El clarinete de Juan Camilo resuena en Boston

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El primer clarinete que tuvo en sus manos, se lo prestó el profesor José Gregorio Quintero, en el colegio Inem, de Cartagena, siendo casi un niño, y se aferró al instrumento con la pasión de un ángel que ha encontrado una lámpara maravillosa. El profesor llamó a los padres y les dijo que el niño estaba llamado por la música. Le prestó el clarinete para que siguiera estudiándolo en casa, y el niño dormía y soñaba con el instrumento. Cuando se desprendía del clarinete, era como si la luz del sol no se hubiera asomado en el día.

La madre, Viviana González, que trabaja en oficios varios, en una oficina, juntaba milagros en una alcancía de cerdito, a ver cómo le conseguía el instrumento. El padre, Guillermo González, comerciante, que escuchó la insistencia del profesor, salió a comprarle un clarinete de segunda mano, para el delirio de su niño, que, a sus dos años, vivió la separación de sus padres.

Juan Camilo González (Cartagena, 18 de agosto de 1991), resplandece con una sonrisa en el rostro. El clarinete ha sido su pasión desde niño. Para llegar a Boston, Estados Unidos, ha tenido que sortear muchos obstáculos, más allá de la pobreza, y apostando a la excelencia, ganó la beca Jóvenes Talentos del Icfes, de la Fundación Tocando Puertas y tres años fue galardonado con la beca de Asistencia de la Fundación Latin Grammy, trabajó en restaurantes de Boston, y ha cuidado durante estos años a la doctora Carda Eisenberg, Premio Nobel de Paz, creadora de Médicos sin Fronteras, una científica norteamericana de origen judío, nacida el 15 de septiembre de 1917, quien a sus 102 años, mantiene la memoria intacta y la lucidez de su conocimiento. Esta mujer celebra en la soledad de su apartamento, la grata compañía de este cartagenero que el primer sábado de cada mes, inunda la casa de música de clarinete, en compañía de maestros y estudiantes de la universidad, en una sana y espléndida convivencia artística. A veces, es ella, la que también invita a decanos de la Escuela de Medicina de Harvard. Juan Camilo dice que es como una dulce y sabia abuela que además de remunerarle el cuidado, es un enorme apoyo moral en Estados Unidos. Hasta ella llegan a consultarle politólogos y guardianes de la paz en el mundo.

Juan Camilo dice que solo tiene gratitud con los seres humanos que le han tendido la mano para salir adelante. Luego de la separación de sus padres, su madre se unió a Alcibiades Ojeda, un vigilante, que también lo ha apoyado. Tiene tres hermanos, dos varones y una hermana, hija de su padre con otra mujer. Uno es cheff y la hermana estudia su bachillerato.

Acaba de regresar a Cartagena, luego de graduarse con honores en Longy School of Music, en Boston, después de casi cinco años de ausencia de su ciudad natal, y ha vuelto en este diciembre de 2018, como director invitado del Concierto Voces de Esperanza, en la Catedral de Cartagena, con la célebre clarinetista norteamericana Rebecca Rischin, que organiza la Fundación Tocando Puertas.

“Lo que he aprendido en Boston, en la Longy School of Music, es algo más que música, técnicas y conocimiento universal de la música. Creo que lo mejor tiene que ver con la personalidad y el ser humano. Allá se es muy competitivo, se busca estar en los primeros puestos. Pero más allá de cualquier virtuosismo técnico y artístico y que le rindan pleitesía al músico, lo más importante es la condición humana. Yo no sufro de mamitis, ni de depresión ni ansiedad, de nada de eso, tengo una vida austera y sin excesos, con mucha disciplina en mi profesión, y me cuido de los peligros que puedan vulnerar al ser y la mente. No fumo ni bebo. Solo en ciertas ocasiones bebo moderadamente. No me llama la atención ninguna droga. En Boston, hay tres tiendas que venden marihuana, allá es legal, pero no me interesa. Creo que el músico no necesita drogarse para crear su obra. Su cerebro es su laboratorio creativo. Al graduarme, presenté “Cuatro aires” (Suite vallenata para clarinete, cello y piano), de mi amigo músico Luis Jerez, que impactó muchísimo en la universidad. Tiene cuatro movimientos alusivos a la puya, merengue, paseo y son. Fue un éxito rotundo. Cada paso que uno da en la vida, está precedido de muchos procesos humanos. No podría desconocer gente decisiva en mi formación como el maestro Édgar Avilán Cáceres y el maestro José Gregorio Quintero. Los dos han dado la vida por la enseñanza de la música. Allá en Boston he tenido grandes profesores de clarinete como Jorge Montilla, Michael Norsworthy, y la maestra Rebecca Rischin. Pero para llegar a Boston, nada hubiera sido posible, sin el apoyo incondicional de Evelia González Porto. Diría con toda sinceridad, que mi vida cambió cuando conocí a Evelia González Porto y María del Rosario Piñeros, que lideran la Fundación Tocando Puertas. Lo que Evelia ha hecho por mí no lo hace sino una madre. Darme el tiquete de Cartagena a Boston, el pasaporte, dos visas, y estar dispuesta en todo momento, a resolverme las dificultades. Ha sido incondicional”.

De vuelta a casa, encuentra una ciudad más caotizada, desigual y agudizada en sus contrastes de riqueza y pobreza, sumida en nuevas postraciones sociales que él descubre al llegar, como la presencia desamparada e incierta de millares de venezolanos sobreviviendo por las calles de Cartagena. El choque ha sido muy fuerte para él, comenta.

“La ciudad tiene grandes problemas de movilidad, seguridad, y si hablamos de cultura, es muy diferente cómo respetan y valoran al músico en Estados Unidos. Ya quisiéramos nosotros que, en Cartagena, la profesión y el arte de la música, se dignifiquen”.

Epílogo

El clarinete aún debajo de la almohada, sonaba en sus sueños. Juan Camilo abrazó a su padre cuando le entregó aquel clarinete de segunda mano, que fue como la lámpara de Aladino. Devolvió el clarinete prestado y resonó el suyo en el patio de su casa.

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