Facetas


Crónica de despedidas: el duelo de la peste en el Caribe

Los rituales que rodean la partida de un ser querido también se han transformado a nombre del coronavirus.

GUSTAVO TATIS GUERRA

23 de agosto de 2020 07:00 AM

Era un niño cuando vi por primera vez el cadáver de mi abuelo Ricardo Ulises Guerra en Sahagún. El ataúd estaba en la vieja casona de palma y piso de tierra, en la Calle Larga, y las flores rojas de corales recién cortados de los patios adornaban el altar con un vaso de agua. El abuelo parecía dormir en aquella elegancia, con su corbatín negro, el semblante enrojecido, el cabello peinado a ras, el ojo tuerto y el otro ojo, los dos párpados ahora cerrados lentamente después de su muerte, como si acabara de dormirse en la frescura de la madera del ataúd.

Poco después supe que el vaso de agua es una vieja creencia popular de que el muerto beberá de esa agua en el tránsito a la eternidad; los deudos se lo dejan allí para que vaya bebiéndolo y no tenga sed en el viaje. Miraba cada día la sombra de la línea del agua y decía: “Abuelo se ha bebido un poquito de esa agua”. Pero el agua parece intacta. A veces la brisa que entraba al atardecer movía el agua del vaso.

Los familiares venían de pueblos cercanos a Sincé, Montería, Sincelejo, Magangué, La Mojana y de corregimientos recónditos y llegaban a cualquier hora del día, la noche y la madrugada para despedir al abuelo. Nadie durmió bien en aquella primera noche del velorio de nueve días. Había taburetes por todas partes y hamacas improvisadas para familiares derribados por el sueño. Cada recién llegado avivaba el llanto de Escolástica Flórez, mi abuela. Eran lágrimas legítimas, serenas, desoladas, que salían de sus entrañas, por más de medio siglo de amor y una docena de hijos, de los cuales habían muerto, uno, Ricardo Tercero, al que todos llamaban Terce, nació con el corazón grande y murió de madrugada en la hamaca, tenía dieciocho años. El otro murió en el parto.

La muerte adelgazaba las distancias en la aldea y reintegraba parientes que teníamos muchos años de no ver. La gente se abrazaba entre lágrimas y en silencio, el ataúd fue cargado por toda la familia y llevado a pie hasta el cementerio de Sahagún. Los funerales continuaron hasta nueve noches más, en las que todos traían algo para la incontable comida de tantos visitantes: una enorme olla de sopa y otra enorme olla de arroz, otra olla con yuca, ñame, plátano y una mesa llena de queso, suero, ahuyama, y un picante infaltable en la mesa. Descubrí pocos días después de su muerte, en el baúl del abuelo, unas novelas descuadernadas de Ernest Hemingway y unos tomos de la Segunda Guerra Mundial y unas cartas dispersas en una letra precisa y verde, escrita a mi abuela. Abuelo había sido un hombre de la tierra, que le gustaba sembrar y tener sus ganados, comerciaba con tabaco y panela en La Mojana, recorría pueblos a caballo, en canoa o en carro, en algún momento de su vida fue inspector, cazador insaciable hasta que se disparó él mismo con su arma y se sacó un ojo y llegó a casa con la camisa manchada de sangre y la cuenca de su ojo aún sangrante detrás de su pañuelo, que ya no ocultaba aquel instante atroz.

En las treguas del dolor, en las madrugadas, alguien contaba historias de mi abuelo, ocurrencias de monte adentro y ciénagas perdidas en la manigua en donde él perseguía a los venados y a los animales de monte. La comida y las historias nunca faltaron en aquellos nueve días. Y en medio de las lágrimas, uno terminaba llorando más allá de la tristeza, por la gracia descabellada de los cuentos. En el Caribe vivir es siempre una apuesta festiva ante la muerte. Y ni siquiera la muerte nos apaga el sentido gozoso de celebrar la vida más allá de ella.

La despedida en la peste

En mi abuelo pensaba en estos días de agosto, en los que hemos visto morir a tantos amigos y amigas cercanas por culpa del COVID-19 en el Caribe colombiano.

Enterrar a los muertos ha sido el drama sin nombre de este tiempo, porque en Colombia hay muchas ceremonias para despedir a los muertos. Y quien muere de COVID-19 está condenado a no tener la oportunidad de despedirse de sus seres queridos. Es una tragedia más allá de la muerte.

Si en la antigua Grecia un cadáver insepulto era un verdadero y estremecedor drama, nosotros vivimos un drama peor que ese: el no poder cumplir con los rituales que son una forma de sanación interior ante el cataclismo.

En el Caribe hay ceremoniales fúnebres de los indígenas, de los africanos y también de los mestizos de origen europeo. El lumbalú, es una de ellos, y se practica desde hace más de cinco siglos en San Basilio de Palenque, a una hora de Cartagena de Indias, aldea habitada por descendientes de cimarrones, que, guiados por Benkos Biohó, fundaron entre la manigua, el primer reino de libertad en América.

El lumbalú es el más fino llanto entre todos los llantos en Colombia. No se derraman lágrimas ante la muerte. Solo lágrimas silenciosas ante la vida. En lo alto del lumbalú late el espejismo de que el muerto se levante y baile junto a ellos. Las comadres le cantan el bullerengue del amor: cuando estoy en la parranda no me acuerdo de la muerte.

En el lumbalú se despide al muerto con tambores.

Con la peste, el lumbalú se hace también en plataformas digitales, para los que tienen celular o acceso a internet. Hay comunidades, como la wayuu, en La Guajira, que no creman sus cadáveres. Y se han visto vulnerados en sus creencias ancestrales. En la región del Sinú, donde yo nací, se hacen nueve días y nueve noches de velorio y en un altar con flores de coral rojo y flores blancas, se pone un vaso de agua para que el muerto se la vaya bebiendo lentamente en su tránsito a la orilla celeste. Durante esos nueve días, toda la aldea abastece a la familia del muerto con canastas de alimentos. La solidaridad nos redime para tener una segunda oportunidad sobre la tierra.

En San Basilio de Palenque, el ataúd se pone en la puerta de la casa y al muerto lo visten de blanco. Las mujeres cantan. Los hombres tocan los tambores. Solo los tambores pechiches, los más grandes. A veces también las mujeres lo tocan. Todos danzan alrededor del muerto. Las lágrimas no se asoman aún en los rostros. Danzar y tocar el tambor son la más íntima manera de llorar en Palenque. El cuero del tambor sucumbe a las lágrimas. Se adelgaza, como si fuera la piel del difunto. La madera llora erizada con la lejana música del bosque en verano. Y lloran, con ella, todos los pájaros. (Lea también: El coronavirus ha transformado hasta los sepelios)

Pañuelos y velas encendidas

Mi compadre Limberto recibió las cenizas de su hermano Filiberto, muerto de COVID-19. El hermano entró al hospital, fue entubado y nunca más pudo verlo. Solo le entregaron las cenizas. La inconsolable madre, Zorayda, llora al ver un video de hace pocos meses, en donde su hijo está celebrando la vida a sorbos de cerveza, bailando en un patio de su casa. No queda sino el recuerdo de lo que fue y la estirpe que sigue viva en sus hijos. Y la memoria feliz de sus pisadas. Un paisano pensó desafiar su propia muerte antes de ser hospitalizado y le dijo a su mujer que no derramara lágrimas; que cuando le dijeran que ya estaba muerto, se vistiera de fiesta y bailara frente al bar de salsa donde habían sido felices, unos pases de El Sonido bestial.

En Sahagún, mis paisanos queridos, gracias a William Caldera, filman el funeral con recuerdos del muerto, el carro mortuorio pasa por las calles y la gente lo despide en el corredor con velas encendidas y pañuelos blancos, como si fuera la procesión de nuestra propia muerte.

Epílogo

La casa quedó sola el décimo día de la muerte de abuelo Ricardo Ulises, con una inmensa desolación a la que no alcanzaban las palabras y los abrazos. En el viejo tinajero con agua llorada de nuestro patio, el agua seguía llorando en la redonda soledad de la tinaja. Me acerqué al vaso en el altar y ya no había ni sombra de agua. Pensaba que abuelo se había bebido lentamente aquel líquido y había llegado ya, por fin, a la otra orilla donde estaba el cielo.