Facetas


Diego Garcés, el cazador del rayo verde

Con la muerte de Diego Garcés, partió uno de los mejores fotógrafos artísticos de Cartagena. Él abrió sus ojos a la eternidad.

GUSTAVO TATIS GUERRA

29 de noviembre de 2020 12:00 AM

Alguien que persiga el instante supremo del atardecer en que, por un brevísimo segundo, aparece el rayo verde en medio de la constelación de colores dorados que se sumergen en el mar augurando el ocaso.... Ese alguien tiene que ser una criatura elegida por una sensibilidad singular. Diego Garcés tenía años persiguiendo ese instante frente al mar de Cartagena. Y lo atrapó. Pero esta vez el rayo verde fue tan embrujador como un imán salido de las aguas del mar, que él prefirió contemplarlo y no fotografiarlo. Ese episodio ha recordado mi esposa, Mary Serrano, al evocar a Diego Garcés en un atardecer en las playas de Bocagrande.

Íbamos caminando y nos tropezamos con Diego, que venía en la tarea de atrapar el rayo verde. Nos sentamos en la playa y nos contó que tenía años de estar esperando ese instante supremo en que apareciera el rayo verde, al que alguna vez se refirió Julio Verne en una de sus historias inspiradoras, anticipándose a los milagros que la humanidad viviría dos siglos después.

Diego no solo era el gran fotógrafo de la Cartagena de los últimos treinta o cuarenta años, sino el artista vitalista, inspirado, sensible y humanista detrás de un lente insaciable e incansable. Siempre tenía una sonrisa a flor de labios y la cámara dispuesta para capturar un milagro. (Lea aquí: Fallece el fotógrafo Diego Garcés Cadena)

Captó a Cartagena desde todos los ángulos posibles y fue el artista que, desde que empezó la pandemia, se consagró a fotografiar la ciudad en los silencios del amanecer, el atardecer y el anochecer. Junto a esa aventura de Diego Garcés también ha estado como criatura insomne Lidia Corcione, que despierta antes que empiece la primera luz y está atenta a que el rayo verde no desaparezca en el segundo siguiente que nos lleva a la oscuridad. Esta vez también Lidia ha captado a Diego, un legítimo soñador que derrochaba humanidad, seducción y ternura, en su fascinante e inagotable peregrinaje por la luz y la sombra.

Niurka Rignack lo ha evocado, en esta mañana de sus funerales, como el caballero encantado que la invitó a recorrer el Jardín Botánico de Turbaco y, en un instante, le pidió que abrazara a uno de los inmensos caracolíes y ceibas enormes del bosque para que el corazón del árbol le transmitiera sus palpitaciones energéticas. No solo estaba convencido de esto, sino que, además, Diego era un conocedor de las sabidurías antiguas del Oriente e intuía en qué estado emocional o espiritual se encontraban sus amigos. Y en el instante en que le pidió a Niurka que abrazara al árbol, le contó muchas historias que le despertaron la sonrisa, la convicción de la luz en la sombra, y la hicieron reír bajo el regazo de los árboles.

Ese era Diego Garcés. Un artista cuya sensibilidad y espiritualidad nos invitaban a todos a no perder el sentido del humor, pese a todo, y siempre nos sugería estar conectados con la naturaleza. A esa naturaleza ha vuelto, con su sonrisa y su mirada de niño que se sobrecoge ante los prodigios de la belleza que duerme bajo piedras, cortezas, emanaciones de ojos de agua, señales de pájaros en las arquitecturas leves de las nubes y señales de hombres en los cubos de piedra pulida de las murallas.

“Diego era un artista que persiguió el último rayo de sol al atardecer. Un artista de luces y sombras”, dice Jenny Navarro, quien fue también muy cercana al fotógrafo. “Recordaré al hombre despreocupado, de franca sonrisa, de gran carcajada. Gran amigo”.

Sí. Era desprendido, generoso, ilusionista y soñador de empresas culturales en las que sus enormes alas se extendían hacia el infinito, a veces, sin tocar tierra, solo con el presupuesto inquebrantable de sus profundas convicciones y su imaginación, y esa ejemplar y expansiva felicidad con que alegraba a su paso a quienes encontraba y era, a su vez, la felicidad de quien estaba sumergido a plenitud en su arte. (Lea aquí: Diego Garcés despierta las estatuas de Cartagena)

Diego era la memoria de muchos de los actos culturales que se desarrollaban en Cartagena, en el Centro amurallado y en el corazón del Centro de Formación de la Cooperación Española, en cuyo claustro encontró siempre la radiante y humana acogida de Patricia Giraldo, una abnegada y extraordinaria gestora cultural con más de tres décadas de trayectoria exitosa.

Pero Diego, que nació en Cali en 1957, vino desde niño a Cartagena de la mano de sus padres y estudió su primaria y su bachillerato en la ciudad. Su primer asombro, en la madrugada de su llegada a Cartagena, fue entrever bajo las brumas del cerro contra el intenso azul del cielo, la blancura de una casa flotante a la que él llamó Casa en el aire, sin saber que era el Convento de la Popa en las alturas. Esa anécdota, contada a Lidia, nos revela la mirada fantasiosa del niño y el artista. Su amigo Aníbal Gutiérrez lo ha evocado hoy como un artista y como aquel niño y joven que fue uno de los mejores alumnos del Colegio La Esperanza, durante los doce años en que compartieron aulas.

Esa sensibilidad por lo sobrenatural lo llevó también a indagar y a estudiar no solo el universo misterioso del cerebro y del espíritu humano, sino las culturas milenarias, el arte y la literatura.

La partida

Diego Garcés no creyó jamás en la muerte. Confiaba en que el final, que todos llamamos muerte, es apenas otro nacimiento hacia una estación que desconocemos. Su partida deja, además de la terrible sensación de pérdida en la vida de Cartagena, la recordación cotidiana de que somos criaturas frágiles, siempre frágiles y no solo por la coyuntura histórica que vivimos, sino porque somos piel de ese universo que renace, como una maravillosa experiencia mutante de formas. Vivimos aprisionados en un cuerpo frágil, somos parte de un universo que desconocemos, habitantes invisibles del párpado secreto de Dios o inquilinos pasajeros de esa naturaleza prodigiosa en la que conviven los cuatro elementos. Diego no se mortificaba por la muerte, porque su existencia la vivió a plenitud, sin miedos, sin cortapisas, con vuelo sostenido.

Conversación de pájaros

Una tarde, Diego Garcés descubrió la sigilosa conversación de dos mariamulatas, con sus plumajes tornasolados, en lo alto de un cable eléctrico. Y el pecho emplumado es de un azul rey profundo casi negrísimo y las alas entre negras y blancas, contra el cielo azul plano que las cobija. El pico del pájaro de la izquierda mira hacia arriba, y el pico del pájaro de la derecha, parece contestarle algún llamado, que los vuelve cómplices en esa cercanía. ¿Qué se estarán confiando entre ellas, mientras abajo, en la ciudad, las mira Diego Garcés desde su lente?

Diego tenía múltiples proyectos e iniciativas que deseaba cumplir, una de ellas era la edición de libros de fotografías sobre Cartagena. Una era la serie sobre Noli Me Tangere. Los retratos de personajes y de grupos artísticos. La memoria navegada de la ciudad. La otra era la ciudad bajo la pandemia, que estaba haciendo cuando lo sorprendió el aneurisma cerebral. Hay muchos milagros guardados que son un legado de su inmenso trabajo como fotógrafo que valdría la pena reunir para cumplir el deseo inconcluso de su libro. Su compañera María Alejandra Eljaiek tiene ahora esa misión, después de la partida del artista. Múltiples momentos vividos por seres humanos, viajeros y nativos, paisajes cotidianos y colectivos culturales de la ciudad.