El cuento del Gallo Capón, la jeringoza y otros juegos olvidados del Caribe

08 de septiembre de 2019 12:00 AM

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Hubo un tiempo en que todos jugábamos al infinito. Este mismo párrafo en jeringonza, la curiosa lengua que hablamos en la infancia en el Caribe, sería:

Hupo bopo unpo tiempe popo enque topo dospo jupu gapa bapamospo alpa inpifipinipitopo.

Suena a un enorme disparate. Lo más parecido a uno de los modos de ser en el prisma del ser Caribe. Todos hablábamos en jeringonza para decir cosas curiosas, obscenidades y declaraciones de amor. Te amo en jeringonza es: tepe apomopo.

Se hablaba en jeringonza para guardar secretos y para compartir una confidencia. La jeringonza fue desterrada en el Caribe. ¿Qué niño o niña lo habla hoy? Era otro lenguaje, como el lenguaje de las señas. Una picada de ojo significaba una admiración, una señal de cariño y aprecio. Los dedos cruzados una invocación a los ángeles. Nuevos guiños virtuales suplantaron guiños gestuales. El juego de la estatua. El que más duraba congelado o momificado era un desafío a la resistencia, como el que más durara debajo del agua.

Eran los tiempos en los que jugábamos al juego infinito para matar el tiempo: el juego del Gallo Capón, y al que más dijera exageraciones.

¿A quién se le ocurrió semejante disparate del Gallo Capón?

Es una creación popular, por supuesto. Se remonta a las noches en que contar historias era lo más natural de este mundo, como sentarse a coger fresco a las cinco de la tarde. La vida era más sencilla y quizá más auténtica, lo que no descarta que lo moderno sea reinventado en una mejor dirección y calidad humana.

Desaparecieron gradualmente en la vida moderna: reunirse en el patio en familia, sentarse a recordar, sentarse a la mesa a compartir y sentarse en la puerta al atardecer. Los pretiles y las terrazas empezaron a ser enjauladas y enrejadas, con la degradación de la convivencia, la desconfianza y la perversión de los conflictos sociales y armados y las violencias sin límites en el campo y la ciudad. Familia y sociedad fueron las víctimas de la pauperización de la región y la nación.

Así lo contó Gabo

Gabriel García Márquez, que recorrió todo el Caribe colombiano, por dentro y por fuera, y salió a recorrer el Caribe continental, fue en esencia, un cronista, un contador de historias. Las que no vivió las hizo propias, escuchando a sus semejantes. Y en ese peregrinaje descubrió lo que ya había visto en su propia casa; el arte de narrar es una virtud de los hombres y las mujeres del Caribe, sean de La Guajira, Sucre, Bolívar, Cesar, el Magdalena Grande, Córdoba, San Andrés, etc. Esa virtud es heredada por la estirpe africana, que es una cultura oral, y por toda la tradición oral que heredamos de los indígenas y también por la herencia europea. La mezcla ha sido prodigiosa, porque cada matriz ha aportado matices de imaginación y creatividad colectiva.

El cuento del Gallo Capón no lo inventó García Márquez, sino el pueblo Caribe, que él supo escuchar e interpretar en sus crónicas, cuentos y novelas.

Todos jugábamos al cuento del Gallo Capón hasta cuando nos quedábamos callados y el interlocutor decía: No te he dicho que te quedes callado, sino que si quieres que te cuente el cuento del Gallo Capón. Y así hasta el infinito de la desesperación.

Así lo cuenta García Márquez en su clásica y monumental novela Cien años de soledad:

“Los que querían dormir, no por cansancio sino por nostalgia de los sueños, recurrieron a toda clase de métodos agotadores. Se reunían a conversar sin tregua, a repetirse durante horas y horas los mismos chistes, a complicar hasta los límites de la exasperación el cuento del Gallo Capón, que era un juego infinito en que el narrador preguntaba si querían que les contara el cuento del Gallo Capón, y cuando contestaban que sí, el narrador decía que no había pedido que dijeran que sí, sino que si querían que les contara el cuento del Gallo Capón, y cuando contestaban que no, el narrador decía que no les había pedido que dijeran que no, sino que si querían que les contara el cuento del Gallo Capón, y cuando se quedaban callados el narrador decía que no les había pedido que se quedaran callados, sino que si querían que les contara el cuento del Gallo Capón, y nadie podía irse, porque el narrador decía que no les había pedido que se fueran, sino que si querían que les contara el cuento del Gallo Capón, y así sucesivamente, en un círculo vicioso que se prolongaba por noches enteras”.

El cuento
desmesurado

Otras veces, para matar el tiempo, jugábamos al que más contara cuentos exagerados en el pretil de la casa:

Era un tipo tan gordo, pero tan gordo, que no podía amarrarse los cordones de los zapatos, y tan pesado, pero tan pesado, que tuvo que inventarse una silla de cemento porque no había silla en el mundo que resistiera su peso.

Era tan flaco como un silbido de culebra, y tenía que tomar aire para decir la palabra tres.

Era una señora que tenía mal de ojo, que con solo mirar a las flores se marchitaban. Y no podía ver un cabello bonito de alguna mujer porque de inmediato el pelo se le empezaba a caer.

Era tan ordinario aquel tipo que llegaba al mercado y no pagaba un plato de comida como todo el mundo, sino que pedía una hora de mondongo.

A veces, la competencia de contar se opacaba con cuentos verdes y chistes flojos. El Caribe siempre ha sido reino de exageraciones. Solo en el Caribe se alargó el juego del dominó que en Cuba incluyó el doble siete, el doble ocho y el doble nueve, para que pudieran entrar más jugadores.

Las otras penitencias

En ese juego de las penitencias que se hacía con una botella girando en el suelo y todos sentados, ocurrían penitencias impredecibles: ¡A que no te atreves a darle un beso a la vecina de enfrente! ¡A que no te atreves a bailar con la chica que va pasando!

En esas travesuras infantiles y juveniles, Cartagena ganó el concurso de las apuestas más atrevidas: cogerle las nalgas a un presidente de la república en un club social de la ciudad.

Los tres apostadores se comprometieron a semejante juego, que ganó un señor de apellido Román, quien no solo le cogió las nalgas al presidente delante de todo el mundo, sino que esperó que los dos competidores vieran el tamaño de su atrevimiento. El límite entre el Caribe juguetón, divertido, dicharachero, sano, teatral, humorístico, pasó al Caribe burlón, irrespetuoso y tal vez, agresivo, como aquel señor Gabriel Calvo Paso, que hacía carteles mortuorios en diciembre con lista de personas vivas, diciendo: “Estos no comerán pasteles en diciembre”, presumiendo que morirían ya sea por su vejez, enfermedades o porque veía el golero en la oreja. Resulta que a Gabriel Calvo terminaron pagándole como si fuera una extorsión para no salir en ese cartel mortuorio. Mi amigo Álvaro Tribiño pagó una camionada de tierra para que la echaran en la casa de otro amigo que acababa de casarse, y al despertar no podía salir de su propia casa. Pagó esa chanza pesada.

Es el Caribe con todos sus matices de ocurrencia e imaginación, en donde el cuento del Gallo Capón es uno de sus juegos infinitos.

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