El botiquín estaba en el patio de la casa

07 de abril de 2019 12:00 AM

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La botica o la farmacia casera estaba en el patio de la abuela. Para curarse solo había que ir y preguntarle a ella. Un dolor de estómago se curaba con una toma de la planta Elíxir estomacal, sembrada en la cola del patio. Un pecho con gripa, se resolvía con un jarabe de totumo. Una varicela se combatía con baños de hojas de matarratón.

En el patio de la casa de mi abuela, el matarratón (cuyo nombre científico es Gliricidia sepium) estaba sembrado como “cerca” y daba sombra al corral de gallos finos que tenían los hijos de la vecina. Pero no serían esos los principales usos de aquel arbusto, cada vez que alguien palidecía con una fiebre, varicela o se inquietaba con una picazón, esta especie era la cura idónea. Varias veces me bañaron con agua de hojas de matarratón, de guanábana, de matimbá y manzanilla para bajarme la temperatura, aunque para esto también hay varios remedios... un colega me contó que a él le envolvían los píes con papel periódico mojado en alcohol antiséptico y se sanaba.

Para algún brote en la piel, unas cuantas hojitas machucadas de matarratón, combinadas con jabón negro, en barra (en mi pueblo le dicen ‘jabón de perro’ por ser muy barato) y una pequeña cantidad de domeboro, eliminaban cualquier rasquiña.

Vi también a muchos niños con un collar de dientes de ajo para espantarles la tos, la misma que se combatía con el aceite resultante de un sofrito de ajo. Para la tos todavía se utiliza la miel de abejas con unas gotas de limón, antes, incluso, se hacía un jarabe del bejuco para aliviarla. “El bejuco de cadena se ponía a cocinar con anís estrellado y panela y servía para la gripa”, me indica mi abuela.

Lo más insólito que pude ver alguna vez, fue a un perro con un collar de esta planta tropical, que según me explicaron en ese momento, también era para quitarle la tos.

Cuando se hablaba de una inflamación en la vejiga, lo más apropiado era untar Vick Vaporub en la hoja del almendro para luego ponerla en la parte baja del abdomen. Decían las señoras que si la hoja amanecía seca, era porque había sacado el malestar.

Realidad y superstición

José María Simancas Moreno tiene 92 años, “nada más”, expresa con sarcasmo. Vive en Arjona y allí ha curado a más de uno de las picaduras de serpientes, de lesiones en las articulaciones. “Se descompuso una mano”, “se descompuso un pie”, dicen.

Eso y más hacía el señor José, cuando sus fuerzas eran suficientes para trabajar en el campo y para ayudar a otras personas con lo que aprendió de estas prácticas tradicionales y culturales, más que todo rurales, que ya poco se ven en los pueblos y que han sido descalificadas con el “avance” de la ciencia.

Si bien algunos “males” o sus “curas” pasan a la superstición, como el popular “mal de ojo”, que para estas fechas de cuaresma, sobre todo en niños, se contrarrestaba con un rezandero (se llevaban a ‘santiguar’) los siete viernes de este periodo, no se puede desconocer los beneficios de algunos recursos de la medicina o terapia tradicional, como las propiedades medicinales de las plantas para combatir enfermedades. La manzanilla es apenas un ejemplo. ¿Quién no ha tomado una infusión de esta hierba para la indigestión?

Pero, en particular, siempre me ha parecido descabellado creer que un pequeño hilo mojado con saliva puede quitar el hipo a los recién nacidos. José María asegura que sí funciona. Y lo dice convencido, de la misma manera en que afirma que para curar la erisipela (un tipo de infección en la piel) es necesario recurrir a los sapos como parte del tratamiento.

Su hija Pabla, quien aprendió de él, cuenta un caso que atendió, de una muchacha -afirma- que tenía la pierna en carne viva, y que no había sanado después de acudir a los médicos. “Llegó casi llorando... le dije: esto es para pasarte un sapo y me dijo que ya le habían pasado tres, pero cuando le pregunté que si los tenía colgados en su casa me respondió que el señor los pasó y soltó enseguida. Entonces le pagué dos mil pesos a un muchacho para que me buscara uno, lo bañé, lo preparé y se lo pasé. Le expliqué que tenía que ‘guindarlo’ en su casa. En un mes se recuperó”. Julio, un compañero de trabajo, me contó que él debía agarrar los sapos para que curaran a una tía. “Decían que cuando el sapo se secaba, era porque ya la pierna había sanado”.

El llamado “aire” en la espalda también tenía su tratamiento. Lo que ahora intentamos eliminar con una crema Forz de la farmacia, José María lo hacía de otra manera. “Se coge un vasito de vidrio, se le pone una vela adentro, y la parte plana se pasa por donde tenga el dolor”.

Para otros dolores

Y para cada dolencia existía una planta.

El orégano: ponían una hojita directo al fuego y, al sacarla, el líquido que destilaba se aplicaba en gotas en el oído, para el dolor.

El llantén y la cola de caballo los usaban para los riñones; el anamú, para la artitris; la albahaca, para los nervios; la sábila, para quemaduras (el cristal), y para la gripa una bebida con miel de abejas; la salvia, para el malestar en la garganta y el eucalipto, para la gripa.

Epílogo

El ‘palo’ de matarratón de mi abuela ya no está.

Muy seguramente, la hoja de este árbol ya no se usa como el remedio estrella para la fiebre o la varicela, y otros métodos curativos ya no existen. Don José es uno de esos pocos herederos de la sabiduría ancestral que sobrevive.

Este texto no pretende ser una guía de remedios caseros, tampoco busca desvirtuar sus beneficios ni compararlos con los productos de la gran industria farmacéutica, sino un pequeño registro de lo que una vez, ante la poca fuerza de la ciencia en los pueblos caribeños, sirvió de cura a nuestros ancestros y a muchos de nosotros en nuestra infancia.

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