Doctor Alexito y El Trotamundos, dos hombres que reparten felicidad

10 de febrero de 2019 12:35 AM

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La última vez que vi a Alex Carrascal, lo había dejado todo para convertirse en un clown: en un payaso. Había sido vendedor de bienes raíces veintitantos años y una buena vez decidió ponerse todos los días, y tantas horas como fuese necesario, una nariz que se me antoja más roja que cualquiera.

Entre aquel noviembre de 2015 y este seco febrero, han pasado casi cuatro años y miles de pacientes por la Casa del Niño, y Alex o, mejor, el Doctor Alexito permanece como proveedor principal de ‘risociclina’, la única medicina que sirve contra esa tristeza que a veces -casi siempre- agarra a los pacientes y a sus familiares aquí y en cualquier hospital del mundo. La única que sirve para el alma.

Cuatro de la tarde. Martes. Mientras una monjita de velo café acomoda las sillas en tres filas, pasa un niño con un tapabocas, otro en una camilla con su bala de oxígeno. Llantos por allá. Un doctor por acá. Y así, hasta que los pacientes de Alexito -los niños y sus mamás, papás o abuelos- van llegando, poquito a poquito.

-Mamitas, ¿están cansadas? -grita el Doctor Alexito-.

-¡Claro! -responden ellas, los niños y los abuelos, y ríen.

La cosa empieza bien, no están tan agotadas como para no reír. Mientras Alexito va descubriendo que en nuestro público hay gente de Cadtagena (sí, con d, golpeao), de Venezuela, de Barranquilla, San Bernardo del Viento y hasta de la Sierra Nevada de Santa Marta, yo veo que un señor alto y flaco le habla con señas a un niño chiquito y todavía más flaco. Uno de los dos es sordomudo. El chiquitín se sienta en primera fila, el señor en la última y saluda con su voz al hombre que está a su lado. El sordo es el niño, que, además, tiene una venda tan grande, tan grande, que le cubre la mitad de la cabeza, del lado izquierdo.

El pequeño Johny

Más tarde sabré que el señor no es el papá, sino el abuelito. Que el pequeño es Johny y tiene siete años; que siempre ha vivido en silencio, porque así nació, y que muy probablemente vivirá el resto de sus días así, en un silencio grueso pero no quieto, porque Johny no es para nada quieto. Me dirá el abue que “¡uffff!, ese sí es el pelao inquieto, juega en pila, eso pasa brincando de aquí pa’ allá”. Y yo ya lo habré comprobado.

Johny mira fijamente la enorme y escandalosa nariz del Doctor Alexito, que todavía no sabe que Johny es sordomudo. Intenta hablarle, pero el pequeño no entiende ni ríe, solo lo mira.

Ahora, se roba el show un personaje que he visto merodeando por ahí y que hace un rato me presentaron como El Trotamundos. Que viene de Puerto Rico, me dijeron. Que no le pudieron poner mejor nombre, porque ha viajado por todas partes en esta travesía por repartir sonrisas.

Johny sigue ahí, en primera fila. Alcancé a “tragar en seco” de solo pensar que no iba a entender nada del show y que, en vez de disfrutar, iba a sufrir viendo a los otros chicos reír sin entender ni papa, pero no. ¡Vaya que ríe! Si El Trotamundos, que canta muy bien, mueve su mano derecha, entonces Johny mueve la mano derecha. Si El Trotamundos levanta los brazos, Johny también. Ambos bailan, ambos caminan. Aquello de que la risa es el lenguaje universal es mucho más que una frase cliché, ¡es la pura verdad y al que me diga que no le muestro a Johny!

Trotamundos

“Algo muy importante para mí. No soy ‘Axel, mejor conocido como El Trotamundos’, Axel es Axel y Trota es Trota”, me aclara Axel Serrant, el actor que le da vida a El Trotamundos.

Él, que nació en Ponce (Puerto Rico) hace cuarenta y tres años, llegó a Cartagena hace algunos días para repartir abrazos, abrazos de los reconfortantes -me consta- y para conocer al Doctor Alexito en vivo y a todo color. Estos dos fabricantes de sonrisas apenas se conocían por Instagram.

El Trotamundos es un personaje infantil que nació hace dieciséis años de la suma de diversos ingredientes: la vida de Axel como actor, bailarín, músico, maestro de teatro y música para niños y padre.

“El Trotamundos es un ciudadano del mundo, enamorado de la humanidad y del servicio”, me dice, y le creo. Ha estado en Estados Unidos, Ghana (África), Islas Vírgenes, Puerto Rico, México, Cuba, República Dominicana, Haití, Guatemala, Belice, El Salvador, Honduras, Nicaragua, Costa Rica, Panamá, Ecuador, Perú, Bolivia y Argentina.

Y si le pregunto por una historia que lo haya marcado...

“Un día conocí un paciente en un hospital de Puerto Rico. Nos hicimos amigos de inmediato. Pasaron un par de semanas y falleció. Su madre me invitó a cantar a su entierro. Es lo más duro que me ha tocado vivir”.

El Doctor Alexito

Hace cuatro años, el Doctor Alexito era un soñador, y no ha dejado de serlo. La única diferencia entre el Alexander Carrascal de 2015 y el de ahora es que el de hoy no le tiene ni pizca de miedo a ese riesgo que implica dejar de fantasear y salir al mundo a convertir los sueños en realidades tan tangibles como tú y como yo.

¿Que por qué lo digo?, porque el otro día, en Instagram, vi que Alexito participó en una feria y vendía desde camisetas estampadas con su nariz de payaso, hasta letreros con mensajes casi tan bonitos como la sonrisa de Johny. Y sé que también es animador de fiestas y viaja por Colombia con sus brigadas de ‘risociclina’. A eso es a lo que llamo un ‘sueño autosostenible’.

El Doctor Alexito no solo es el principal proveedor de ‘risociclina’ de la Casa del Niño, es el manda más de una fábrica de sonrisas que va con él a todas partes.

Y a propósito, Doctor Alexito, no se me ha olvidado que me debes la nariz más roja del mundo.

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