El tiempo de una misa clandestina en Roma, en tiempos de coronavirus

El tiempo de una misa clandestina en Roma, en tiempos de coronavirus
Una de las más concurridas de Roma, la Plaza del Pueblo, luce solitaria así como otros lugares turísticos y todas las calles en general, ante las medidas del Gobierno italiano por el coronavirus. //Foto: Alessandra Tarantino - AP.

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Por Diana Agámez Pájaro

Para una costeña o para una persona que cree en la fisicidad como lenguaje, los tiempos del coronavirus son tiempos mutilantes, más allá del concreto riesgo sanitario. La suspensión de la dimensión física en las relaciones humanas es un duro golpe a nuestra humanidad. ¿Una lección natural por nuestras acciones de irrespeto a la Madre Tierra? ¿Un virus inventado por alguien? ¿Un jaque mate de algunos países considerados potencias económicas? ¿Una distopía de estos tiempos? ¿Una ley del talión? ¿La inversión del orden mundial? ¿El Apocalipsis? ¿Una cortina de humo para distraernos de las marramucias de algunos políticos en algunos países? O simplemente ¿La biología y su curso natural? No me aventuro a dar respuestas sobre temas que trascienden a mi humilde y parcial conocimiento de las cosas.

Puedo, sin embargo, contar algo de mi experiencia en tiempos de aislamiento obligatorio: Roma, Italia, ciudad que me adoptó o que yo adopté, aún no sé bien cómo es nuestra relación, por estos días anda escondida, solitaria, diferente. Hay tanta calma afuera, como tanta angustia dentro de sus muros. Aquí trabajo con y por adolescentes y jóvenes de cualquier rincón: Tíbet, Malí, Congo, Australia, Italia, Nigeria, Cabo Verde, Colombia, Irak, México, Afganistán, Pakistán, Siria, Sudán, Yemen, Brasil, Honduras, Irán, Guatemala, Perú, Cuba, Somalia, Albania, Guinea, China, Alemania, Puerto Rico, Turquía, Jordania, Groenlandia, Palestina, Israel, Estados Unidos, Rusia, Canadá, Etiopía, Eritrea, Nepal, Bangladesh, Sri Lanka, India y algunos más. Este trabajo humanitario fue el único modo que encontré para justificar el no vivir en el Caribe con mi familia. A través de mis chicos y chicas he viajado, podría decir, alrededor del mundo y he aprendido que la dignidad debe ser lo único que nos una y que la diversidad debe ser la normalidad y no la excepción.

Nunca pensé que los tiempos de la suspensión de los abrazos llegaría. La llegada del coronavirus al mundo ha impuesto restricciones que no podíamos imaginar. Una guerra sin fronteras de la cual tú podrías ser un arma (portador o portadora asintomática del virus); un estado de incertidumbre, prohibición de la movilidad, días que parecen, mucho, mucho más largos. La amenaza, incluso, podría venir de una persona amada o podría afectar a una persona amada. Sí, porque nos hemos convertido en víctima y verdugo al mismo tiempo. Eso, allá, en lo más recóndito pero arraigado de nuestra psiquis, activa las células del miedo y la idea de cuánto peligrosos y vulnerables podemos ser. En todo esto, pienso, nos queda la fe, pero ¿qué pasa con la fe? ¿A quién invocamos respuesta o ayudas?

Pues bien, el otro día, siguiendo los consejos de mi madre y de mi abuela, me dirigí a la iglesia, no porque tuviera muchas esperanzas, sino porque las abuelas y las madres siempre tienen la razón. Cuando en Roma, en esta Roma tan convulsa pero ahora aislada, aún se podía salir de casa, cuando aún no nos habían confinado a este encierro incierto, quise ir a una pequeña iglesia a 500 metros de mi casa. Es una de las tantísimas iglesias de esta ciudad. Fui de mañana. Estaba cerrada y me pareció algo extraño. Insistí en asomarme a una pequeña puerta de vidrio, después de algunos segundo decidí empujarla y entrar a la ‘casa de Dios’.

Adentro un padre, de sotana púrpura, celebraba una misa con cuatro gatos; cinco conmigo; cada uno a una distancia de cuatro metros entre sí. Escuché el evangelio, pero con el pensamiento que viajaba hacia mi familia y mis amigas y amigos. Llegó el momento de darse la paz y fue extraño, dar la paz, sin dar la mano; así, de lejos, como quien comete un delito si se acerca demasiado. Como también fue extraña la hora de la comunión, sin filas ni aglomeraciones, cada uno fue por su ostia, recibida rigurosamente en la palma de la mano a un metro de distancia del padre. La iglesia parecía un lugar infinito para tan poca gente, grande, iluminada, con todos los santos a la espera. Un Sagrado Corazón rodeado de velitas calentaba el espacio... Cuando la misa acabó, quise ir a la sacristía a preguntar por el horario de la tarde. Al escuchar la respuesta del padre me sorprendí:

- Esta fue una misa clandestina, todos los ritos religiosos están suspendidos hasta nueva orden.

-¿Por qué entonces la puerta estaba abierta?, insistí.

-La casa de Dios no puede cerrar del todo, respondió.

El sacerdote me guiñó un ojo tras su respuesta. Siempre a un metro o más de distancia. No supe si reírme o enojarme por ese comportamiento objetivamente irresponsable. Me limité a decir que a veces también Dios podría necesitar descansar.

Podría descansar precisamente para ayudarnos a comprender que esta suspensión de las diferencias étnicas, ambientales, religiosas, culturales, económicas, políticas, sexuales, a causa de un virus que se llama corona, que no conoce esas mismas diferencias y nos pone de frente a nuestra vulnerabilidad, nos pertenece a nosotros y es o podría ser una oportunidad para desempolvar y reconocer masivamente como si fuese un virus el valor absoluto y único de la dignidad de cada ser humano, dignidad que se declina, primero que todo en el reconocimiento de los derechos humanos fundamentales y el acceso a ellos: salud, educación, recreación, alimentación, tranquilidad, empleo, creatividad; un nombre y una historia... sin excepción y en el auto reconocimiento de nosotras y nosotros mismos como sujetos con un poder serio y extraordinario de participación y renovación de nuestro contexto y de nuestra política. Así, en esta primavera insólita que ha llegado un mes antes de lo esperado, probablemente de toda esta crisis una nueva fe florecerá.

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