Diana Gómez, una psicóloga cartagenera con mucha vocación

01 de septiembre de 2019 12:00 AM
Diana Gómez, una psicóloga cartagenera con mucha vocación
Diana Gómez también realiza talleres gratuitos para niños y familias de bajos recursos.//FOTO: cORTESÍA Roberto Granger.

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Una resuelta joven llegó a aquel hogar geriátrico entusiasmada. Entre tantos ancianos, con rostros y miradas cansadas, un hombre permanecía aislado. Lo acompañaba un olor pútrido que se negaba a abandonar su habitación, en ese único lugar que le abrió las puertas siendo apenas un muchacho que rondaba los 30 años y aparentaba 50. Él estaba parapléjico y su cuerpo arropado por escaras. *Carlos había sido excombatiente de un grupo insurgente y ella solo pretendía ayudarle a ese hombre postrado en cama, cuya historia clínica decía: “abandono social”. No tenía donde vivir y a su familia le había perdido el rastro hacía muchos años.

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Diana Gómez estudió en la Universidad de San Buenaventura, en Cartagena. Siempre supo lo que quería. Tanto, que desde que cursaba séptimo de bachillerato pegó en su cuarto una cartulina en la que aseguraba que “en 2005 sería una gran psicóloga”. Dice, simplemente, que su vocación está relacionada con su personalidad. “Desde niña siempre me preocupé por el otro. Gracias a Dios tuve el amor de una familia muy unida y muchas cosas materiales, pero siempre estaba pendiente del que no tenía. De cierta forma pensaba que era una manera de retribuir lo que yo recibía. Me sentía en deuda al ver tanta gente que no tenía esas oportunidades y me preocupaba por ayudar al otro, y en especial a los niños”.

Y cuenta una anécdota: “Estando en el colegio, siendo muy pequeña, me enamoré de un muñeco, un juguete que no había llegado a Colombia y en mi casa lo mandaron a pedir a Brasil, pero dije que si no le traían uno a mi amiga no compraran para mí. Y no era el capricho por algo material, sino que quería ver la alegría de ella. Así fue. Recuerdo que llegó el camión de la empresa de mensajería y ella no se lo esperaba, creo que su familia no le tenía regalo de Niño Dios y cuando vio el muñeco fue como una sorpresa. Fue muy bonito, porque creo que no hay mejor satisfacción que impactar en alguien, así sea con algo mínimo. Ella todavía se acuerda de eso”.

Después de terminar su pregrado, hizo una Maestría en Psicología Clínica en la Universidad del Norte (Barranquilla) mientras alternaba su trabajo en un proyecto que buscaba prevenir y erradicar el trabajo infantil y proteger al joven trabajador, en las minas de Santa Rosa del Sur, Bolívar, que ganó el primer puesto nacional en prueba piloto con el ICBF. También se desempeñó como psicóloga en varias empresas y colegios privados en Cartagena. De ahí, le llegó la oportunidad de entrar como docente de tiempo completo en la Universidad de San Buenaventura. “No fue fácil. Cuando entré a un salón de clases por primera vez, no todo el mundo me recibió bien. Recuerdo a un señor que era militar, tenía como 50 años y yo era muy jovencita. En todas las clases me preguntaba y me preguntaba, pero nunca se me pasó por la cabeza que quería hacerme quedar mal, simplemente respondía y al finalizar el semestre se me acercó y me dijo: ‘¿Sabe qué?, usted es una berraquita. Yo lo que hacía en las clases era probarla, la estaba retando porque no podía creer que una culicagada podía enseñarme algo a mí y usted me ha dejado con la boca abierta’”, narra y reconoce que la preparación y la experiencia no siempre van en los años. Allí, en 2010, a solo unos meses de empezar, ganaría el primer reconocimiento por su buena labor: los estudiantes la eligieron por votación como la Mejor docente por metodología y conocimiento en su facultad. Eso la siguió motivando e impulsando. Ingresó como docente de posgrado en la Maestría Psiconeuropsiquiatría y Rehabilitación en la Universidad Metropolitana de Barranquilla e incluso era invitada como conferencista en muchas instituciones de educación superior en la Costa.

En 2015, entró a la Agencia para la Reincorporación y Normalización de la Presidencia (ARN), donde se encarga de velar por la salud física y mental de la población desmovilizada en el Atlántico y fue donde conoció a *Carlos. “Lo más difícil para mí era que yo llegaba y él no se alegraba. Una vez me enfrentó y me dijo que yo creía que lo ayudaba pero que no era así, porque él quería morirse y yo no lo dejaba”.

Al tiempo, en la ARN, Diana preparó una iniciativa para abordar el consumo de sustancias psicoactivas entre los excombatientes y en 2016 recibió por ello el Premio Nacional de Buenas Prácticas para la reintegración ‘Innovación Social para la Paz’. Mientras eso pasaba, con sus insistencia, se fue ganado el cariño de *Carlos. “Él era consciente de que había hecho mucho daño y creía que estaba pagando las consecuencias, pero siempre he pensado que por muy mala que sea una persona, algo bueno debe tener”, asegura Diana. Y se le ocurrió descubrir los talentos e inteligencias múltiples de aquellos que estaban en condición de discapacidad.

Para su sorpresa, dentro de Carlos se escondía un poeta que antes de tomar las armas se ganaba la vida haciendo poemas para venderlos a los enamorados. “Para mí eso fue una luz. Busqué a un experto para que me diera su opinión y verificara que los poemas realmente eran de él, y me dijo que eran excelentes, que el hombre tenía talento”.

Y así, la psicóloga fue descubriendo las habilidades de varios de sus pacientes. “Entonces salió el que bailaba y me lo llevé para La Troja, hubo uno que estaba en silla de ruedas y era un líder. Con él me inventé unas tertulias ciudadanas en los parques, hoy es un líder entre las personas que tienen su misma condición”.

Su proyecto con *Carlos era más ambicioso. Diana fue recopilando los poemas para hacer un libro y él estaba feliz. Su actitud cambió, igual que su mirada, porque nunca antes se había sentido importante. Ahora sabía que lo estaban valorando por algo bueno.

Diana seguía su trabajo en la Agencia, donde debía atender a personas en proceso de reintegrarse en Barranquilla, Soledad y Santo Tomás, seguía alternando como docente en varias universidades y atendiendo a sus pacientes particulares en Cartagena y Barranquilla. Pero no descuidó nunca el libro de Carlos, por más que dejara de verlo por días o semanas. “Tenía casi todo listo y, de repente, se murió. Alcanzó a dejarme una carta con la enfermera. Creo que nunca en mi vida había llorado tanto... Era una carta de agradecimiento, donde me decía que yo había sido un ángel en su vida y me pedía disculpas por la forma en que me trató, aunque realmente nunca sentí que él me trató mal, porque siempre entendí que era por su misma condición”.

La ilusión que tenía Carlos de lanzar su libro se fue con él a la tumba. No dejó un consentimiento por escrito para publicarlo. A Diana solo le quedaron los escritos, pues los abogados dicen que no se puede hacer nada con ellos por cuestiones legales. Esta inolvidable experiencia le valió en 2018 un reconocimiento por la iniciativa ‘DisCAPACIDADES’, en la cuarta versión del Premio Nacional de Buenas Prácticas para la reintegración.

Carlos falleció, pero con Diana se queda su recuerdo y unas ganas inmensas de seguir trabajando.

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