Facetas


Cuando te matan a un hijo

Su hijo había muerto, ella necesitaba saber la verdad y yo hubiera querido poder darle un buen consejo.

LAURA ANAYA GARRIDO

16 de enero de 2022 08:00 AM

Me propuse no hacerle a María* ni una sola pregunta sobre el asesinato de su hijo, pero a ella el dolor simplemente le brotaba por la boca. Aquel lunes, después de tres o cuatro años, no recuerdo bien, ella había regresado a mi casa a limpiar y lavar. Era su segunda jornada laboral después de aquello, me dijo. Volví a darle mis condolencias. Le pregunté por su mamá y me respondió que también estaba destrozada. También. Ni siquiera supe qué decir y creo a María no le gustan los silencios. Le puede interesar: Aquella llamada de un sicario y otros episodios tras las crónicas rojas

—Yo necesito saber quién lo mató y por qué- comenzó.

—Claro, baby, claro.

—Es que, Lorena —siempre me ha llamado por mi segundo nombre—, a mi hijo no lo mataron para atracarlo, nada, para eso le hubieran dado un totazo y ya. Si lo hubieran matado para atracarlo, bueno, yo dijera: lo mataron para atracarlo, pero no, es que le dieron golpes en la cabeza, me lo amarraron. Y qué le iban a quitar, si él no tenía nada.

¿Qué podía decir yo, más allá del infinita y tristemente desgastado “lo siento mucho” o “Dios te dará fuerzas”?, pensaba, mientras ella seguía expeliendo su dolor en cada sílaba.

—Tú... perdóname que yo te cuente todo esto- dijo.

—No, no, no te preocupes.

El chico, su hijo mayor, tenía 21 años y había salido hacía exactamente 21 días a visitar a su abuela en un barrio diferente al suyo. Al ver que pasaban las horas, no regresaba y nadie le daba razón de él, María salió a buscarlo en cuanto hospital pudo, y todo para que horas después se le cayera el mundo encima al saber que el de su muchacho ya no era un cuerpo con alma, sino un cadáver que algún desconocido encontró tirado en un lote. Un cadáver que estaba sin identificar en la morgue de Medicina Legal. Uno que tenía golpes en la boca, en la sien, en la parte posterior de la cabeza. Uno a cuyas manos habían amarrado.

No sé cómo lo supo, no le quise preguntar. No importa mucho, ¿verdad?, pero se estrelló contra el mundo y cómo le duele cada vez que respira. Y cómo le remuerde cada vez que se queda sola en su casa, porque él la acompañaba —a lo mejor por eso se decidió a retomar pronto su labor como doméstica—. Cada que recorre las calles por las que él solía caminar.

Las fotos son recuerdos. Los recuerdos a veces duelen tanto. Lo he pensado tanto: no sé cómo es que María soporta guardar en su celular una carpeta exclusiva para las fotos del cadáver de su hijo tal y como lo encontraron.

Reciba noticias de El Universal desde Google News

—¿Quieres que te las muestre?— me dijo mientras buscaba su celular—. O tú no ves esas fotos, ¿verdad?

Asentí con la cabeza.

—Si quieres mostrármelas, dale —ni siquiera tuve los ovarios para decirle que no—.

—Yo paso mirándolas para ver si encuentro algo, una pista, alguna cosa del que lo mató— confesó con la sonrisa nerviosa de quien intenta evitar las lágrimas, pero le fue imposible. Los ojos se le iban enrojeciendo. Lloró. Le temblaba la voz, pero no los dedos que iban haciéndole zoom a la fotografía para mostrarme el golpe que le partió los labios y algún diente. La cortada de la sien. La forma como le ataron las manos. Las rodillas raspadas y la sangre seca de esas heridas.

—Lo arrastraron, me lo arrastraron. Me lo torturaron.

Y María guardó silencio mientras intentaba en vano secarse todas las lágrimas que empezó a derramar. Y yo pensaba en el título de un libro de Piedad Bonnett: ‘Lo que no tiene nombre’. Lea además: Las escenas macabras que algunos han normalizado

Más allá de lo difícil

No he podido dejar de recordar a María y ahora estoy aquí, en un avión, a punto de irme de Cartagena, escribiendo esto y pensando que ojalá existiera algún paso a paso para superar -al menos menguar, paliar, tragar- un dolor tan atroz, absurdo, profundo y todos los adjetivos terribles que quepan en las lágrimas de María y de todas las mujeres huérfilas por culpa de la violencia.

Diana Gómez, psicóloga clínica, explica: “Efectivamente, no existe una fórmula, una receta, pautas ni tiempos, porque cada caso es único. Cada madre tiene su propio proceso y ritmo”.

“El dolor jamás se va, solo se transforma y la manera en que se haya dado la pérdida sí influye, y mucho. Cuando es algo repentino, no solo es el duelo ‘normal’, sino el shock que produce, el caos”.

Julián Coecha, psicólogo docente de la Universidad Politécnico Gran Colombiano, considera que la concepción cultural de lo que es una muerte “natural” es determinante. “(...) Cuando una madre pierde a su hijo en circunstancias violentas, debemos tener en cuenta el significado frente a lo que culturalmente concebimos como una muerte natural, es decir, para nosotros una muerte natural es, por ejemplo, de un hijo que vive la muerte de sus padres por la vejez, por una enfermedad, porque el ciclo de la vida lleva a que aceptemos que nuestros padres van a morir (...) Una madre que se enfrenta a una situación de estas vivirá de una manera más conflictuada cada etapa de su duelo, por ejemplo: la primera, la negación, va a ser mucho más difícil transitar... la de tristeza, la de aceptación, de rabia y aprendizaje, la madre las enfrentará de forma más intensa, más difícil, precisamente estará marcado que no es el deber ser del ciclo de la vida”.

En palabras de Diana, las fases del duelo (la rabia, la ira, la negación, la tristeza, dolor y aceptación) son mucho más lentas, “más prolongadas, incluso es más probable que la persona se quede estancada en una de ellas, por ejemplo, en la rabia y la ira”, y la razón parece obvia, pero no lo es tanto: “No solo perdiste a tu hijo, sino el proyecto de vida que tenías con él”.

“Recuerdo -habla Diana- que una madre que me dijo que el dolor es intenso, porque no es solo el amor que un hijo te da como madre, sino el que se pierde porque no se lo podrás dar... y no haber hecho nada para merecerlo. Los planes, el tiempo que tenías destinado para amarlo y cuidarlo, y que otro te arrebate eso por culpa de la bendita violencia. La culpa al saber que no pudiste protegerlo, que no hiciste nada, que debiste ser tú y no él. Al final, tú no sabes dónde o cómo volver a empezar”. Lea aquí: Duelo: difícil, no imposible

***

Aquel día, María se secó las lágrimas y se fue al patio a buscar la escoba. Ojalá el dolor se pudiese barrer, pensé.

La soledad es mala compañía

El único consejo de los psicólogos para quienes enfrentan este dolor tan atroz es dejarse acompañar.

“La recomendación (para cualquier madre, padre o persona en esta situación) es que no transite sola este proceso. Que permita que la acompañen, no solo familiares, sino profesionales, un psicólogo que la pueda asistir a través de unos recursos distintos para encontrarle un significado distinto al evento que está viviendo, es decir, a resignificar la muerte. Que ese dolor tan atroz, aunque nunca se pueda superar, sí pueda aprender a vivir con él. Nunca superamos la muerte de un familiar, sino que aprendemos a vivir sin él”, menciona Julián Coecha.

*Nombre cambiado.

  NOTICIAS RECOMENDADAS