Facetas


Escritores de Hay Festival a flor de labios

Los escritores crean su propio destino tan cercano a sus ficciones. Pero eso no es consciente. Es el misterio de la creación literaria.

GUSTAVO TATIS GUERRA

24 de enero de 2021 05:44 AM

Edwidge Danticat: “Escribir es como trenzarse el cabello. Tomar un montón de mechones desordenados y ásperos e intentar darles unidad. Tus dedos aún no han perfeccionado la labor. Algunas trenzas te quedan largas, otras cortas. Algunas son gruesas, otras cortas”. Las historias que ella ha juntado como hilos de oro de una memoria personal y colectiva, están en sus espléndidos cuentos y novelas y en sus ensayos. En las líneas de sus manos tiemblan sus recuerdos de Puerto Príncipe, Haití, su país natal.

Ken Follet: “Un hombre creyó que podía volar, así que saltó de la azotea de un edificio de diez plantas, y cuando pasó volando por la quinta planta, agitando los brazos en vano, lo oyeron decir: Hasta aquí vamos bien”. Es un texto perfecto. Pero del arte de contar historias, este narrador de Cardiff (Gales), de 71 años, que ha escrito muchísimas novelas monumentales de más de mil páginas. Allí voy con su más reciente novela Las tinieblas y el alba, de 930 páginas, publicada en 2020 por Plaza y Janés. Entre sus episodios históricos, dramáticos, a veces de una violencia excesiva entrelazada con instantes eróticos, Follet dice sentencias que a veces pueden parecer aforismos sobre la política, la religión y la cultura.

Una de ellas es ésta sobre el anarquismo: “El anarquismo es la creencia de que nadie está legitimado para gobernar. Todas las filosofías políticas, desde el derecho divino de los reyes hasta el contrato social de Rousseau, intentan justificar la autoridad. Los anarquistas creen que todas esas teorías fallan, y que por tanto ninguna forma de autoridad es legítima”. El anarquismo, otra supremacía del ego y de la furiosa e intransigente individualidad, es una forma de caos y también en casos artísticos, hilos temblorosos e inestables entre la creatividad y la destrucción.

Fernando Savater, pensador y novelista, que pasó de sus reflexiones epistolares y filosóficas a su hijo Amador a escribir ficciones también surgidas de experiencias extremas y dolorosas como la muerte de su esposa, que era una criatura cómplice de sus sueños y era como una sombra en la luz y en la tempestad. Es invitado a Cartagena. Él tiene tantas sentencias luminosas que ha escrito y expresado verbalmente. Una de ellas me recuerda una frase de Borges: Hay que ser rico para no pensar en el dinero. Curioso, porque ese sí vivió austeramente sin gastos y sin codicias de nada. La frase de Savater es “Mi sueño es el de Picasso. Tener mucho dinero para vivir tranquilo como los pobres”.

Richard Ford, el gran narrador estadounidense autor de El día de la Independencia (1996), Lamento lo ocurrido (2019), es un escritor que celebra la lentitud que él consagra para escribir sus libros, mientras otros escriben vertiginosamente. En sus textos hay frases de gran profundidad filosófica como ésta: “Todos somos partes de la tierra. Algunos estamos destinados a ser grandes afluentes y a guiar las aguas por el terreno, alimentándolo y haciéndolo crecer. Algunos somos montañas que vigilan las fronteras de las naciones, protegiendo a las personas inocentes de los planes de los invasores. Y algunos de nosotros no somos más que flores, con un breve lapso para crecer a la luz del sol antes de morir”.

Héctor Abad Faciolince, ahora que su novela El olvido que seremos (2006) ha sido llevada al cine, he vuelto a leerla con la mirada enigmática del tiempo para descubrir otros detalles de esta historia trágica y personal, el crimen de su padre Héctor Abad Gómez, asesinado por los paramilitares en Medellín. En estas páginas autobiográficas encuentro confesiones afiladas de desgarrado sufrimiento y visionario desencanto sobre Colombia. Todo lo que Héctor cuenta allí está volviendo a ocurrir en la Colombia de 2021, en medio de la pandemia. ¿Qué será peor que la pandemia, sino la pandemia de la corrupción y del crimen organizado? Toda novela de ficción o no ficción está permeada por la vida personal. Toda novela resulta autobiográfica. Y la de Héctor es la memoria de la tragedia que vivió y que viven incontables colombianos.

“Los libros son un simulacro de recuerdo, una prótesis para recordar, un intento desesperado por hacer un poco más perdurable lo que es irremediablemente finito. Todas estas personas con las que está tejida la trama más entrañable de mi memoria, todas esas presencias que fueron mi infancia y mi juventud, o ya desaparecieron, y son solo fantasmas, o vamos camino a desaparecer, y somos proyectos de espectros que todavía se mueven por el mundo. En breve todas esas personas de carne y hueso, todos esos amigos y parientes a quienes tanto quiero, todos esos enemigos que devotamente me odian, no serán más reales que cualquier personaje de ficción, y tendrán su misma consistencia fantasmal de evocaciones y espectros, y eso en el mejor de los casos, pues de la mayoría de ellos no quedará sino un puñado de polvo y la inscripción de una lápida cuyas letras se irán borrando en el cementerio”.

Esta reflexión desolada, en su honesta y sabia crudeza, nos reafirman a Héctor Abad Faciolince, como uno de los grandes narradores que convirtió su propio drama en novela. Un drama que, a su vez, es el drama de Colombia.

Isabel Allende, quien trae en este 2021, dos libros recientes, su novela Largo pétalo de mar (2019), y su libro autobiográfico Mujeres del alma mía (2020). Sorprende el desparpajo de esta mujer que a sus 78 años tiene en su semblante, el destello radiante del amor. Ha recordado que el corazón no se envejece, lo que se deteriora en el cuerpo, pero si el espíritu es encantador y dotado de singular perplejidad ante la belleza del mundo, ese fuego no se extinguirá. “Tal vez estamos en este mundo para buscar el amor, encontrarlo y perderlo, una y otra vez. Con cada amor, nacemos de nuevo, y con cada amor que termina recogemos una herida nueva. Estoy cubierta de orgullosas cicatrices”.

Rubén Blades que es un poeta y un cuentista de la salsa, un extraordinario y genial músico capaz de sintetizar en tres minutos de ritmos y melodías, historias de todo nuestro continente, nos sorprende siempre con sus reflexiones sobre el porvenir de América Latina y el mundo:

“La creación de una sociedad justa no es posible en manos de gente irresponsable, sin autoestima, sin capacidad solidaria, sin amor por sus raíces y sus vecinos, sin un proyecto nacional que haga parte de nuestra saludable dosis de egoísmo, tan necesaria como esencial”. Pasamos por largos años de feroz dictadura militar en el continente, con una historia de sangre, y luego, una larga y frustrada batalla por crear una sociedad igualitaria, más allá de la malograda democracia que se fue pervirtiendo para beneficio de pocos, más allá de la guerra de la corrupción que quiere comprar el aire, el agua, el cielo y la tierra y los sueños de todos los pobres para dominarlos. Ni las batallas encarnizadas de la derecha y la izquierda lograron transformar o revolucionar la sociedad humana. Fallaron los seres humanos que encarnaron esas ideologías. Por el contrario, ahora estamos en otra especie de limbo histórico en medio de la pandemia.

Carlos Vives viene con un libro y un álbum musical denominado Cumbiana, que se sumerge en el entrañado y laberinto del agua del Caribe, para rescatar sus historias y su música ancestral.

“En Colombia y en general en Latinoamérica, no apreciamos nuestras culturas indígenas anfibias que son las que le han dado la característica cultural de la que estamos más orgullosos: la alegría”. Sin duda, esas culturas anfibias fluyen en un circuito que enriquece las música regional y nacional, trenzando caminos de agua con las herencias hispánicas y africanas. Somos un arco iris encarnado.

Epílogo

A lo largo de la vida he conocido a dos o tres clases de escritores: los que no se parecen a lo que escriben y los que lograr ser como imán y limadura, uña y mugre, entre lo que escriben y lo que son como seres humanos. La esposa de José Saramago me lo dijo en 2007 en Cartagena: “José es el mismo de día, al mediodía y en la noche. Es el mismo ser, que entra y sale de sus escritos, sin ninguna diferencia”. He querido que estas voces que pueden parecer susurros, también hablen por esas criaturas que en la soledad de sus estudios cuentan historias de sí mismo y del mundo que les rodea.