Kau Cim: el misterioso arte de leer el futuro

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De una pequeña caja de bambú se filtran los aromas del almidón caliente, del umami de la carne y el pollo hervido, de la salinidad de la soya, de la fragancia del jengibre y la acidez del vinagre. Al sacar la tapa cilíndrica del pequeño contenedor, todo el vapor fluye libre y llega a quemar un poco las yemas de los dedos. Dentro hay seis diminutas empanadillas de masa de harina con pliegos en sus puntas, como si fueran pequeñas vajillas de porcelana. Agarrar una de estas bolas con palillos chinos resulta complejo. Debes intentar tomarlas con delicadeza para que no se quiebren y, al mismo tiempo, hacerlo con firmeza porque la masa puede ser resbaladiza. Cuando sorteas las complejidades de conseguir un bocado e introduces la empanadilla en tu boca, la capa de masa se revienta, liberando así una sopa caliente que quema tu boca y que la hace viajar a través de los mejores sabores del sureste de China. Este es el primer recuerdo que conservo del día en que un anciano hongkonés me leyó el futuro. Era el verano de 2018 en pleno centro financiero de Hong Kong. Estaba entonces desayunando en un famoso restaurante de Dim Sum, un estilo de brunch cantonés que consiste de pequeños platillos acompañados de té. En esa mañana había comido toda una gran variedad de manjares: pollo frito marinado en salsa picante, pan ‘bao’ relleno de chicharrón glaseado, unos triángulos de masa rellenos de camarón. De todo lo que pude probar, la estrella indiscutida fue el Xiaolongbao, aquella empanadilla de caldo hirviendo. Toda una espléndida experiencia gastronómica que constituía el preludio perfecto para una larga peregrinación por los sitios sagrados de Hong Kong.

Lo divino y lo sagrado

Hong Kong es una estela de fe en China, un centro en donde todos los credos pueden practicar sus doctrinas con libertad. Cincuenta años atrás miles de fieles escaparon de los confines de la China comunista buscando el cobijo de las autoridades británicas. Desde la llamada ‘Revolución cultural’, un proceso de adoctrinamiento ideológico promovido por Mao Zedong en 1966, las religiones habían estado estrictamente controladas en todo el gigante asiático. Durante los ocho años de este proceso, las autoridades comunistas se habían dedicado a encarcelar líderes religiosos, a ultrajar sitios sagrados y a promover campañas de desprestigio contra todas las religiones. La represión del libre culto y la extrema condición en la que se sometía a los feligreses provocaron que miles de personas de China migraran hacia las fronteras de la antigua colonia británica. Con esta migración se trasladaron a la península hongkonesa muchas de las creencias tradicionales de la china continental.

En Hong Kong cada templo es una historia. De todos los que conocí recuerdo particularmente el templo de Che Kung. Recuerdo la fragancia de la canela que inundaba mis fosas nasales y el humo que me oscurecía la vista, haciendo que solo pueda captar los pequeños destellos dorados de la estatua que tenía al frente. Las rodillas me dolían e intentaba mantener los ojos cerrados en forma de tributo pero no me concentraba. La multitud de turistas, con sus flashes incesantes, rompía el silencio taciturno con el que los fieles intentan glorificar a su deidad. El altar principal del templo de Che Kung era un recinto de madera con enormes portales que permiten la entrada a los visitantes y con un techo en forma de coraza ostentosamente decorado con cuadrados que se concatenan. En todo el centro había una enorme estatua dorada; el mismísimo Che Kung, un general de la dinastía Song deificado por el taoísmo, al que sus fieles le atribuyen el don de curar las enfermedades.

Uno de los grandes impactos de la migración religiosa de los sesenta radica en la gran influencia que tienen las creencias religiosas en el día a día de los ciudadanos. A pesar de tener una alta población agnóstica, la sociedad hongkonesa es profundamente supersticiosa, tanto así que los edificios de la ciudad están ordenados según los parámetros del Feng Shui, un sistema filosófico oriental cuyo principio se basa en buscar la distribución armónica de los objetos (básicamente una filosofía mística de la decoración). Los edificios tienen orificios en sus centros para que los dragones celestes, figuras del folclor religioso chino, puedan navegar los cielos en libertad y que no causen estragos a la ciudad por culpa de su babélica soberbia. La política también está altamente afectada por estas supersticiones religiosas, en particular por los rituales de adivinación. En el pasado las autoridades del gobierno de Hong Kong visitaban el templo de Che Kung cada Año Nuevo Lunar para averiguar el destino de la ciudad según el ritual del Kau Cim, un juego ancestral de azar y poesía que ha regido por años el devenir de muchos fieles taoístas. El ritual perdió su carácter oficial después de que una epidemia respiratoria, augurada por este juego adivinatorio, azotara la ciudad y despertara el furor de sus habitantes. Desde este incidente, el ritual se continúa haciendo, aunque sin la participación del alto gobierno. Este año del cerdo, el Kau Cim profetizó tragedias para la ciudad, como si supiera que vendría la ola masiva de protestas que en los últimos meses ha inundado la ciudad y ha provocado la furia del gigante chino.

El futuro de un

escéptico

Recuerdo haber escapado del lugar desilusionado, esperando una revelación espiritual y encontrándome tan solo entre un soberbio edificio y una multitud de extranjeros. Deambulé por los alrededores del templo, aburrido y agotado. Para mi sorpresa, detrás del enorme santuario de Che Kung, había una pequeña casa, significativamente más vieja que el altar principal, con paredes ennegrecidas y un tejado mohoso y quebradizo. Adentro solo había unas cinco personas, cada una en posición de respeto, mirando hacia un altar pequeño y decorado con una suntuosidad decrépita por el abrazo del polvo. Al entrar me arrodillé sumisamente y empecé a orar. Los cinco hongkoneses que estaban allí me observaban con asombro, como si un ser de otro mundo se hubiera posado junto a ellos. Como ofrenda, cada feligrés tenía ramilletes repletos de flores, frutas y dinero, mientras que yo solo poseía dos palitos de incienso.

Un anciano monje delgado y tembloroso se me acercó y me preguntó sonriendo por mi nacionalidad. Cuando le expliqué que era colombiano, me miró perplejo, como si no conociera el lugar del que le estaba hablando. Nuestra conversación, de unos pocos minutos y en un inglés deficiente, versó sobre un juego ancestral llamado Kau Cim que, según él, podía descifrar los misterios que el futuro me deparaba para ese año. No había escuchado antes de este ritual y siempre he sido un escéptico empedernido, pero la curiosidad y la amabilidad del viejo monje me incitaba a averiguar más. Animado, lo acompañé hasta una carpa roja donde había unas cajas de bambú con 79 varillas de madera con números inscritos en sus puntas. Tras tomar estos instrumentos, regresamos al templo a rezar para que Che Kung pudiera responder a mis premoniciones. Cuando terminé de orar, empecé a agitar la caja delicadamente, como si meciera a un niño pequeño. Las varillas de madera retumbaban, imitando el sonido de un caballo cochero. De repente uno de los palos cayó al suelo, su número: 43. El anciano hongkonés tiró unas figuritas de madera en forma de plátanos llamados ‘bloques lunares’, para confirmar ante los dioses que mis augurios fueran correctos. Enseguida sacó de sus bolsillos un librito viejo y arrugado con una serie de poemas escritos en un dialecto antiguo del cantonés. El anciano monje escarbó por las páginas hasta encontrar la indicada y recitó con solemnidad los versos. Poco a poco su voz se iba cortando. Yo, que no hablo el idioma de esa tierra, temeroso, le pregunté si todo estaba bien. El monje tosió y releyó el poema mentalmente para traducirlo. A pesar de mi enorme escepticismo, me asusté y llegué a sentir el vacío de la duda. El hombre se corrigió la voz de un gran catarro y empezó a descifrar los secretos detrás de cada verso. Mi futuro se veía árido, no debía esperar frutos en el amor. El anciano me advertía alarmado que ese año no debía esperar ni hijos ni casamiento. De inmediato solté una pequeña carcajada. A mis veintiún años difícilmente habría de esperar un matrimonio con hijos. Me despedí del monje amablemente e intenté darle 10 dólares de Hong Kong. Modestamente rechazó mi oferta y se despidió de mí. Continué mi viaje una semana más, encontrando en el camino bellos rincones, grandes personas y hermosas experiencias.

Ya hace un año desde entonces y mi oráculo no se ha equivocado. No tuve éxito en el amor, ni matrimonio ni hijos. Tampoco puedo decir que los esperaba. Ese día el Kau Cim no me desveló un gran secreto. Aun así, me mostró el paradigma detrás de esta exótica ciudad. Un lugar que se bate entre el voraz paso de la modernidad, que se llena de orgullo por sus proezas tecnológicas, pero que también sucumbe ante el peso de su tradición. Mientras China impulsa el olvido, Hong Kong preserva el recuerdo. Solo así se puede luchar con la más larga de las noches. Por mi parte, yo conservo con afecto el sabor de aquella empanadilla de caldo, la imagen de ese templo soberbio, la amable sonrisa de un frágil monje y el improcedente vaticinio de aquellos poemas ancestrales.

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