Facetas


“El día que fui a ver al hombre que me quería matar”

No lo sabía, pero esa noche iban a asesinarlo. Un grupo de paramilitares había llegado al pueblo con la terrible intención de exterminar a dos hombres, y el segundo era él.

LAURA ANAYA GARRIDO

06 de junio de 2021 10:00 AM

Los paramilitares habían reunido a todos los habitantes del pueblo para hablar pestes de Jesús*. Que era un guerrillero, decían. Que no valía un peso. Que tarde o temprano le pegarían un balazo en la frente, que lo iban a encontrar tarde o temprano, repetía su potencial asesino mientras “jugaba” con un revólver aquella mañana, frente a una multitud en la que estaba la esposa de Jesús. Ella, inmóvil por un terror que tenía más cara de tristeza, de incertidumbre y de dolor, no podía ni siquiera llorar y mucho menos pronunciar palabras para defender al campesino con el que había estado casada por décadas.

Jesús, mientras tanto, se había marchado bien temprano para encontrar lo que sí se le había perdido: la calma. Es que no podía soportar la certeza de saberse “objetivo militar” en una guerra que nunca había sido suya: era el simple campesino al que tantas veces extorsionaron los mismos paramilitares y los guerrilleros; un mortal que trabajaba por sacar a sus hijos adelante y que ahora estaba en una hacienda esperando a su asesino. Había llegado allí por un conocido que, como muchos en la región, sabía dónde estaba la guarida de aquellos criminales.

-Vaya a resolver su problema de una vez... Si lo matan, yo aviso en el pueblo- le había dicho e, incluso, lo acompañó.

Jesús llegó a aquella hacienda infestada de paramilitares después de decidir que no viviría un solo minuto más huyendo. Pero no podía dejar de pensar en que si hubiera tardado diez minutos en salir de la casa, ahora estarían organizando su sepelio...

La pesadilla empezó en la noche anterior: un grupo de paramilitares había irrumpido en el pueblecito para llevarse a dos hombres. Ya lo habían hecho antes: llegaban a la casa de la nueva víctima y se la llevaban caminando a uno de los extremos del pueblo, allá lo masacraban. Aquella noche, un vecino llegó a comentarle a Jesús que “se habían metido” y él salió adonde su hermano, para averiguar más sobre qué ocurría y sí, allá lo supo...

-Se llevaron al hijo de Nosequién y ahora se metieron fue a tu casa, como que fueron a buscarte-, le contaron y el cielo pareció volverse todavía más oscuro. ¿Dormir?, ni un segundo. Jesús pasó la peor noche de su vida en una casa ajena, pensando en qué sería de su esposa y sus hijos si lo mataran. Al día siguiente, cuando le dijeron que los armados se habían marchado, el campesino regresó a su casa para buscar algo de ropa e irse con tantas incertidumbres a cuestas...

Ya lejos de su hogar, y con el amarguísimo sabor de haber dejado todo lo que amaba por un absurdo, se encontró con aquel conocido, que prometía conducirlo a la boca del lobo. Y lo hizo.

Frente a frente

-Mi nombre es Jesús, vengo a hablar con su jefe, porque me dijeron que me van a matar-... y lo dejaron pasar.

-Bueno, espere que llegue el jefe.

Pasó una hora, pasaron dos, tres. Nada. ¿A qué horas vendrá?, se preguntaba Jesús y ni siquiera sospechaba que su potencial asesino estaba dando una terrible diatriba en su contra en el pueblo.

-Espéralo, no te vayas, porque te lo encuentras en el camino y te mata de una vez-, le decía su conocido.

El asesino llegó en la tarde...

Ahora Jesús estaba sentado justo frente al asesino, tan cerca que las rodillas de ambos rozaban. Tan cerca que podía oler en su aliento el odio absurdo y descomunal que había alimentado tantos años de guerra en Colombia.

-¡Tú lo que eres es un hijuep... guerrillero!- gritó el asesino.

Jesús sintió el tufillo de cada trago de la botella de whisky que aquel paramilitar bebía de tanto en tanto y volvía a poner en el suelo, junto a una de las patas izquierdas de su silla.

- ¡Vea, usted me respe...!

- ¡Te callas!

- ¡Yo no soy...!

- ¡Te callas!

Veía cada detalle del fusil dormido sobre las piernas del mercernario y dispuesto a despertar en cualquier segundo, así como la pistola que el criminal enfundaba en el lado derecho de su cinto, pero ya estaba demasiado cerca de la muerte como para dejar ganar al miedo y quedarse callado.

-Está bien, diga todo lo que quiera decir y después hablo yo-, replicó Jesús y el asesino comenzó a aferrarse de un cuaderno donde supuestamente el nombre del campesino había sido anotado en letras rojas, por haber “colaborado” con la guerrilla.

-Pero muéstreme ese cuaderno- pedía-, muéstreme qué dice porque yo nunca he sido guerrillero, ni paramilitar. Vea, yo no gusto de eso, a mí me da es lástima cuando matan a cualquiera, yo no soy capaz.

-Aquí dice que eres guerrillero, hijuep...

-¡Que no soy y usted no puede tener pruebas de algo que yo jamás he sido! Por eso es que estoy aquí, yo no tengo por qué huir. Nunca lo he hecho y no lo voy a hacer ahora, porque no he hecho nada malo.

Jesús siguió defendiéndose, refutando cuanto absurdo salía de la boca del asesino y pidiéndole pruebas. El cuaderno resultó ser una burda estrategia para desarmar a Jesús, pero no se puede desarmar a alguien que nunca ha tenido un arma...

-Espérame aquí, ya vuelvo-, dijo el asesino y se levantó de su silla. Jesús lo vio alejarse para hablar por un teléfono celular.

Se hacía de noche.

***

Si no me ha matado, ya no me mata. ¿O sí?, después de todo, ¿qué le cuesta darme un balazo en la cabeza y enterarme aquí mismo? Dios mío, que no me mate, que no me mate. No joda, no me puede matar porque yo no he hecho nada, ¿pero a cuánta gente inocente no han asesinado en este país? Y nadie sabe que estoy aquí, ni mi esposa, ni mis hijos... Bueno, si me mata, este man les avisará y me vendrán a buscar. ¿Será que los dejan llevarme, para que me entierren en el pueblo? Será que...

El asesino regresó.

Todavía con el celular en la mano, el tipo terminó confesándole a Jesús que otro campesino había escrito en ese cuaderno varios nombres de personas del pueblo, acusándolas de colaborar con la guerrilla. Le preguntó, incluso, por algunos de esos, a los que también acusaban de guerrilleros; Jesús pudo corroborarle que ninguno de ellos había cometido un delito y que no merecían morir de otra cosa que no fuera de viejos.

-Ya no te voy a matar.

***

Jesús y su conocido salieron de aquella hacienda ya de noche, cada quien tomó su camino, pero sintieron que la muerte seguía estando ahí, cerca, así que el protagonista de esta página se quedó a dormir en un pueblo diferente al suyo. Dormir es un decir...

Sí, Jesús estaba bastante más tranquilo, pero no podía dejar de recordar. El fusil, el olor a whisky, el revólver, el cuaderno y tantos absurdos. El asesino lo disfrutaba, sí, le gustaba verlo sufrir, sentir el natural miedo que todo ser humano debe sentir al saberse al borde de morir.

Apenas amaneció, Jesús se levantó, se arregló y salió a tomar una moto para, por fin, regresar a su casa, abrazar a su mujer y besar a sus hijos.

-Compa, lléveme al pueblo-, le dijo Jesús a un mototaxista conocido.

-Nombe, compa, a usted lo van a matar-, le respondió.

Jesús no pudo evitar estremecerse, pero atinó a responder:

-No, nada, ya no me van a matar-, replicó.

-Eso está regado, que a usted lo van a matar los paracos.

-Que no, que ya eso está arreglado -insistió-, ¿tú crees que yo estaría buscando irme para el pueblo si me fueran a matar?, nada. A mí no me van a matar, vamos.

Y se subió a la moto para regresar a casa con la más grande certeza a cuestas: la de vivir para contar esta historia.

*Nombre cambiado a petición de la fuente.