Darío Ruiz, iluminado en el tren de la memoria

24 de noviembre de 2019 12:00 AM
Darío Ruiz, iluminado en el tren de la memoria
El escritor, crítico de arte y analista del patrimonio urbano Darío Ruiz Gómez.//Foto: LUIS eduardo herrán - el universal.

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Ahora que está frente a mí tengo la sensación de que he perdido la memoria del instante en que empecé a leer con encanto febril a Darío Ruiz Gómez (Anorí, Antioquia, 1936), el poeta, el novelista, el periodista, el crítico de arte y el consagrado estudioso de los fenómenos urbanos que ha venido a Cartagena a hablar sobre el patrimonio del barrio Getsemaní.

Recuerdo que era un muchacho cuando llegó a mis manos una novela de portada verde con un título sugerente, poético y cotidiano: ‘Hojas en el patio’ (1979), pero mucho antes, siendo casi un niño, leí uno de sus cuentos en una antología cuya portada tenía un diseño geométrico: ‘Para que no se olvide su nombre’ (1966). Pero no puedo creer que este hombre delgado y elegante, de voz pausada, que se desliza suavemente por los pasillos del diario, con la memoria de un elefante joven, haya llegado a los 83 años con la frescura del viejo bailarín de la antigua Estación Villa donde transcurrió su infancia y parte de su juventud. Él me explica que el arte de no envejecer es la complicidad con la música. “Siempre estábamos bailando y buscando la música que sonaba en el barrio”, me dice. Estudió en el Colegio San Carlos de Medellín con unos profesores privilegiados que aún recuerda. Y estudió dos años de Derecho, hasta que en 1957 supo que su destino estaba en la escritura. Y escribió su primer cuento: “¿Y Margarita Restrepo dónde está?”, una pregunta tormentosa sobre una amiga que había desaparecido asesinada en la violencia entre liberales y conservadores. El cuento fue publicado años después por Eduardo Mendoza Varela, que dirigía el Suplemento Dominical de El Tiempo. Esa misma violencia obligó a su padre, Darío Ruiz Rivas, a huir de Medellín y exiliarse en Sincelejo. “Mi padre era un liberal, un lector apasionado que ejerció una inmensa influencia en mi vida”, confiesa. “Mi madre, Ana Gómez, era una maestra que se convirtió en mi interlocutora toda la vida. Yo, el segundo de cinco hermanos, viví una experiencia definitiva al conocer el Caribe colombiano. Allá, en Sucre, también había conflictos sociales y políticos, y las familias sirio libanesas tenían sus propios clubes, y el árabe rico no se juntaba con el árabe pobre. De esos años es mi amor por la música sabanera de Calixto Ochoa con ‘Los sabanales’, las canciones de Alfredo Gutiérrez, Julio de la Ossa y los Corraleros de Majagual. Pero, ya en Medellín, mi pasión por los porros de Lucho Bermúdez me dejó embrujado para siempre. Con un amigo aventurero, Enrique Molina, nos fuimos en el barco Américo Vespucio a España. Y duramos doce días viajando hasta llegar a Barcelona. No conocíamos a nadie, pero España estaba en el furor de sus escritores y cineastas, bajo la dictadura del general Francisco Franco. Nos fuimos en tren a Madrid y nos matriculamos en la Escuela de Periodismo. Nos pedían un artículo de veinte páginas y yo salí a prestar una máquina de escribir, y quien me la prestó fue el torero Pepe Cáceres. En ese entonces, Madrid era la meca del cine y las letras. Recuerdo haber visto muy cerca de Orson Welles, a Eva Gardner, a Carlos Saura, a Nicolás Rey, entre otros”.

Mientras recuerda, le interpelo para preguntarle que junto a esos primeros cuentos suyos que retrataban el barrio, sus sigilosos habitantes llenos de ilusiones, fracasos, pero consolados también por la compasión y el milagro inaplazable de la música, surgió una generación de narradores en el Caribe, en el Pacífico y en Medellín que sin conocerse compartían mundos y vivencias similares en la década del sesenta. En Buenaventura, Óscar Collazos escribía sus nostalgias frente al puerto; en Cali, Umberto Valverde narraba sus vivencias en el Barrio Obrero; Andrés Caicedo hacía propias las historias de la salsa en Cali; en Cartagena, Roberto Burgos Cantor iniciaba la escritura de las historias del barrio y de la ciudad, al igual que Eligio García, ficcionaba sus vivencias de adolescente en el Pie de La Popa de Cartagena; y Darío escribía a ritmo de tangos y música del Caribe, sus cuentos de la vieja Estación Villa.

“Fue una generación fraterna de escritores”, dice. “Un escritor que nos impactó a todos fue Julio Cortázar, con su novela ‘Rayuela’. De él proviene esa gran narrativa prodigiosa e imaginativa. Esas estructuras de los fragmentos. Pero volviendo a España, tuve una decisiva formación en filosofía en los cursos que tuve con mis maestros Julián Marías y José Luis Aranguren, y mis lecturas de Ortega y Gasset y mi deslumbramiento al leer a María Zambrano. Conocí en España a Gregorio Marañón en sus últimos años, a Gabriel Celaya, a Blas de Otero, a Camilo José Cela, y tuve la inmensa alegría de ser amigo del poeta Vicente Aleixandre. Bajo el franquismo todo parecía funcionar en aparente maravilla, como para que no se notara que estábamos bajo una dictadura. Pero había censura de prensa y prohibiciones hasta en la manera de vestir. No dejaban entrar al teatro quien no fuera con chaqueta y las mujeres no podían cruzar ciertas estaciones si no llevaban medias. Era una felicidad ver a aquellas muchachas que, al bajarse del tren, y en estaciones donde no había esa prohibición, se deshacían con felicidad de las medias. Cuando nos graduamos en la Escuela de Periodismo, nuestra sorpresa fue que en la graduación estaba el mismo Francisco Franco, serio como una estatua, viéndonos a todos, y cada graduado le daba la mano al general al recibir su grado. El general no dijo una sola palabra. Solo nos miraba. A mí me tocó darle la mano”. Cuando nombra a Franco le digo que, bajo su dictadura, España fusiló a su mejor poeta: Federico García Lorca, y Darío me confiesa que más tarde se supo que quien lo mató no fue la Guardia Civil Española, sino la ultraderecha de Granada. “Fue una muerte parecida a la de Passolini”.

Darío es un tren de memorias que va de Madrid a Medellín. De repente, me habla de Rafael Cansinos Assens, el gran escritor sevillano amigo de Borges. Me habla de su libro ‘La novela de un novelista’ y de un verso que sedujo a Borges: “Soy un tigre de ternura para ti”. Me cuenta que en 1961 se encontró en Madrid con el escritor colombiano Manuel Mejía Vallejo, quien ganó el Premio Nadal de Novela y se convirtió en su gran amigo y hermano, “un ser de una gran vitalidad, de una elocuencia y brillantez. Así como vivía, bebía”.

El espíritu del barrio

Darío dice que el patrimonio es la vida de los habitantes de un barrio o una ciudad. Una tienda, una esquina, un parque, son espacios de memorias. La historia es el recuerdo que está en peligro. Cada habitante tiene que visualizar qué está en peligro. En la Estación Villa, una noche desaparecieron un antiguo parque y amanecimos con la orfandad de un inmenso hueco en el aire. Si alguien tumba un edificio, debe hacer algo mejor. No un adefesio.

Darío vino a Cartagena a compartir sus visiones sobre los nuevos desafíos del barrio en los Centros Históricos. El acto fue organizado por los investigadores Raúl Paniagua y Rosita de Paniagua, que llevan la memoria de Getsemaní en todo lo que hacen y construyen en Cartagena.

El escritor y crítico de arte es uno de los mejores narradores de Colombia, autor de novelas magistrales. Además de ‘Hojas en el patio’ (1979), ‘En voz baja’ (2000), ‘Las sombras’ (2014); los libros de cuentos: ‘Para que no se olvide su nombre’ (1966), ‘La ternura que tengo para vos’ (1974), ‘Para decirle adiós a mamá’ (1985), ‘En tierra de paganos’ (1991), ‘Sombra de rosa y vino’ (1999) y ‘Crímenes municipales’ (2009). Los poemarios: ‘Señales en el techo de la casa’ (1974), ‘Geografía’ (1978), ‘A la sombra del ángel’(1990), ‘Lugares, la soledad de la madre’ (1996), ‘La muchacha de la leyenda’ (2001), ‘En ese lejano país en donde ahora viven mis padres’ (2010), y los ensayos ‘De la razón a la soledad’ (1977), ‘Cajón de sastre’ (1993), ‘Trabajo de lector’ (2003), ‘Diario de ciudad’ (2005) y ‘Literatura, historia, circunstancia’ (2007).

Epílogo

En 1963 en Medellín, Darío tuvo el privilegio de conocer personalmente a Jorge Luis Borges, y de que le permitieran presentar al escritor. “Semejante responsabilidad. Escribí unas páginas, y cuando iniciaba las primeras palabras, solo alcancé a decir: ‘Les presento a Jorge Luis Borges’, y Borges me puso la mano en el hombro y me dijo: ‘Gracias’. No me atreví a leer más. Lo recuerdo como un ser de una alegría y una elegancia impresionante. Luego, cuando las autoridades de Medellín invitaron a cenar a Borges, el recinto estaba lleno de ejecutivos y políticos. Borges empezó a hablarme en medio de ese ambiente, y me decía que una de sus grandes admiraciones literarias era Robert Louis Stevenson. Luego me hablaba de Chesterton. La gente intentaba seguir el hilo de la conversación, pero todos terminaron aburridos. Borges lo había hecho a propósito para sacar a toda esa gente”.

Darío tiene la impresión de que recordar es como entrar otra vez en el viejo tren de la Estación Villa. Un tren que lo lleva a los recuerdos lejanos que parecen cercanos. Y al pasar por una estación, la música flotará siempre y sacudirá las hojas de los árboles y vibrará en las medias de las muchachas.

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