el be-bop y el hard-bop, y llevando su interpretación a un nivel más futurista. Están quienes buscan unir la tradición de la música colombiana con las herramientas del jazz americano tratando de encontrar un camino más universal. Esta tendencia es protagonista en ciudades como Nueva York, donde es fácil encontrar fusiones de las músicas folclóricas de todo el mundo con el movimiento jazzístico.

Finalmente, yo alcanzo a identificar un movimiento de músicas improvisadas que no necesariamente usan los códigos idiomáticos del jazz tradicional, pero por su naturaleza improvisadora y comunicativa entran en el marco global de las músicas consideradas como parte de este género. A pesar de nombrar solo tres corrientes, pienso que este movimiento es mucho más grande de lo que pensamos y creo que también es el reflejo de lo que está sucediendo a nivel global.

De las bandas participantes en Voces del Jazz, ¿cual le llamó la atención?

-A pesar de encontrar muchas propuestas muy interesantes, incluyendo una de carácter incluyente, como la orquesta de videntes liderada por Frank Villanueva; y otra de tremendo nivel interpretativo, como Jah Lous, creo que la que más me llamó la atención, no solo por su calidad interpretativa, sino por su originalidad, fue la banda de Barranquilla llamada Río Arriba. Estos muchachos tan jóvenes ya tienen una idea clara de a dónde quieren apuntar. La originalidad de sus composiciones y arreglos es muy notable. Armónicamente, encuentran un equilibrio entre el folclor y las herramientas que están aprendiendo del jazz, sin sonar pretenciosos. Otro aspecto que me dejó muy impresionado es la concepción rítmica de una riqueza que indudablemente viene de una apropiación del lenguaje tradicional colombiano, que ellos investigan.

¿La selección para los músicos de su banda como se dio?

-Es muy importante aclarar que en el jazz los músicos no permanecen juntos mucho tiempo o son reemplazados temporalmente por otros, como no sucede en otras músicas como el pop o el rock. Sin embargo, los proyectos siempre pueden subsistir debido al alto nivel de los intérpretes de esta música, que pueden lograr cosas maravillosas con unos pocos ensayos y a veces mucho más artísticas que agrupaciones permanentes. En mi caso, yo empecé el proyecto en Estados Unidos, cuando estaba realizando mis estudios de doctorado en jazz performance en la Universidad de Illinois con músicos americanos compañeros del doctorado de un alto nivel interpretativo. Luego, a mi regreso, tuve el inmenso placer de rearmar el proyecto con músicos colombianos amigos míos también de una gran calidad, pero teniendo en cuenta las necesidades interpretativas de mi música. Para ello convoqué a Pedro Acosta en la batería, Lucho Guevara en el bajo eléctrico, Pavel Susaeta en la trompeta y Felipe Cárdenas en el saxo tenor. Pero, como ya dije, es común que cambien los miembros de acuerdo con las necesidades, pero también a las ocupaciones de los miembros oficiales. En esta oportunidad me acompañaron tres miembros temporales, con la grata fortuna de estar a la misma altura interpretativa de los originales. Esto es común en el jazz y los resultados siempre son sorprendentes.

El mejor arreglo en homenaje a Alejo Durán fue el suyo. ¿Qué tuvo en cuenta y cómo ve que un festival dirija su mirada al vallenato y lo traduzca al jazz?

-Para mí todo esto es un ejercicio compositivo. De la misma manera que un profesor de composición te pone parámetros para componer como una melodía específica, una escala, un espectro armónico o un estilo en particular, este festival puso un parámetro compositivo bastante exigente, como es el hecho de homenajear a un juglar de esta envergadura. Yo, particularmente, escuché muchas versiones de la canción que escogí y decidí fijarme mucho en el aspecto rítmico del compositor, que es extremadamente interesante, para luego darle un giro armónico más moderno, sin desestimar el espíritu de la canción. Es fácil caer en el cliché de tocar un vallenato con acordes raros, y yo traté simplemente de usar los aspectos relevantes de la canción, para crear una estética más acorde a mi estilo de tocar. Con respecto al hecho de dirigir la mirada a estas músicas, pienso que el Festival está haciendo algo que es ya tradición en los países del primer mundo. Las tendencias de las que hablé son pan de cada día en el jazz internacional, y en este sentido el Festival es vanguardia al integrar las músicas populares como parámetros de calificación. Esto siempre es positivo en la proyección de nuestro folclor.

¿Su cercanía o búsqueda musical en el jazz cuándo empezó?

-Siempre he dicho que el jazz es como un bichito que cuando te pica no te suelta jamás. Esto me sucedió cuando estaba en el Conservatorio Antonio María Valencia, de Cali, donde cursaba mis estudios de piano clásico, por allá en el año 90. Un gran amigo, y alguien a quien considero uno de mis mentores, llamado Jaime Henao, me mostró un disco de jazz que me cambió la vida. No recuerdo si fue Kind of Blue, de Miles Davis; o un disco de Bill Evans, pero el hecho es que me enamoré perdidamente del piano jazz, y desde entonces decidí estudiar esta música paralelamente con mi formación clásica y por mi cuenta, con ayuda de libros y alguna que otra información compartida. Al terminar mis estudios de piano clásico, decidí viajar a Estados Unidos para aprender de primera mano este arte, y pienso que el objetivo se logró, ya que estuve durante varias ocasiones y varios años en este país estudiando y obteniendo mi Artist diploma, mi maestría y doctorado en esta apasionante música.

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