Dasso Saldívar narra con la música de los sentidos

28 de abril de 2019 12:00 AM

ENVIAR PÁGINA POR CORREO

Hemos buscado a Dasso Saldívar (San Julián, Antioquia, 1951), en los laberintos de Madrid, no solo para conversar con el primer biógrafo de García Márquez, autor del ya clásico y espléndido El Viaje a la semilla, traducido a trece idiomas, que deslumbró al mismo autor de Cien años de soledad, sino para conocer a fondo, al gran novelista de Los soles de Amalfi.

El privilegio es abrumador, porque es el mismo Dasso, quien nos lleva por los caminos de Cervantes, en Madrid, y nos enseña la cúpula dorada donde Borges solía sentarse al atardecer, para sentir aquel amarillo deslizándose por sus pupilas de ciego.

Dasso es un hombre sereno y de una fina sensibilidad y sabiduría, que narra con la música de sus sentidos.

Todo en él está lleno de milagros como aquella tarde inesperada, en que estuvo al borde de la muerte, por complicaciones renales, y la voz de García Márquez apareció como una revelación, con un tono iluminado y redentor detrás del teléfono: “No te vayas a morir”, le dijo. “Tienes a un lector”.

Antes que la primavera estalle en los últimos cerezos, vamos en busca de un café en pleno corazón de Madrid. Él conoce a plenitud está ciudad donde vive desde 1975. Nuestra conversación es sobre su bella novela Los soles de Amalfi. Le digo que intuí que detrás del biógrafo, había un extraordinario narrador, decantado y afinado en el acero templado de la poesía. El color amarillo nos persigue a los dos. El suyo es el color amarillo de la flor del guayacán, que es la flor y el color de la esperanza para Anatolia, el personaje entrañable de su novela.

Viaje a la infancia

Dasso me cuenta que aprendió a leer a los diez u once años, porque fue matriculado a los nueve años en la escuelita rural. Pero tenía sed de alfabetos y de números, y aprendió a contar hasta el cien, partiendo de su casa hasta lo más alto de la montaña, donde estaba la escuela.

Así que cuando oía el número 19 o 70, sabía en qué punto del paisaje y del horizonte estaban esos números, contando las pisadas. Lo mismo con las palabras que cruzaban primero por sus sensaciones táctiles, olfativas, auditivas. La palabra aguacate, por ejemplo, era la fruta que él veía, tocaba y saboreaba en el paladar.

La montaña con todas sus criaturas, silencios y duendes, pasaba por la mirada y el corazón del niño.

Su hermano Fanier, le leía un pequeño diccionario y las ediciones dominicales de el periódico El Colombiano, que su padre compraba los domingos en Guadalupe, para llevárselo a su madre, y que después de su muerte, siguió comprando por costumbre”.

Aquellas lecturas alumbraron el camino de su vocación de lector y escritor. “Pero más importante para mi futura vocación literaria fue la excepcional cualidad que Fanier tenía para contar cuentos, algunos de su propia cosecha: era un sublime e histriónico narrador oral de anécdotas de personajes históricos y legendarios, de ánimas y de brujas, de faenas de caza y de pesca, que eran sus dos grandes vocaciones. Por eso Fanier aparece como el cuentero de la novela y el gran baquiano de las ánimas”.

El otro personaje es José , su hermano mayor, quien, después de la muerte de la madre se fue a Venezuela, y su viaje avivó su imaginación sobre Bolívar.

¿Cómo fue el proceso de convertir en novela sus recuerdos de infancia?

Siempre tuve una imagen rondándome en la memoria, o en la imaginación: la de Anatolia sentada en el corredor de su casa, tomándose un tazón de café mientras el sol de las seis de la mañana, asomaba por la cordillera de Amalfi, el pueblo que queda enfrente de la vereda de Guanteros y las lomas de San Julián, donde yo nací y me crié hasta los catorce años.

En el comienzo de los ochenta escribí un primer relato largo titulado “Anatolia”, que ganó el Premio Jauja de Cuentos de Valladolid. Seguí escribiendo relatos, unos siete u ocho, hasta que de pronto me di cuenta de que no estaba escribiendo un libro de relatos (Cuentos de regreso, se llamaba), sino varios capítulos de lo que podría ser una novela. Hacia comienzos de 1983, irrumpió como un tsunami el proyecto delirante de dedicarme a documentar y escribir El viaje a la semilla, tarea en la cual llevaba ya más de diez años trabajando sin saber que se convertiría en una biografía de García Márquez. Así que engaveté el proyecto de la novela... A mediados de los ochenta me topé con otra necesidad: escribir una novela sobre la Manuela Sáenz, de Paita, el puerto ballenero del norte del Perú, donde la amante de Bolívar lo sobrevivió veintiún años en el olvido, la calumnia y la pobreza. De modo que, cuando me cansaba o me atascaba en la biografía, volvía a las dos novelas, trabajaba los personajes, perfilaba escenas o tomaba notas. Pero desde que viajé en abril de 1992 a Colombia, con la familia, donde estuve seis meses recorriendo medio país tras la vida y la obra de Gabo, me encerré a tiempo completo hasta darle término a la biografía en agosto de 1996.

Tras un año de descanso, retomé las dos novelas, trabajándolas alternativamente, pero de pronto se me impuso el afán de darle salida a la de Manuelita. Anatolia debía esperar. En ese momento se desencadenó mi larga enfermedad renal, y las exigencias de la novela de Manuela me obligaron a engavetarla, y retomé la de Anatolia, ya que era una historia que me salía hasta por los poros...Estuve trabajando en Los soles de Amalfi unos diez años, con algunas interrupciones... pero la historia no cuajó y no fluyó del todo hasta que apareció Talo, el nieto de Anatolia de ocho o nueve años, que es la imagen que tengo de mi mismo a esa edad.

Hay en el tono de su novela una alta poesía que evoca a Aurelio Arturo, cuando alude el paisaje y esos “verdes tan verdes que matan la tristeza”. ¿Como surge este homenaje?

Cuando escribí esa frase, de quien me acordé fue de Juan Rulfo, pero es verdad que tiene también una filiación arturiana. Ese “verde tan verde” (que podría ser también el verde que te quiero verde de Lorca) es el verde de las montañas, de los potreros y de los cafetales de mi infancia.

El verde (para Anatolia es el color de su alma), como el azul, el amarillo y el rojo, adquieren un protagonismo emocional y simbólico muy importante en la novela, y debo reconocer que en los versos de Aurelio Arturo y en las páginas de Juan Rulfo, así como en la María y en Las geórgicas, o en Los himnos védicos y en el Poema de Gilgamesh, encontré elementos y sugerencias para trabajar el paisaje o los paisajes de la novela. Y, de una manera muy puntual, en Dafnis y Cloe, en esa escena en que Talo y su prima Margarita se entregan a sus juegos infantiles de ensueño en los potreros, haciendo que sus emociones se confundan con el paisaje, de modo que éste cambie al impulso de sus deseos.

Su novela podría llamarse “En el país de las ánimas”. El trasfondo, del paisaje lírico, hay un paisaje social que toca la historia turbulenta de Colombia.

Sí, “El país de las ánimas” era uno de los seis títulos iniciales de la novela. Se me ocurrió hacia la mitad de la historia, cuando me di cuenta de que el país de la novela, que es ese país bipartidista y sangriento de azules y colorados, se va llenando de ánimas en pena a causa de la violencia endémica. Pero yo no quería meterme en ese berenjenal, sino que éste apareció como una necesidad interior del relato, del mundo de la novela. Era inevitable. Este hallazgo, esta exigencia endógena, me hizo más compleja la historia de la novela, pues tenía que hacer que coincidieran dos mundos opuestos pero complementarios que no había previsto: el país de mi infancia y el país político anacrónico y violento en el que transcurrió el primero.

¿Cómo fue el proceso de creación de su personaje inolvidable Anatolia, guardiana de duendes y ánimas?

Fue el resultado de una acumulación de experiencias y emociones de mi infancia. Hubo una Anatolia de la realidad llamada Anatolia Montoya, que vivía en una humilde casa situada un poco más arriba del pozo de la vereda de Guanteros. Era una viuda y madre de varios hijos que toda la vida vistió de luto y semiluto. Mis hermanos y yo la veíamos en el pozo lavando o recogiendo agua, o en el corredor de su casa, cuando subíamos o bajábamos de la escuela de Guanteros. Poco más supe de la Anatolia real, hasta que hace poco mi hermano

Óscar me reveló que había sido ella quien nos llevó a bautizar, a los ocho días de nacido, a los hermanos menores de la familia. Pero su imagen de luto, su perfil austero y su pertinaz soledad, que era como el color de su piel, quedaron como uno de los recuerdos más vivos de mi infancia. Luego me fui del campo a Medellín a los catorce años, terminé la primaria e hice el bachillerato en el Liceo Antioqueño de la Universidad de Antioquia, y la imagen de Anatolia seguía presente y evolucionando en mi memoria, porque, como bien lo anotó Borges, la memoria es una de las formas de la literatura fantástica. De modo que, sin saber cómo ni cuándo, empecé a ver en mis recuerdos otra Anatolia, la que sería protagonista de Los soles de Amalfi. Como dije antes, esa imagen es la de Anatolia sentada en el corredor de su casa tomándose un tazón de café mientras espera la salida del sol por la cordillera de Amalfi.

En esta imagen inicial de la memoria-ficción ella ya ha cambiado un poco de aspecto: ahora no tiene el cabello lacio y negro, ni el aire de soledad y aridez de la realidad, sino que tiene una sola trenza larga y canosa, una sonrisa a flor de rostro y una inmensa ternura: la misma imagen de mi abuela paterna, María de los Ángeles Londoño, a quien llamábamos la Mamita. Y así, de otras mamitas y mamás que conocí en la infancia (mi madre Juana murió cuando yo tenía dos años y diez meses), fui armando, o se fue armando, la personalidad esencial de Anatolia.

Pero yo no sabía qué iba a pasar después de la escena inicial de Anatolia tomándose su café mientras espera la salida del sol de Amalfi, hasta que apareció un hombre de aspecto foráneo y asustadizo con un rollo de papeles debajo del brazo: era el delegado del ministerio de agricultura desplegando un cartel de la reforma agraria, “el alba verde” de los campesinos, que pregonaba el gobierno. Y esto conecta con otro de los recuerdos más intensos que yo tengo de mi infancia: yo era muy niño cuando un día pasó por nuestra casa un hombre pegando carteles. Mi padre Salvador me dijo que era el cartel de la reforma agraria, pero yo pensé que esa reforma agraria era una mujer, acaso una mujer del gobierno.

Y de ¿dónde venía ese vicario del ministerio de agricultura? Sin duda, de una ciudad lejana y misteriosa, pero el hombre había establecido su oficina en Guanteros, que era la referencia urbana de las zonas rurales de San Julián y de San Juan. Y ¿qué había ocurrido en Guanteros? Muchas de las experiencias definitivas de mi infancia, de las cuales la más deslumbrante fue cuando, a los seis años, me llevaron a conocer la vitrola de la cantina de Zenito. Porque, conservando las distancias, a mí no me llevaron a conocer el hielo, como en el caso de Rubén Darío y García Márquez (que, cosa curiosa, a ambos los llevaron dos viejos exmilitares, sus abuelos el coronel Ramírez y el coronel Márquez), sino que me llevaron a conocer la vitrola, es decir, la música. Y eso sí que cambió mi vida, casi tanto o más que cuando aprendí a leer y a escribir en la escuelita del mismo Guanteros. Años después, estando en la escuela, visité la cantina de Zenito, pero estaba abandonada. Abrí la puerta para ver si aún seguía la vitrola, y, sí, estaba, pero encima del tocadiscos había una gallina poniendo. ¡Qué desilusión tan demoledora! Con ocho años, conocí la nostalgia verdadera.

¿Qué autores, novelas o cuentos cree usted que enriquecieron su percepción para encontrar el retorno a la semilla de sus ancestros?

Como es sabido, a la hora de imaginar y narrar un mundo, el escritor se alimenta de todo lo vivido y leído, incluyendo lo más nimio. Con excepción de todo García Márquez, todo Rulfo, todo Borges, todo Arturo, todo Silva y todo Vallejo (el grande, claro), prefiero hablar de obras. Los libros que leí y volví a leer durante la escritura de esta novela fueron, entre otros, el Poema de Gilgamesh, el Poema babilónico de la creación, los Himnos védicos, la Odisea, el Popol Vuh, Lejos de África, Pedro Páramo, “Luvina”, “Nos han dado la tierra”, El coronel no tiene quien le escriba, “Amor constante más allá de la muerte”, la poesía de Saint-John Perse, Caeiro, Mastronardi y Supervielle.

La gran poesía fue pues mi abono primordial durante la escritura de la novela, pues es la que de verdad nos enseña a manejar creativamente las palabras y a ver el mundo y la vida en lo esencial.

En este punto tengo dos reconocimientos especiales, uno para la Odisea, especialmente para el Canto XI, que, partiendo de mi aterradora experiencia de las noches de mi infancia (llenas de ánimas en pena por la violencia que nos impusieron durante décadas los liberales y conservadores), me dio luces para concebir el hades del viento, que es el otro mundo, el purgatorio, donde quedan fluyendo el millón de ánimas en pena de la violencia sustentada por los azules y los colorados. El otro reconocimiento especial es para tres libros de Marcel Schwob: Vidas imaginarias, El rey de la máscara de oro y El libro de Monelle. Pocos escritores aúnan invención, narración y poesía de forma tan sublime como lo hace Schwob, y por eso sus cuentos y relatos son un fértil vivero donde se aprende a imaginar y a usar las palabras de forma poéticamente creativa. No en balde fue un maestro de maestros como Borges y Yourcenar.

Epílogo

La montaña de su infancia esplende en su memoria. Siempre regresa al rocío de las cordilleras, las laderas o lomas, los valles, los ríos, los cafetales y los potreros.

“Pero no me gustan los paisajes fríos de la tierra más alta, ni los calientes de la tierra más

baja”.

En España, va tras la ruta de Cervantes, la Mancha de El Quijote, las tierras austeras de Castilla, los molinos de viento y los hermosos paisajes de Andalucía, con sus naranjales, limoneros y olivares.

Vive rodeado de más de medio millar de libros, que reduce a trescientos que merecen leerse hasta la muerte.

Su apartamento esplende con la luz de su mujer, Reina. La reina de su casa y su corazón. Allí vive en un remanso con su familia, su mujer y sus hijos.

Escribe hasta la tarde, después de la siesta, siempre poseído por el embrujo de la poesía.

TEMAS

Ahora te puedes comunicar con El Universal a través de Whatsapp

  • Videos
  • Mensajes
  • Fotos
  • Notas de voz

cuando seas testigo de algún hecho noticioso, envíalo al: 321 - 5255724. No recibimos llamadas.

LEA MÁS SOBRE Facetas

DE INTERÉS