En Clemencia cesó la horrible noche: la paz renació entre cuatro familias

04 de agosto de 2019 08:00 PM

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Las vidas se lastimaban unas a otras sin motivos, había sangre en las calles de Clemencia. Jóvenes de cuatro familias enfrentados en horas de temor y angustia, era una pelea sin fin que tuvo fin. En ese municipio de Bolívar se vivía un conflicto barrial que acarreaba dolor, zozobra y que terminó por involucrar a varios muchachos. Son de cuatro familias del mismo pueblo, incluso de los mismos barrios, varios se criaron juntos, aun así solían ser adversarios. El 12 de junio de 2019 la disputa tuvo un punto final. ¿Por qué comenzó y cómo terminó esta ‘guerra’?

Un alma pacificadora

Se puede decir que Alba Rosa Anaya Simancas tiene un alma pacificadora. Su corazón de madre ha sufrido hasta cansarse. Ha visto a su hijo, su querido hijo, sangrar con las carnes abiertas por machetazos, con los músculos de un glúteo atravesados por una bala. Sus intentos por alejarlo de las peleas no han sido vanos, aunque sí muy duros. Ella siempre lo supo, debía hacer algo para terminar con ese conflicto antes de que la muerte les tocara el hombro.

El primero de esos intentos por salvar a su hijo, una génesis de toda aquella disputa sin sentido, se originó hace cinco años. “El problema de mi hijo con otros muchachos del barrio La Candelaria comenzó un 11 de noviembre, van a hacer cinco años ya. Desde ahí empecé yo a buscar... (la forma de conciliar). Luego se calmó un poco la cosa y, nuevamente, empezaron las peleas. Yo comencé un corre para aquí y corre para allá (intentando solucionar las cosas), los vecinos me decían que no me cansara, que siguiera. En 2017 redacté cartas, al Concejo, a la Alcaldía, al Inspector, tocando puertas y puertas, porque no quería que mi hijo terminara en la cárcel o muerto”.

En los barrios La Candelaria, La Milagrosa y La Paz, sus vecinos inclusive contemplaban la idea de mudarse de la zona neurálgica, cansados de peleas, de escuchar el estallido de tiros, de estar inmersos en disturbios y de correr para esconderse. En esas calles, una señora, ajena a las trifulcas, lleva una cicatriz en su abdomen por culpa de una bala que alcanzó a lastimarla, igual que un hombre, también ajeno a los enfrentamientos, a quien un proyectil le rozó la cabeza. La sangre se derramaba y había que contenerla de alguna forma.

Esa última pelea...

Los muchachos de cuatro familias se enfrentaban en Clemencia ocasionalmente. “No podían verse”, “No podían encontrarse”, “No son delincuentes, pero tenían ese problema”, dicen en el pueblo. El 12 de mayo de 2019, Día de la Madre, sus madres sufrieron. Es un momento que recuerdan como de horror. “En un estadero comenzaron a discutir, a pelearse, hubo macheteados, golpeados, llegó la Policía”. Hubo caos, temor, lesionados. Se escuchaban gritos, sonaban botellas rotas, había desconcierto, una vez más parte del pueblo pensaba en que lo peor estaba por suceder o que ya había sucedido.

“Después no sé que más pasó ahí, porque me fui con mi hijo herido para Cartagena. Como a los dos días regresé al pueblo e intenté buscar una conciliación porque esto no podía seguir así”, recuerda Alba. Una vez más, quizá sin ser tan consiente de ello, comenzaría a usar su alma pacificadora. No quería mal para su hijo ni para los otros jóvenes. Empezaría a tocar puertas, otra vez.

‘Ramirito’, como se conoce al Inspector de Policía del pueblo (Ramiro José Ayola), ayudó, pero también lo hicieron los comandantes de la Estación de Policía, Edinson Ordóñez y Nicolás Ochoa, que sirvieron de mediadores. Vecinos como Jaime Bermúdez Monterrosa, María Carrasquilla, Moisés Ripoll y Jorge Ortiz, convertidos en consejeros de un proceso de paz para que la reconciliación floreciera, veían con esperanza cómo empezaba a desenredarse ese nudo de peleas y desconcierto, cómo empezaban a sanarse las heridas que lastimaban la calma de toda Clemencia.

El camino a la paz...

Cuando algo se daña habría que revisar si en el origen del problema puede hallarse una solución. ¿Qué creen que pudo originar este conflicto?, pregunto en Clemencia. “Bueno... El origen, en sí, no lo sabemos, no sabemos bien por qué peleaban”, dicen.

“Estos jóvenes no son malos, solo era que no tenían la oportunidad de que alguna persona los aconsejara y los guiara por el buen camino”, explica Ramiro, el inspector de Policía. Y esa misma, la del porqué de sus peleas, sería la primera pregunta cuando los sentaron a todos frente a frente, a charlar.

Los jóvenes que antes se enfrentaban cara a cara en las calles ahora estaban juntos dentro de una oficina. Era la primera reunión de una conciliación. Citados para que, sin violencia, “se cantaran sus verdades”, por decirlo de algún modo. Allí, cuando les preguntaron ¿por qué peleaban? “Ninguno tuvo la respuesta”, dice Ramiro, quien “tomaría cartas en el asunto”, mediaría y lideraría los ‘diálogos de paz’ en Clemencia.

“Nacieron, se criaron y fueron amigos toda la vida, pero en algún momento se convirtieron en enemigos (...) Hay heridos de machetes, a bala, aquí todos perdieron”, eso les hizo ver. Entre muchas otras cosas, les mostró que conflictos anteriores en el pueblo habían dejado muertos y que era mejor comprometerse con la paz.

Así como se desata un nudo, el conflicto empezó a soltarse, pero el proceso era frágil, podía romperse en cualquier momento. Porque “había momentos en que las partes se querían levantar de la mesa, pero siempre les recalqué que esto se hacía no para que el Alcalde o el Inspector quedaran bien, si no por el bien de ellos, de sus familias, de sus vecinos y por las nuevas generaciones, que no se levanten en un ambiente de violencia”, mencionó el inspector Ramiro.

La firma selló la paz

Ramiro recuerda que en la última reunión toda la paz estuvo a punto de desbaratarse. “Los sentamos a todos: padres, hermanos, abuelos, tíos, sobrinos, nietos, a dialogar. Se llegaron a unos pactos y compromisos”. Se indemnizó a uno de los jóvenes y se ayudó a que recibiera atención médica por las heridas. “Hay que resaltar la disposición de todos los padres y madres de las cuatro familias para que se cumpliera lo pactado (...) Hubo un momento en que estuvieron a punto de pararse de las mesas, pero gracias a esta señora -señala a Alba Rosa- eso no pasó”. Ella se levantó y dijo unas “bonitas palabras”, que los terminó de convencer por la paz. Era el corazón de una madre afligida el que les hablaba.

Bien podría Alba Rosa (de la familia Medina Anaya), que tanto buscó formas de conciliar, dictar una cátedra sobre construir paz, pero también lo podrían hacer los padres de las familias Gaviria Medina, Ayola Yances y Batista Torres, que compartían con ella la misma angustia y que, finalmente, tenían el mismo deseo de ver a sus hijos en paz, deseo que plasmaron en un acta de paz y reconciliación firmada por 29 personas, el 12 de junio de 2019. Desde ese día cesaron las peleas.

Epílogo

“Yo no dormía, estaba acabadita, siempre busqué la forma de reconciliarnos. Siempre estaba pidiéndole a Dios para que se arreglara el problema, hasta que se dio. Ya estamos tranquilos, porque podemos salir tranquilos a la calle y que ojalá esto sirva de ejemplo para otras personas que estén pasando por lo mismo”, dice Alba emocionada. Pasaron muchos disturbios antes de que los jóvenes que se enfrentaban en Clemencia estrecharan sus manos, lo importante es que ahora pueden verse tranquilos a los ojos y que las diferencias quedaron atrás porque una ‘guerra’ sin fin tuvo fin.

“Gracias a todos”
“Gracias Miguel (El Indio), Fredy Adalberto, Mercedes Batista Altamar, Juan Salcedo Batista, Jhon Fredy y Miguel Ángel Batista Torres, José Medina Morales, José Medina Torreglosa, José David (El Papa), José Eduardo Medina Anaya, Arminda Torreglosa, Luz María Medina Torreglosa, Rubén Ayola Marrugo, Mariela Yances, Gelber, Roiber, Eduardo Ayola Yances, Yefer Ayola Salcedo, Rubén Ayola Torreglosa, ¡señores cesó la horrible noche!”, decía el inspector en un mensaje abierto a la comunidad, donde agradecía a miembros de las cuatro familias, entre padres hijos, hermanos, abuelos y tíos, por firmar la paz.

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