El reciclador que desafió la pobreza

28 de mayo de 2017 12:00 AM

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Jhorland conoce al monstruo desde siempre. Desde que tiene uso de razón, lo ve pasearse por su casa de día y de noche. Y no solo recorría la casa, la bestia merodeaba también por aquel botadero de basura donde Jhorland trabajó como reciclador cuando tenía diez años.

La casa queda en el barrio Villa Rosa, humilde y rodeada de gallinas, pájaros enjaulados y un par de caballos. El basurero quedaba en Arroz Barato, atestado de más recicladores, algunos drogadictos, otros no –cuenta él-, y de niñas embarazadas. El pequeño Jhorland se despertaba todos los días a las cinco y media de la mañana, se bañaba con un balde de agua –a casa no llegaban las tuberías- y se iba para el colegio. Hacía las tareas media hora o diez minutos antes de cada clase. A mediodía, regresaba con su mamá Ángela, se quitaba el maletín y agarraba dos almuerzos: el suyo y el de su papá, Mario Miguel. Y caminaba de la casa al lugar donde arrojaban toda la basura de Cartagena, el monstruo siempre estaba ahí. Siempre. En cada espacio, en cada rostro, en cada calle destapada del barrio, en las aguas sucias y putrefactas que lo inundaban, porque nunca hubo alcantarillado.

Creo que ahora es preciso decir el nombre del monstruo de mil… qué digo mil, de un millón de cabezas: La Pobreza.

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En casa de Jhorland Ayala García había una regla impuesta por el monstruo: se comía solo dos veces al día. Un desayuno-almuerzo a las once o doce del día, y la cena de las cinco de la tarde. Ni Jhorland, ni sus dos hermanos menores, desayunaban antes de ir al colegio. Y en días malos, por triste que parezca, solo había cena.

Los tiempos libres transcurrían entre barriletes, caballos y canciones de Diomedes Díaz. Las tardes en el relleno sanitario se pasaban entre el ir y venir de los camiones. En escudriñar la basura para encontrar algo bueno: cartón, plástico, aluminio, cobre… la escena se repetía una y otra y otra vez, hasta las seis de la tarde, cuando llegaban unos carromulas y se llevaban lo recolectado para  un centro de acopio. Jhorland no recuerda cuánto ganaban él y su papá diariamente, pero sabe que si se embolsillaban $12 o 15 mil pesos era una jornada buena.

Y Jhorland jamás perdió una materia en el colegio, la Institución Educativa 20 de Julio.

No permitió que la bestia le arrebatara sus sueños: primero quería ser médico, después pensó que sería mejor convertirse en criminalista… en décimo encontró su verdadera pasión: la economía.
Ahora estamos sentados frente a frente en su casa de Manga, Jhorland me mira a los ojos y me dice: “Villa Rosa es un barrio de la Loma de Albornoz, es humilde. No teníamos agua potable, no hay alcantarillado, hacen mucha falta los servicios públicos, las calles no están pavimentadas. Esa realidad y la de mis amigos hizo que me interesara desde muy joven por temas relacionados con pobreza, desigualdad. En el 2005 me enteré que la pobreza se estudiaba, cuando la profe Astrid nos dio la primera clase de economía. Nunca olvidaré que nos dijo que tenía un hermano economista, que la Universidad Tecnológica y la de Cartagena tenían la carrera”.

Jhorland tenía un nuevo sueño: ser economista. Y más que eso, convertirse en guerrero, obtener armas suficientes para pelear contra el monstruo. Supo que el hermano de Daniel, un amigo suyo, se había ganado una beca en la Tecnológica y se propuso obtener una igual. Lo consiguió: en diciembre de 2006, El Universal publicó la lista de los nuevos becarios y Ayala García Jhorland estaba de primero. ¡Cuánta alegría sintió el abuelo José De La Cruz!

Los papás de Jhorland, en cambio, no entendían muy bien para qué estudiar cinco años en una universidad privada. Lo veían como un capricho, como un lujo que no podía darse: mejor que estudiara una carrera técnica dos años y saliera enseguida a trabajar, a ganar plata. Tan poquito entendían sus sueños, que las relaciones familiares se deterioraron. Discutían, era triste, pero él nunca bajó su promedio y daba clases a otros estudiantes para ganar algo de dinero… Se graduó con honores. Sus papás comenzaron a verle el lado bueno a la carrera y volvieron a acercarse.

El monstruo pareció esconderse cuando Jhorland comenzó a hacer sus prácticas profesionales en el Banco de la República. Se quedó ahí a hacer carrera, ganó una beca y se fue a Bogotá a cursar una maestría en Economía, en la Universidad de Los Andes. Regresó a Cartagena. Dotado con la herramienta más valiosa, él investigó el fenómeno de la pobreza y desigualdad social en Cartagena de la mano de Adolfo Meisel Roca, uno de los codirectores de BanRep.

Por eso, ahora Jhorland conoce perfectamente al monstruo que habita en Cartagena: la población con mayor vulnerabilidad socioeconómica es la que habita en los bordes de la Ciénaga de la Virgen y la Loma de Albornoz, donde la mayor proporción de la población es afrodescendiente y donde están los mayores índices de inseguridad de la ciudad. Sabe que La Heroica es la quinta ciudad más importante del país, pero la segunda con más pobreza monetaria y miseria, solo superada por Cúcuta.

“Cuando entré a la universidad, soñaba con trabajar en el Banco Mundial, era demasiado ambicioso. Ya no aspiro a cosas tan grandes, aspiro a cosas más pequeñas, pero igual de importantes. Cuando estaba en la U, quería cambiar la pobreza del mundo, ahora sé que no voy a poder cambiar la pobreza del mundo, pero con que ayude a resolver la de Cartagena me sentiré feliz toda la vida”.

Lo dice el mismo niñito que fabricaba bloques de cemento junto a su abuelo, el que vendía bolis, mangos y empanadas por las calles de Villa Rosa los fines de semana. Lo dice el economista que en julio se va para Estados Unidos a cursar un doctorado, a dotarse de armas más poderosas para regresar a Cartagena e intentar acabar con el monstruo de la pobreza.

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