De una nefasta herencia y cómo enfrentarla

20 de octubre de 2019 12:00 AM

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29.36.50. No le tenía miedo a la muerte. Más de una vez dije en voz alta lo que presentía: “Moriré joven, lo sé”, se lo conté un par de veces a mi mejor amiga y a mi novio. Ese presentimiento nunca me hizo llorar hasta ahora.

29 años. No sé bien cómo se enteró de su enfermedad. Sé de ella que era una artista. En casa de su familia hay por lo menos una decena de sus obras. Cuadros pintados en una técnica que deja viva la textura de la pintura usada, todas sus obras son una especie de enredaderas más parecidas a las matas de sábila. Naranja, verde, amarillo, rojo son algunos de los colores más frecuentes. En los recuerdos está la imagen de una mujer vestida de verde, un bonito vestido con unas hombreras que ahora parecen chistosas aunque para ella debían ser el último grito de la moda.

Juanita acababa de parir a su único hijo, cuando la inoportuna noticia llegó una vez más a la familia. No están seguros de la edad de él cuando ella murió. Pero en su casa siempre dicen que tenía una sonrisa ruidosa, unos ojos hermosos y le encantaba pintarse la boca. Cuando se enfermó, cambió la risa ruidosa, se escapó en un cáncer que ocupó uno de sus senos. ¿Sería el izquierdo o el derecho?

36 años. Tres hijos. La menor con 12 o 13 años, un esposo con el que viajó a Bogotá para confirmar su enfermedad, de regreso, otra noticia: está embarazada. Julia no parece tener miedo.

Un año después, un corte de energía de Electricaribe, calor, mosquitos, una bebé de 1 año que no paraba de llorar, y una mamá que solo quería acostumbrarla a su ausencia. No había mimos. Había mucho dolor. “Era tanto el dolor que intentó lanzarse de la ventana del Hospital Universitario”, cuentan en la sala de la casa familiar. “Era tanto el dolor que nuestras plegarias eran por su descanso”, dicen sus hijas.

De su personalidad, recuerdan que era seria, muy seria, le gustaba leer, fue líder comunitaria y solo comenzó a creer en Dios cuando estaba en su lecho de muerte. Era la menor de su familia, así que su muerte causó especial angustia. Poco se habla de ella. Sus silencios, su fuerza, se escapó en un cáncer, uno en su seno, ¿sería el izquierdo o el derecho?

50 años. La tía mayor. De esas que viven en el exterior y regresan a casa cada diciembre en medio de la euforia que prometen los regalos y salidas que suponen las visitas de familiares. Sin muchos recuerdos, quizá la rudeza de sus hijos y su seriedad.

Ángela no parecía tener nada especial aunque es la única de la que hay un recuerdo en la funeraria, en el ataúd, en su despedida. Su muerte es la más reciente. Sus llegadas se escaparon en un cáncer, también en uno de sus senos, no sé si fue el izquierdo o el derecho.

***

Mi seno derecho. Ese gran productor de leche materna, el favorito de mi hijo de 6 meses. El más simpático a la vista, el del pezón perfecto. Mi parte favorita del cuerpo y al tiempo el de la historia familiar tenebrosa. Uno, dos, tres cáncer de seno.

“Hola, vengo porque me hice mi segunda ecografía de mama –la primera fue hace un año– y ahora tengo algo extraño en mi seno derecho”, digo a regañadientes frente a un médico, al lado de una amiga a la que invité sin contarle más que “voy a una cita médica”.

Me revisa una, dos, tres veces. Llama a uno, dos, tres colegas. Me dice “tranquila”, una, dos, tres veces. Sonrío nerviosa y bajo la cabeza, miro a mi amiga queriendo parecer tranquila. Me examinan, me miran y me preguntan por mi historia familiar, y entonces digo los números que en mi mente se repiten desde hace un par de días: 29.36.50.

Todo es de mi familia materna. 29. La edad en la que murió mi prima. 36. La edad en la que murió mi mamá. 50. La edad en la que murió mi tía. Ahora él entiende mi angustia. “Pide la cita de la biopsia con urgencia”; pero la cita más próxima es un mes después.

Aún no sé qué hay en mi seno derecho. Lo cierto es que no quiero repetir la historia de las mujeres de mi familia, aunque solo hasta ahora me doy cuenta de que nunca he hecho nada para evitarlo. No hubo chequeos, exámenes caseros mensuales que aunque siempre supe cómo se hacen nunca hice, y veo pasar la vida frente a mí. Solo sé que tengo la edad de mi prima cuando murió y solo 7 menos que mi mamá cuando tuvo el mismo final.

Tengo un hijo de 6 meses al que sueño con ver crecer, y una historia familiar que no quiero repetir. Y aunque según la Organización Mundial de la Salud (OMS) las estrategias de prevención no pueden eliminar la mayoría de los casos de cáncer de mama que se dan en los países de ingresos bajos y medios, la detección precoz mejora el pronóstico y la supervivencia. Así que no dejes de tocarte, nunca. Recuerda: el cáncer de mama es el más común entre las mujeres en todo el mundo, y está aumentando especialmente en los países en desarrollo, donde la mayoría de los casos se diagnostica en fases avanzadas y los antecedentes familiares de cáncer de mama multiplican el riesgo por dos o tres.

Que la vida no pase frente a ti por pasar, se trata de algo más que aprovechar cada segundo, se trata de cuidarte cada segundo, porque cada uno cuenta. No dejes de tocarte este mes, ni el próximo, empodérate, toma el control y, bueno, no dejes de luchar contra el cáncer de seno, la única herencia que no quiero reclamar, que no quiero que reclames.

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