Facetas


El titán de sueños a domicilio

IVIS MARTÍNEZ PIMIENTA

20 de diciembre de 2015 12:00 AM

“Tenía 9 años cuando le dije a mi mamá que quería saber quién era mi padre, así que me llevó antes de irme para Simití. Es economista. Llegamos. Él estaba desesperado en sus cosas y en su agonía al verme me dijo: “me acaban de despedir, te doy un consejo, nunca seas empleado, sé un emprendedor”.

Nació en Cartagena, se fue a vivir a Simití, Sur de Bolívar. Su ex padrastro le pagó la universidad aún sin tener nada con su madre. Es literato de la Universidad de Cartagena.

De Juan David Martínez Mogollón hay que saber tantas y tantas cosas, pero una fundamental: que una vida dura lo adoctrinó para querer “asaltar el cielo”.
Este joven emprendedor de 25 años, ganó en la categoría de Educación, en la pasada entrega de Titanes Caracol, el proyecto que reconoce las buenas acciones de los colombianos en seis categorías.

Juan David se ideó la manera de patrocinarles los estudios a jóvenes de escasos recursos en la ciudad, a través del pago de clases particulares que junto a sus diez profesores, imparte en barrios como Bocagrande, Castillo y El Laguito. ¿Una buena idea no? Esto a través de su Fundación Adomi (por “a domicilio”). No le pide dinero al Estado, no le pide dinero a los politiqueros de la ciudad, ni tampoco mendiga.

“Este es un modelo social que vende clases a domicilio a los ricos y le paga la universidad a los pobres”, me explica. Al estilo de Robin Hood, pero legal.
“Ganamos el derecho de estar en la plataforma, “Ayuda a tu titán”, donde pueden hacer donaciones. Eso es una página web que nos da Caracol. Me preguntan ¿les dieron plata? No. Pero nos dieron la plataforma para gestionarla”.

Simbólicamente es un tronquito, como dice. Pequeño, pero un símbolo de la gran fortaleza que posee.

Lo que se viene

Juan David es ordenado y algo minimalista en sus espacios. Menos es más. Sus ideas sin embargo, van a lo grande. Tiene escrita su expansión: que la Fundación Adomi esté en todas las ciudades de Colombia. Ya entró en legalidades con su marca y está sistematizando los procesos.
Pero este proyecto en Colombia necesita líderes emprendedores con el objetivo común de servir sin recibir nada a cambio, para lo cual se tendrán las licencias y un manual.

“La Fundación estará para cuando un emprendedor lo desee, eso sí, tiene que tener el perfil y ¿cuál es? Cero avaricia porque no es fácil ver pasar la plata y no coger nada de ahí”.

Adomi ofrece gratis pre universitarios a jóvenes y posteriormente les compra el pin con el que harán el examen de admisión en la Universidad de Cartagena.
Si pasan, a algunos (no a todos porque aún no hay tanto dinero) se les pagan todos sus semestres en la universidad. Son chicos de estrato uno con sueños y metas, así como las de Juan David.

Su ex padrastro, la figura que lo impulsó

Hubo una época de vacas gordas, justo después de conocer a su padre biológico. Su madre, Sandra Mogollón, se fue a Simití donde conoció a  Vicente Mejía Ortiz, quien ganó la Alcaldía de ese pueblo.

“Imagínate yo estaba súper bien, ¡era el hijastro del alcalde! La cuestión es que él se dejó con mi mamá y llegó la época de pobreza absoluta”.
El cambio aterrizó a Juan David y a su madre a un terreno tenebroso... negro, como lo llama. En la zozobra de no saber si había para comer.
Pero la vida le puso a este joven las personas idóneas y Dios le dio a él la personalidad de un visionario.

“Mi ex padrastro era una persona que cogió cariño conmigo, mal que bien yo aunque sí viví una pobreza bien extrema, desde el principio prometía, es decir era juicioso... pobre sí, pero limpio. Nunca mal hablado. Daban ganas de ayudarme”.
En sus palabras hay una madurez de admirar. “La gente no lo sabe, pero uno pobre tiene algo: una imagen, y hay que escoger si mancharla o llenarla de cosas buenas”.

Vicente, ese ángel que le dio estudios universitarios, falleció en circunstancias que aún no son claras y es quizá el no poder agradecerle, lo que hace que Juan David prefiera dar que recibir.
“En cinco años estaremos en otros países del mundo, pagándole la universidad a gente pobre. A países tercermundistas”. Está escrito. “Lo vamos a lograr”, dice enérgico.

Del chico que lavaba y planchaba todos los días su única bermuda y camisa para verse bien  y de ese muchacho que vivió de la caridad de dos señoras de edad a quienes les hacia los mandados (aunque tuvieran empleada), queda hoy un joven enfocado.

“Yo he decidido darle a los demás y así me va bien. Eso la persona del común no lo entiende”.
Juan David levantó una fundación de la nada, que hoy tiene una planta de 10 profesores que trabajan con contrato de prestación de servicios, una abogada y una trabajadora social (que trabajan como voluntarias), un contador y una  diseñadora gráfica. “Somos 15 conmigo pero yo no cuento” remata mientras se ríe.
Lo que comenzó con su primer pago luego de dictar una clase a domicilio, estando en sexto semestre, es ahora una bonita realidad. “Pensé. Puedo hacer dos cosas: gastarme esta plata o brindarle algo bueno a la sociedad”. 

Y sí que está cambiando la sociedad con toda esa “locura”  y es que él es esa ficha redonda en los miles de huecos cuadrados de esta ciudad.