El maestro Alberto Lleras venció al destino

31 de marzo de 2019 12:00 AM

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Lo más parecido a su vida es una vasija que se hizo añicos, y él, con la paciencia de un monte tibetano, a lo largo de los años, ha ido moldeando con hilos de oro, con la vigilia de un orfebre iluminado.

Alberto Lleras Noriega cierra los ojos para iluminar su propia oscuridad, como quien busca peces en la oscuridad de un río, parpadeando en el instante en que un tren embistió a toda su familia. Todo ocurrió aquel 11 de enero de 1970, a las 12 y 15 de la tarde, en que, junto a 25 miembros de su familia, iba rumbo a El Rodadero en un bus alquilado a celebrar sus 12 años. Parecía ser el día más feliz de su infancia, pero se convirtió en el más trágico de su existencia. Iban eufóricos, ilusionados con ir al mar, cuando en la línea del tren, el Expreso del Sol, borró como en una pesadilla, en unos segundos absurdos y brutales, a toda su familia y quince pasajeros más. “El tren cargado de pasajeros embistió con brutalidad el bus de lata y madera, que terminó esparcido en mil pedazos por el aire junto con todos sus ocupantes: 50 personas, de los cuales 25 pertenecían a una misma familia, la suya”, escribe Alberto.

Su voz suave, sus ojos profundos, su delicadeza para contar la fatalidad, son los de una criatura excepcional, un maestro de la resiliencia, que durante los doce a sus veinte, en la etapa más oscura de su vida, se sentó a conversar con Dios, para que le respondiera por qué lo había elegido a él como sobreviviente de una de las más grandes tragedias del Caribe colombiano, en casi medio siglo. Al cerrar los ojos ve al conductor despistado que cruza la línea del tren, sin presentir la fatalidad, y ve al conductor del tren, que, en la distancia, a toda velocidad, apenas intuye la sombra del bus en la línea férrea. Las dos miradas despistadas, en la geometría de la fatalidad, tardaron solo segundos para entrar a la muerte. Para tener un dominio absoluto de aquellos instantes, y de la vida y las emociones de aquel niño de doce años, Alberto escribió un relato autobiográfico en tercera persona, ‘El hombre que derrotó al destino’ (2019), con la sutileza del tallador, y se limitó a nombrarse como Beto, el protagonista de propia tragedia. Su libro, de 187 páginas y publicado por Collage Editores, se presentará en abril en la Feria Internacional del Libro de Bogotá (FILBO). Es un libro bien contado, con una memoria prodigiosa y una sensibilidad que desafió su propio dolor y lo transformó en extraordinaria sabiduría de vida. Su libro no tiene nada que envidiarle a los relatos de ficción. Podría ser una novela breve. Tiene el privilegio del prólogo de Juan Gossaín, quien además escribió la crónica de la tragedia cuando era reportero en El Heraldo, y califica el libro de Alberto Lleras como “un hermoso y desgarrador relato”.

“El sentimiento que ha inundado mi corazón, mientras paso y repaso los papeles originales de este libro, es el de la victoria del ser humano sobre la adversidad”, señala Gossaín. El epílogo es del poeta José Luis Díaz-Granados, quien, en aquel día fatídico, esperaba en Bogotá la llegada de ese mismo tren desde Santa Marta.

“Por la multiplicidad de voces y de historias que conforman este relato, lo hermanan con la novela”, precisa Díaz-Granados, por utilizar con destreza herramientas narrativas con “un lenguaje ágil, sencillo y directo”.

Ahora él está frente a mí, acompañado de la psicóloga Yelenka Reyes, especializada en proyectos de desarrollo social, y me cuenta cómo ha moldeado la vasija con los hilos de oro.

“Durante esos años, hasta los veinte, viví en la oscuridad más profunda, reclamándole a Dios por la tragedia y por mi orfandad. Pasé al Seminario Mayor, buscando respuestas a mi dolor. Fue significativo el encuentro espiritual, no fanático, con el padre eudista Carlos Guillermo Álvarez. Y más allá de resignarme busqué resignificar lo vivido. Llegué a la conclusión que la tragedia no fue solo el drama de aquel día, sino también los maltratos físicos y emocionales, la ausencia del padre, la relación con la madrastra, el robo de la herencia, y pasé de contar la tragedia en la primera parte de mi libro a una segunda parte, en la que me pregunto qué haré con mi vida, yo decido ser lo que soy. Se puede ser feliz y vivir llorando. Pero trascendí ese proceso hacia una resiliencia espiritual. La paz no es la ausencia de conflictos, como la felicidad tampoco es la ausencia de dolor. Al leer La Biblia, cada vez que veía el nombre de Jesús, lo leía en primera persona. Ese soy yo, a diferencia del Beto de mi libro, que está en tercera persona. Además de los libros sagrados, busqué a Platón, a Séneca, leí ‘El Caballero de la armadura oxidada’, leí libros de Occidente y Oriente, la sabiduría china me recordó que ‘la puerta mejor cerrada es aquella que puede dejarse abierta’. Mi libro lo he dedicado a mis hijos, para que cuando ellos pasen por momentos difíciles, puedan sobreponerse a las adversidades. Así como el agua hace flotar un barco, digo en mi libro, también puede hundirlo”.

Epílogo

Cada 11 de enero, día de su cumpleaños, el maestro Alberto Lleras Noriega se despierta temprano, y cuando son las 12 y 15, hora de la tragedia en la que desapareció toda su familia, se sumerge en un silencio de oración y recuerda a sus padres, hermanos, primos, tíos y tías, fallecidos ese día. “La vida nos da regalos envueltos en problemas”, dice Alberto, con la convicción de quien ha vivido en carne viva la tragedia griega y las tragedias de Shakespeare, pero se ha elevado como un Ave Fénix de sus cenizas, como maestro de la vida y del Gimnasio Moderno, para decirlo con sus pensamientos y sus actos, y compartirlo a sus incontables y espléndidos alumnos, como Francisco Escobar: “La vida es la oportunidad para ser feliz. Yo nací para ser feliz”. Él es una criatura ejemplar, excepcional, un soplo de humanidad, compasión y ternura en medio de las oscuridades de nuestro tiempo.

Lo más parecido a su vida es una vasija que se hizo añicos, y él, con la paciencia de un monte tibetano, a lo largo de los años, ha ido moldeando con hilos de oro, con la vigilia de un orfebre iluminado.

Alberto Lleras Noriega cierra los ojos para iluminar su propia oscuridad, como quien busca peces en la oscuridad de un río, parpadeando en el instante en que un tren embistió a toda su familia. Todo ocurrió aquel 11 de enero de 1970, a las 12 y 15 de la tarde, en que, junto a 25 miembros de su familia, iba rumbo a El Rodadero en un bus alquilado a celebrar sus 12 años. Parecía ser el día más feliz de su infancia, pero se convirtió en el más trágico de su existencia.

Iban eufóricos, ilusionados con ir al mar, cuando en la línea del tren, el Expreso del Sol, borró como en una pesadilla, en unos segundos absurdos y brutales, a toda su familia y quince pasajeros más. “El tren cargado de pasajeros embistió con brutalidad el bus de lata y madera, que terminó esparcido en mil pedazos por el aire junto con todos sus ocupantes: 50 personas, de los cuales 25 pertenecían a una misma familia, la suya”, escribe Alberto.

Su voz suave, sus ojos profundos, su delicadeza para contar la fatalidad, son los de una criatura excepcional, un maestro de la resiliencia, que durante los doce a sus veinte, en la etapa más oscura de su vida, se sentó a conversar con Dios, para que le respondiera por qué lo había elegido a él como sobreviviente de una de las más grandes tragedias vividas en el Caribe colombiano, en casi medio siglo.

Al cerrar los ojos ve al conductor despistado que cruza la línea del tren, sin presentir la fatalidad, y ve al conductor del tren, que, en la distancia, a toda velocidad, apenas intuye la sombra del bus en la línea férrea. Las dos miradas despistadas, en la geometría de la fatalidad, tardaron solo segundos, para entrar a la muerte. Para tener un dominio absoluto de aquellos instantes, y de la vida y las emociones de aquel niño de doce años, Alberto escribió un relato autobiográfico en tercera persona, ‘El hombre que derrotó al destino’ (2019), con la sutileza del tallador, y se limitó a nombrarse como Beto, el protagonista de propia tragedia. Su libro, de 187 páginas y publicado por Collage Editores, se presentará en abril en la Feria Internacional del Libro de Bogotá (FILBO).

Es un libro bien contado, con una memoria prodigiosa y una sensibilidad que desafió su propio dolor y lo transformó en extraordinaria sabiduría de vida. Su libro no tiene nada que envidiarle a los relatos de ficción. Podría ser una novela breve. Tiene el privilegio del prólogo de Juan Gossaín, quien además escribió la crónica de la tragedia cuando era reportero en El Heraldo, y califica el libro de Alberto Lleras como “un hermoso y desgarrador relato”.

“El sentimiento que ha inundado mi corazón, mientras paso y repaso los papeles originales de este libro, es el de la victoria del ser humano sobre la adversidad”, señala Gossaín. El epílogo es del poeta José Luis Díaz-Granados, quien, en aquel día fatídico, esperaba en Bogotá la llegada de ese mismo tren desde Santa Marta.

“Por la multiplicidad de voces y de historias que conforman este relato, lo hermanan con la novela”, precisa Díaz-Granados, por utilizar con destreza herramientas narrativas con “un lenguaje ágil, sencillo y directo”.

Ahora él está frente a mí, acompañado de la psicóloga Yelenka Reyes, especializada en proyectos de desarrollo social, y me cuenta cómo ha moldeado la vasija con los hilos de oro.

“Durante esos años, hasta los veinte, viví en la oscuridad más profunda, reclamándole a Dios por la tragedia y por mi orfandad. Pasé al Seminario Mayor, buscando respuestas a mi dolor. Fue significativo el encuentro espiritual, no fanático, con el padre eudista Carlos Guillermo Álvarez. Y más allá de resignarme busqué resignificar lo vivido. Llegué a la conclusión que la tragedia no fue solo el drama de aquel día, sino también los maltratos físicos y emocionales, la ausencia del padre, la relación con la madrastra, el robo de la herencia, y pasé de contar la tragedia en la primera parte de mi libro a una segunda parte, en la que me preguntó qué haré con mi vida, yo decido ser lo que soy.

Se puede ser feliz y vivir llorando. Pero trascendí ese proceso hacia una resiliencia espiritual. La paz no es la ausencia de conflictos, como la felicidad tampoco es la ausencia de dolor. Al leer La Biblia, cada vez que veía el nombre de Jesús, lo leía en primera persona. Ese soy yo, a diferencia del Beto de mi libro, que está en tercera persona. Además de los libros sagrados, busqué a Platón, a Séneca, leí ‘El Caballero de la armadura oxidada’, leí libros de Occidente y Oriente, la sabiduría china me recordó que ‘la puerta mejor cerrada es aquella que puede dejarse abierta’. Mi libro lo he dedicado a mis hijos, para que cuando ellos pasen por momentos difíciles, puedan sobreponerse a las adversidades. Así como el agua hace flotar un barco, digo en mi libro, también puede hundirlo”.

Epílogo

Cada 11 de enero, día de su cumpleaños, el maestro Alberto Lleras Noriega se despierta temprano, y cuando son las 12 y 15, hora de la tragedia en la que desapareció toda su familia, se sumerge en un silencio de oración y recuerda a sus padres, hermanos, primos, tíos y tías, fallecidas ese día. “La vida nos da regalos envueltos en problemas”, dice Alberto, convencido de quien ha vivido en carne viva la tragedia griega y las tragedias de Shakespeare, pero se ha elevado como un Ave Fénix de sus cenizas, como maestro de la vida y del Gimnasio Moderno, para decirlo con sus pensamientos y sus actos, y compartirlo a sus incontables y espléndidos alumnos, como Francisco Escobar: “La vida es la oportunidad para ser feliz. Yo nací para ser feliz”. Él es una criatura ejemplar, excepcional, un soplo de humanidad, compasión y ternura en medio de las oscuridades de nuestro tiempo.

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