En San Jacinto los hombres también tejen

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Empecé a tejer hace como 12 años, más o menos. Me ponía a ayudar a mi mujer y así aprendí, pero me daba pena que se dieran cuenta porque aquí, en San Jacinto, eso lo hacían solo las mujeres y cuando lo veían a uno tejiendo decían: ‘Ese tipo es marica’. Y empezaban a comentar: ‘Fulano está tejiendo’”, cuenta Sergio Santos Barrios, a quien cariñosamente le llaman Catano.

Sergio era ayudante de camión, vendía cilindros de gas propano, y a veces acompañaba a su abuelo a trabajar en el campo, aunque asegura que nunca le gustó. Desde hace cinco años, se gana la vida en un taller de artesanías, después de olvidar ese estigma que caía sobre los hombres apasionados por esa tradición y actividad económica de su tierra.

“Me encerraba en el cuarto a tejer. Empecé a hacerlo delante de todo el mundo cuando vi a unos ‘manes’ tejiendo. Y dije: ‘Hasta hoy estoy encerrado’. Después de eso lo hacía en la puerta de la casa o en el patio”, asegura.

Catano, de 42 años, sabe tejer hamacas, telas, ponchos, fajones. Con esto sostiene a su familia, a sus tres hijos. “Ahora muchos hombres se dedican a esto. Hacen hamacas, tejen con agujas (en croché), a pesar de que eso se ha perdido un poco en el pueblo porque muchas veces no quieren pagar lo que cuesta. Entonces, muchas mujeres prefieren trabajar en casas de familia, en la ciudad”, concluye el artesano.

Andrés Salcedo vivió algo similar. “Tenía como seis años cuando aprendí a tejer y a eso me he dedicado hasta el sol de hoy”, cuenta este sanjacintero, de 26 años, que encontró en la tejeduría el oficio que le da el sustento.

Como muchos jóvenes de la provincia, su sueño era salir a la ciudad, estudiar una carrera y convertirse en profesional, pero no le fue posible. A sus 15 años empezó a trabajar en un taller de artesanías y con lo que allí ganaba se pagaba una carrera técnica en El Carmen de Bolívar, a donde asistía todos los sábados. Terminó su carrera, pero él siguió tejiendo.

Ahora habla sobre su trabajo abiertamente, está orgulloso de haber aprendido este oficio, una de las más grandes tradiciones de San Jacinto, en donde las artesanías tejidas en hilo, como las hamacas y las mochilas, son las principales cartas de presentación ante el mundo. “Antes me daba pena, porque decían que eso era de mujeres y siempre tejía escondido, dentro de la casa. Nunca me senté en la calle”. En San Jacinto ya no solo se puede hablar de artesanas, detrás de ellas también hay un grupo de hombres que se esmera por mantener una tradición que heredamos de los indios zenúes y que nada tiene que ver con el sexo o el género.

El gestor cultural Edwar Guerrero destaca que “de un tiempo para acá ha ido aumentando el número de hombres que se dedican a este oficio, a pesar del señalamiento y la estigmatización que sufren por tabú, aún existente en una sociedad mayoritariamente machista”.

Guerrero explica que “los hombres tejedores se convencen cada vez más de que el arte de tejer es una forma de ganarse la vida y conservar su ancestral tradición y su cultura”.

Un taller de tradiciones

Sergio y Andrés trabajan en el taller de Yaneth Vásquez Arrieta y su esposo, Edwin Pájaro, un espacio donde hombres y mujeres preservan el legado cultural de San Jacinto en cada cruce de hilos con sus manos.

El taller funciona hace 25 años en el sector conocido como ‘La Variante’, en el trayecto de la Troncal de Occidente por este municipio, donde -a diario- coloridas artesanías se convierten en las fachadas de muchas casas. Con Yaneth y Edwin trabajan cerca de 90 personas, elaborando artesanías que se venden no solo en las ciudades de Colombia, sino también en otros países. “De planta somos 26, de los cuales cinco son hombres”, explica la artesana y empresaria, que como toda sanjacintera sabía tejer mochilas en croché, pero que gracias a la familia de su esposo aprendió sobre otras técnicas de la tejeduría.

Ella relata cómo empezaron a vincularse los hombres tejedores a su negocio: “Yo vi al muchacho (a Sergio) tejiendo, y le dije que en mi casa tenía una empresa, que allá iba a tener trabajo todos los días, pero dio más vueltas... hasta que un día llegó, le gustó el ambiente y se quedó. Él fue el primero que vino, ya después, cuando los demás vieron que él tejía aquí, también fueron llegando. Por aquí han pasado varios hombres. Y son cuidadosos”.

Aunque Sergio aclara que es muy mínima la diferencia entre el tejido de una mujer y un hombre, Yaneth explica que el de ellos es más firme. “Es un trabajo que requiere de fuerza y ellos tienen esa fuerza para hacer eso”, argumenta.

Y también se refiere a ese señalamiento que durante mucho tiempo los mantuvo distantes de su herencia. “Ellos contaban que por sus casas les decían que eso no era para hombres, pero la realidad es que es nuestra cultura es algo que llevamos adentro, y es muy bonito e importante que se conserve. Esto se ha perdido un poco en el pueblo porque a algunos no les gusta o porque dicen que no deja nada de ganancias, sin embargo, hay que tener en cuenta que cualquier trabajo que se haga esporádicamente no te va a dar lo suficiente, hay que hacer las cosas con constancia, y sobre todo innovar, para ver buenos resultados”, agrega.

Los hombres de San Jacinto ya no tienen que esconder su talento para huir del qué dirán. Son orgullo y cada día tejen mejor el futuro de su pueblo.

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