El guardián que cuida 18 vidas en El Paraguay

22 de julio de 2018 07:00 AM

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“Vivíamos arrendados pero  me enfermé, me operaron de una hernia. Cuando salí del hospital nos echaron a la calle, debíamos un mes de arriendo. Yo entiendo a la señora, porque ajá, ella tenía seis cobradiarios, muchas deudas y no podía tenernos ahí gratis, con justa razón nos echó. Yo dejé todas mis cositas en mi ranchito, porque no tenía a dónde llevarlas. ¿Pa’ dónde cogíamos? Nos fuimos al Terminal de Transportes, por 20 días, ¡fíjese usted!

“No vaya a creer que eso es fácil. Dormía en las bancas y la Policía me cuidaba, para que no vinieran los locos a hacerme un daño. Toda esa gente del Terminal se portó muy bien conmigo, me ayudaban con comida y ropa. Que Dios los bendiga (...) Perdonen que me ponga un poco nostálgica, pero eso no fue fácil, pasamos Semana Santa allá”.

La odisea de quedarse en la calle de la noche a la mañana puede ser dura para cualquier persona, seguramente lo fue muchísimo más para doña Emilce Tamayo Caraballo, una señora de 80 años, cuya cirugía en el abdomen apenas sanaba cuando su frágil y delgado cuerpo pasó noches a la intemperie, bajo frío y desprotegida.

No estaba sola, su hijo Elías vendía chances, pero el dinero no les alcanzó y un día quedaron sin techo. Sin embargo, ellos se fueron encontrando con varios ángeles en el camino. Su penumbra se aclaró poco a poco.

Rumbo a casa
“La señora Emilce trabajaba hace un tiempo lavando y planchando en casas del barrio Alto Bosque, así que una persona la vio durmiendo en la Terminal y la reconoció. Le tomaron fotos y las difundieron a través de un grupo de la JAC que tenemos por WhatsApp, fuimos hasta allá para ayudarla, estaba mucho más delgadita que ahora, ya está repuestica. Una persona del barrio le pagó una semana en un hotel”, recuerda Lorena Posso, residente en el Alto Bosque. 

-¡Era un hotel con aire acondicionado!, recalca Emilce.

-¿Le gustó?, le pregunto.

- Sí, porque tenía aire acondicionado.

- ¿Y quién lo pagó?

- No me acuerdo bien, pero tenía aire acondicionado.

“Después comenzamos a buscar asilos en Cartagena para ella, pero todos cobraban demasiado dinero. Yo conocía este, hablamos con la directora y decidimos traerla aquí. Y la bendición fue completa, porque además de ella, se quedó su hijo Elías, que ahora trabaja aquí, cuidando a los demás abuelitos”, explica Lorena.

Así, hace cuatro meses Emilce llegó a la Fundación Hogar el Señor es Nuestro Refugio, un asilo que funciona desde hace seis años en una vivienda del barrio El Paraguay. “Aquí me siento plena, amada, llena de felicidad, aquí estoy tranquila, a veces ayudo a atender a mis compañeros, soy feliz, ¿para qué mentirte?”, me comenta.

Aún no me marcho, pero ella aprovecha y se despide: “Ve que vengas de nuevo a visitarme, no me olvides que aquí te voy a estar esperando, ve que no me falles. Good bye”. 

Sin rumbo
Al entrar, en el umbral de la casa, los rostros de incertidumbre de dos mujeres nos dieron la bienvenida al Hogar el Señor es Nuestro Refugio. Son Viviana García y su madre, Magali Rodríguez, una abuelita de 86 años. Ellas, casualmente acaban de llegar.
Buscan un techo para esta noche porque, por cosas del destino, las sacaron del lugar donde vivían.

“Estuvimos en una fundación por un año pero de allá dijeron que teníamos que irnos. Fuimos a la casa de una media hermana mía, en el barrio República de Chile, y estuvimos unos días allí, pero después nos dijo que nos teníamos que ir”, me explica Viviana.
Desafortunadamente, el asilo no está en su mejor momento, solo hay 18 camas disponibles para los abuelitos que atienden.

Entonces, aunque quieren, no es tan fácil que por lo menos reciban a doña Magali. No es seguro que ellas tengan la misma suerte de Emilce. Pero tampoco es imposible.

Es una casa grande donde antes funcionaba un colegio, las habitaciones fueron adaptadas para los adultos mayores, pero les faltan algunas mejoras para que estén más cómodos, hay un televisor grande en una sala que todavía está adornada con globos alusivos al Mundial de Fútbol. El hogar subsiste de la caridad de sus voluntarios, de personas como Lorena y de aportes de los familiares de algunos de sus inquilinos, que están pendientes y visitan a sus abuelitos. Sin embargo, las ventas de galletas a iglesias y empresas, de las que también vive el asilo, últimamente decayeron.

“Tuvimos que hacer una campaña, llamar a los medios de comunicación, porque las ventas de galletas desmejoraron y nos estábamos quedando sin comida”, explica Yomaira Zamora, administradora. Ella trabaja con otras personas para mantener en pie al asilo, para darles ánimo a las vidas de los abuelitos.

“Gracias a Dios muchas familias y empresas en Cartagena nos han apoyado. Hemos recibido respuestas positivas, han traído muchos alimentos”, comenta. 

Por ahora, Viviana y su madre Magali recibirán un mercado, mientras encuentran de qué forma pueden ayudarlas.

El comienzo
“Si no puede tenerla allá, dele un veneno”. La frase estremeció a María Eugenia Torres Miranda hace algunos años. Ella había visto a algunos abuelitos ser abandonados a su suerte, pero nunca que alguno de ellos fuese despreciado tan ruinmente.

“Esa señora no tuvo hijos, vivía con un hermano pero cuando él murió los sobrinos la trajeron acá, dijeron que volvían por ella, pero nunca lo hicieron. Cuando ubicamos a uno de los sobrinos, dijo que le diéramos un veneno, que él no podía tenerla (...) Nosotros seguimos cuidando de ella, me quería mucho, me decía mamá, tiempo después murió, le hicimos un funeral y todo. Si te contara otros casos duramos toda la tarde aquí”, afirma María Eugenia.

También me habla del señor Teodoro, quien esperó varias semanas por un hogar en el Hospital Universitario de Caribe, después de una amputación de una pierna. “Siempre iban a visitarlo de otros asilos, decían que volverían por él, pero nadie se atrevía a llevárselo, porque tenía una sonda complicada de atender. Hasta que llegamos nosotros, él pensó que no volveríamos. Pero sí lo hicimos, lo recogimos, encontramos a la familia en El Pozón, pero era una casa de tablitas, en medio del agua, en muy malas condiciones, así que decidimos quedarnos con él”, narra.

María Eugenia comenzó trabajando con adultos mayores en el asilo El Carmelo, en el Centro Histórico, luego repartió almuerzos a abuelitos en su comunidad, en el barrio Junín, y finalmente encontró un lugar para albergarlos en esa casa de El Paraguay. Lucha por ellos incansablemente.

El asilo es como un ángel guardían que cuida las vidas de quienes lo habitan. Desde que abrió sus puertas, muchas son las historias que han pasado por este hogar, pero sobre todo muchas las historias que quedan por contar

Para mejor

El Hogar El Señor es Nuestro Refugio es una fundación sin ánimo de lucro que alberga a 18 adultos mayores que han sido abandonados o que son recluidos en ese lugar por familiares que están pendientes de ellos. “Tratamos de darles alimentos, salud, asistencia médica. Tratamos de ser nosotros su familia, ante todo buscándoles apoyo para que ellos se sientan mejor cada día. En este momento, por fortuna hemos recibido alimentos, pero quisiéramos mejorar la infraestructura, los pisos, las paredes”, explica Yomaira Zamora. Recientemente, varias personas lideraron una campaña para ayudar a los abuelitos del hogar. Si usted quiere sumarse puede comunicarse al 3113949247 y al 3128056489.

 

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