El arte olvidado de escribir para niños

24 de febrero de 2019 12:00 AM

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Escribir para niños es un arte olvidado. No siempre las palabras tocan el corazón y la imaginación natural de los niños. Así que es un doble desafío. Toda escritura en la que sus protagonistas son niños o niñas, se crea desde la voz y la sensibilidad de estas criaturas. Leer en voz alta es un pasaporte para ese embrujo, en el que el oyente y el lector, vuelven a ser aquellos niños de la antigüedad, bajo la sombra de un árbol, y el ritmo de la vida, es el río que fluye a través de las palabras. No sabemos a qué orillas nos lleva.

John Fitzgerald Torres (Bogotá, 1964) es autor de los poemarios: ‘La camisa en llamas’ (1987), ‘En el centro de la hoguera’ (1990), ‘Palabras de más’ (1998), ‘Orsai’ (2002), ‘Alguien creerá que esto es la poesía’ (2002). Ganó, en 2013, el VI Premio de Literatura Infantil Barco de Vapor, de la Biblioteca Luis Ángel Arango, por su obra ‘Por favor, ¡no leas este libro!’.

Acaba de sorprendernos con su más reciente libro, ‘El club de los somnolientos’, publicado por editorial Norma. En medio de la agenda intensa y maravillosa de Hay Festival de Cartagena, el libro fue un soplo de imaginación, que tocó el espíritu de los niños.

En su libro, ‘El club de los somnolientos’, el autor muestra una singular manera de entrelazar relatos breves, una tras otros, utilizando distintos mecanismos. La idea es muy creativa desde el punto de vista narrativo.

¿Cree que el arte de contar historias para niños ha perdido cultivadores en nuestro tiempo?

-En la historia de la humanidad, el sonido de la voz pronunciando las palabras aconteció primero que su representación escrita. Debieron pasar varios miles de años antes para que el código lingüístico consiguiera algún engranaje y los linderos de ambos caminos, el oral y escrito, se aproximaran. En la infancia de la humanidad primero fue la palabra enunciada, con sus sonoridades y sus silencios, con sus gestos y sus ademanes... después vino la escritura. De igual manera, en la infancia de todo ser humano primero concurren las palabras pronunciadas, con todo su arsenal kinésico y afectivo; sus vibraciones constituyen el primer puente entre el individuo y la otredad e, incluso, con esa otredad que es su interior mismo. A través de las palabras de sus padres el niño empieza a acercarse al mundo y sus misterios, y es a través de ellas, cuando comienza a hacerlas suyas, que inicia su batalla contra la extrañeza, una aventura colmada más de preguntas (no por nada los primeros diálogos de una madre con su hijo se fundamentan especialmente en preguntas) que de certezas, un camino en el que las historias (las que la criatura escucha y las que inventa) vienen a ser en realidad, largas respuestas.

Hablar permanentemente a los niños, contarles historias, hacerlos partícipes de las conversaciones, cantarles, leerles en voz alta –mucho mejor si se apela a todos los elementos prosódicos al alcance- son, por tanto, las formas más convenientes de alentar en ellos esa suerte de comprensión del entorno y de sí mismo; hacer resonar esa orquesta completa es animarlos al descubrimiento del mundo en su complejidad, y es también, por supuesto, una forma de confortarlos frente a sus incógnitas. Porque la palabra puede ser –debiera ser-, a un mismo tiempo y en esas primeras etapas de la vida, un acicate bondadoso tanto como mimo y un consuelo.

¿Cómo armó el entramado de estos relatos sin perder el sentido de la unidad?

-Mi libro, ‘El Club de los somnolientos’, ofrece al lector una estructura muy singular. Precisamente porque no subestima la perspicacia de los niños, les propone una argucia narrativa cimentada en la idea de los multiversos multidireccionales, una idea que a lo mejor resulta disparatada para las generaciones anteriores, pero de comprensión natural para los lectores nacidos en la era digital. El armazón estructural se inspira en los libros de relatos enlazados por una historia recurrente: alguien cuenta a otro(s) una sucesión de historias, cuya única relación aparente es el mismo narrador y la voluntad del escucha, una estructura común a La Biblia tanto como a ‘Las mil y una noches’ o ‘El Decamerón’. Pero en esta ocasión su arquitectura está alimentada por los descubrimientos de la física moderna, que permiten concebir la posibilidad de la traslación en el espacio tiempo. Por eso, la estructura general del libro parece estallar en una suerte de big bang narrativo. Las historias van y vienen en el tiempo, entran y salen de nuestra dimensión, marchan hacia adelante y hacia atrás, siempre “atadas” con los eslabones de la causalidad (esa secuencia nucleica de la lógica que no es otra cosa que una variante caprichosa e insistente del azar). A los niños lectores de ahora, ambientados de forma natural en el hipertexto y la virtualidad, no se les escapa este juego narrativo, por el contrario, lo disfrutan casi de la misma manera en que disfrutan el “zaping” o el “surfing” audiovisual.

¿Qué autores han sido decisivos en su formación?

- En mi relato hay un homenaje a autores que me son caros, como: Kafka, Melvillle, Kipling, Lovecraft, Poe, Cortázar, García Márquez, Hemingway, Bradbury, Rulfo, Carpentier, Dahl,... y otros. Historias que recorren por demás todos los vértices literarios, desde la ciencia ficción hasta el mito de origen, pasando por las historias de amor, de terror, el relato fantástico, el cuento hiperrealista, el planteamiento metafísico o la épica cotidiana. Lo que también, en términos de recurso pedagógico, resulta muy útil para cualquier docente con verdadera pasión por la literatura.

¿Qué riesgos enfrenta hoy el arte de contar historias?

-Contar historias es una habilidad inmanente a la naturaleza humana, codificada a fuego en los vericuetos de su ADN. Es una pulsión atravesada por la conciencia –o la incertidumbre- que posee todo individuo de su propia existencia. Incluso el lector contemporáneo, habituado a lo multidireccional y fragmentario, no puede escapar aún de dicha evidencia ni del deseo de exponerse de alguna manera a las preguntas y las respuestas que esta suscita, es decir, a los relatos.

Epílogo

Siempre es una sorpresa conocer quién es el autor de una historia capaz de sembrar curiosidades en la mirada de los niños. En dos de sus libros para lectores infantiles y juveniles: ‘El Club de los somnolientos’ o ‘El vértigo de los pájaros’, John busca seducir lectores de todas las edades.

John que es poeta y narrador, siente que cada niño es un universo personal, capaz de cuestionarlo todo. “El lector de hoy es un lector polifuncional, multisensorial y simultáneo, cuyo umbral de motivación y de asombro, ha virado en varios sentidos”.

Escribir para niños es sumergirse en aguas impredecibles.

“Bucear en posibilidades narrativas más complejas quizás, más arriesgadas, menos obvias”. El vicio de leer puede empezar en voz alta. No solo leer historias breves, sino contarlas, como algo natural y festivo. La voz es solo una herramienta. El encanto de la voz para contar, cantar y encantar.

Detrás de cada libro, se despertará el duende secreto que habita en las palabras.

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